El pasado 25 de septiembre se organizó en la Universidad de Granada un encuentro internacional con el filósofo esloveno Slavoj Žižek bajo el título ‘Un intelectual para el siglo XXI’, aprovechando la publicación de su último libro por la editorial Akal, ‘Menos que nada: Hegel y la sombra del materialismo dialéctico’. Los filósofos Óscar Barroso y Ricardo Espinoza pudieron entrevistarle. A continuación, se traduce y transcribe un extracto de la charla en la que el pensador aborda el fenómeno de Podemos.

Soy optimista y escéptico al mismo tiempo. Creo que es mi deber como figura pública e intelectual preocuparme al igual que he hecho con Syriza. Les admiro por una razón leninista: la situación era totalmente desesperada y no tuvieron miedo de tomar el poder. Odio a los izquierdistas que temen tomar el poder, prefieren quedarse sentados y escribir análisis excelentes sobre por qué todo acabó mal. Y esta es una tragedia de la historia del marxismo: los mejores análisis siempre han sido sobre fracasos. Hubo un maravilloso diálogo entre Lenin y Trotsky la víspera de la Revolución de Octubre –no sé si es del todo cierta esta anécdota, pero, como dicen los italianos, si non è vero, è ben trovato– en la que Lenin reconoce estar preocupado por qué harán si pierden, a lo que Trotsky responde que está mucho más preocupado por qué harán si ganan.

Así que mi pregunta es la siguiente: ¿qué hará Podemos si gana (esperando que lo haga)? No es de ningún modo una crítica, pues el problema es terriblemente real. Tenemos dos modelos de izquierda en el poder: por una parte, la socialdemocracia clásica, que acepta las reglas políticas existentes y juega el juego –y que conste que no la desprecio, consiguió, por ejemplo, el Estado de bienestar–. Por otra parte, el estalinismo, que no funcionó tan bien, aunque al menos sabía cómo mantener el poder. Pero, ¿acaso podemos imaginarnos cómo actuaría en el poder esta izquierda auténtica, post-moderna y anti-autoritaria más allá de frases vacías como “el auto-gobierno de la gente”? Syriza me interesó porque representó la primera vez que este tipo de izquierda llegó al poder, no sólo en minoría o en coalición.

Varoufakis, quien es un buen amigo mío, me contó que se desesperó al asumir el Ministerio de Finanzas y darse cuenta de que casi todos sus asistentes eran corruptos, pagados por la oligarquía local para informar del más mínimo paso a la burocracia de Bruselas. Syriza debería haberse preocupado mucho más de construir su propio aparato de Estado ya que Grecia es un caso extremo de clientelismo. Su problema fue tomar el poder junto a todo un aparato que estaba contra Syriza. ¿Qué hacer? Ya sé cuál es la respuesta usual: “no se trata sólo de conquistar el Estado, sino de no olvidar nunca a la sociedad civil y mantener el contacto con los movimientos sociales…”. Suena bien, pero, de nuevo, ¿qué significa esto en la práctica? Especialmente hoy en día, teniendo en mente las condiciones financieras, uno debe tomar determinaciones difíciles lo más rápido posible: no se puede llamar a un millón de personas a la plaza Syntagma cada vez que sea necesario tomar decisiones en una asamblea. A Varoufakis le hizo mucha gracia cuando le dije que el gran problema de Syriza es moverse de Syntagma a ‘paradigma’ [risas], en el sentido de otro modelo de Estado.

Me da mucho miedo que la misma historia se vuelva a repetir: la izquierda es elegida en las urnas de forma entusiasta y, después de uno o dos años, se acaba por aceptar la derrota –y es honorable actuar de este modo: Mandela, Lula, etc–. ¿Cuál es la alternativa? De hecho, titulo uno de mis artículos Cómo ir más allá de Mandela, sin acabar siendo Mugabe. Porque el problema es que no se trata de una corrupción personal, el capital internacional es tan poderoso que si se desafía, la gente puede pagar las consecuencias. Y precisamente porque este es un problema terrible no desprecio la socialdemocracia, sólo temo que no pueda seguir cumpliendo su función después de cada nueva crisis.

La cuestión es que no soy un intelectual arrogante criticando Podemos, de hecho, les envidio, fueron capaces de hacer algo grande. Mi única preocupación es que dentro de diez años recordemos esa gran manifestación en Madrid… y de pronto suene mi teléfono y tenga que ir al banco a trabajar. Estoy cansado de esa nostalgia de acontecimientos entusiásticos que terminaron en derrota, y esta es una de mis mayores discrepancias con Badiou: estoy cada vez más convencido de que el verdadero éxito de un acontecimiento reside en su capacidad de borrar sus trazas. El acontecimiento en sí mismo no importa tanto como el modo en que la gente regresa a su vida normal. Esta es la parte más difícil de ningún proyecto emancipatorio: todos podemos llorar de emoción en un momento dado pero lo significativo es el regreso a la vida cotidiana. Me preocupa el día después.