Una resistencia que se prolonga demasiado en una plaza asediada es desmoralizadora por sí misma. Implica sufrimiento, fatigas, privaciones de reposo, enfermedades y la presencia continua no ya del peligro agudo que templa los ánimos, sino del peligro crónico que abate
Karl Marx

Una pincelada de coyuntura, una obsesión y una esperanza. Apuntes a “Podemos ganar” de Íñigo Errejón

El pasado 28 de noviembre del año que acabamos de cerrar escribía Íñigo Errejón un leído y polémico artículo, exponiendo lo que denomina como “un Podemos ganador”. Ésta que fue una consigna central en los albores de Podemos es recuperado aquí y ahora por Errejón para afrontar “el reto de defender las ideas de un Podemos popular y ganador”. Pero ¿qué es ganar? ¿Puede Podemos ganar tras el fin del “ciclo electoral” y el arranque de la XII legislatura, capitaneada por el aparentemente sempiterno Mariano Rajoy?

Ni estas preguntas, ni estas tesis llegan en un momento cualquiera: a las puertas de la cuasi mitológica Asamblea Ciudadana Estatal, Vistalegre II, y cuando la hipótesis y el diagnóstico que impulsaron Podemos se han visto, en buena medida, superados por las circunstancias. De hecho, no parece casualidad que ambos momentos coincidan, pues “el día para el que nacimos” – las elecciones generales del 20-D de 2015- queda lejos en el trayecto. Quizás, como planteó Pablo Iglesias, la fascinación por la hipótesis inicial y la aceleración de los acontecimientos en un extremadamente turbulento 2016 no nos dejó ver antes la necesidad de replantear el análisis de la coyuntura, las tareas y el proyecto estratégico.

En el texto, Errejón trata de dar unas pinceladas de esta nueva situación, que podrían sintetizarse en dos: 1) Rajoy es el presidente de un Gobierno débil, dado que, por primera vez en décadas, hay una contradicción entre el bipartidismo y la gobernabilidad; y 2) el Partido Popular, el portador de la iniciativa política y el mejor garante de los intereses de las élites de nuestro país, no tiene por el momento fuerza suficiente para imponer un proyecto restaurador que de por terminada la crisis del régimen del 78, especialmente, en sus vertientes económica, social y nacional.

Ante este panorama, en el que Podemos se encuentra como principal fuerza política capaz de articular un proyecto alternativo de país, parece haber una disyuntiva de fondo respecto a cómo afrontar el nuevo tiempo: resistencia u ofensiva. Desde cierto punto de vista, habrá inevitablemente necesidad de resistencia, puesto que los votos de la ciudadanía nos han colocado en la oposición parlamentaria y, por lo tanto, habrá que hacer frente desde las diferentes posiciones – las instituciones, las diferentes esferas del mundo social, las sindicales, la cultura – tanto a los recortes en los derechos y las condiciones de vida de la mayoría, así como al hastío y a la resignación por ver como algo inevitable la consolidación de España como un país condenado eternamente a la periferia europea.

Existe, por el contrario, otro modo de comprender la resistencia, derivada de un análisis diferente de la coyuntura. Según éste, la ventana de oportunidad se habría cerrado, dada la solidez de la Triple Alianza (PP, PSOE y Ciudadanos), y ante un largo “invierno” se trataría de acumular fuerzas, “cavar trincheras” en la sociedad civil y convertirse en una suerte de partido fortaleza, capaz de aguantar esta penosa travesía sin sufrir contaminaciones de índole ideológica o social, esto es, “la domesticación” por parte de las élites. Paradójicamente, concluiría, de forma similar, a como hacen algunos analistas del establishment o algunos miembros del PP, que estos años habrían sido una suerte de mala fiebre y las cosas habrían vuelto a su estado natural: el marianismo en el poder y Podemos, desprendiéndose de la jovialidad inocente del comienzo y asumiendo la aspereza y los límites de la realidad, debería centrarse en construir con un trabajo propio de hormigas “Unidos Podemos” y una oposición social.

Afrontar el tiempo a la ofensiva requiere, según el planteamiento de Errejón, asumir, por supuesto, la traslación de la disputa fundamental de lo electoral a otros frentes, entre los que destacan el social y el cultural sin olvidar el institucional, pero sobre todo mantener la ética de la victoria. Podemos ha sido un éxito, aunque no hayamos logrado aún los enormes objetivos que nos marcamos al comienzo: alcanzar el gobierno de uno de los Estados más importantes de la Eurozona en poco más de dos años. No es suficiente lo hecho hasta ahora, pero hay posibilidades de avanzar sustancialmente más pronto que tarde.

Respecto a la prioridad de los diferentes frentes, Guillermo Zapata, entre otros, nos ha recordado que el 15-M nos enseñó la prioridad de los procesos de participación en conflictos a la hora de transformar el sentido común y la necesidad de alargar, cuidar y apoyar tales situaciones propicias para la intervención hegemónica. Esto es así, pero Podemos no debería subestimar, como partido político que es, la importancia de la iniciativa política en las instituciones para generar sentido común y movilizar fuerzas desde diferentes ámbitos de la sociedad. El ejemplo más pertinente aquí probablemente sea el del aumento del salario mínimo interprofesional. Si bien no se llevará a cabo la propuesta tal y como fue planteada por Podemos, no solamente se consigue introducir una cuestión vital en la agenda, sino que se favorece la movilización y la unidad de acción de los sindicatos y aumentan las posibilidades de socialización de debates cruciales para nuestra sociedad.

Hay una obsesión que recorre el texto y tiene que ver con encerrarse en viejas etiquetas o reproducir identidades del pasado. Ésta es recurrente en Podemos desde los orígenes y especialmente en su discusión con la izquierda tradicional. Es un miedo comprensible, dada la lectura resistencialista expuesta con anterioridad y, especialmente, viendo cierta tendencia a repetir tics y prácticas propias de otras organizaciones políticas, que no cumplieron con sus tareas históricas. De todos modos, durante este tiempo, si hay una enseñanza clave en Podemos tiene que ver con que las identidades políticas se configuran durante los procesos, contando con la interacción de las diferentes partes en juego y sus repertorios de prácticas. Además, el hecho de que la crisis de régimen no se haya cerrado y, por lo tanto, la ventana de oportunidad siga abierta en función de nuestra actuación da lugar a una esperanza: la posibilidad de construir una identidad política más amplia, que recoja malestares muy diversos debidos en lo fundamental a la crisis y sueñe con un proceso de transformación en un sentido progresista.

Esa esperanza ha de ser la esperanza de los partidarios del cambio político, más allá de Podemos. Pero es “una tarea morada” construir una herramienta política a la altura de los retos de nuestras sociedades del XXI, que asuma que las contradicciones en torno a los análisis y las propuestas pueden solucionarse de manera virtuosa a través de métodos democráticos como el debate y la pedagogía, que, en la medida en que los partidos son escuelas de la futura vida estatal, tenemos que ser capaces de adelantar la sociedad que viene y, por lo tanto, tenemos que ser capaces de aplicarnos en términos de pluralidad y democracia dentro lo que predicamos para el país. Y, en definitiva, que un Podemos ganador solamente puede construirse sin unilateralismos de ninguna clase y como una comunidad de hombres y mujeres libres, que no tienen que pedirle a nadie permiso para hacer política y que no entienden una cosa diferente por construir un país más libre, más igualitario y más fraterno.