Después de 10 años, vuelvo a ver Thelma y Louise. Aunque es como si la viese por primera vez. Porque la había visto, pero no la había visto.

La primera vez (que la vi) debía de tener unos diecisiete o dieciocho años. Probablemente guiada por la educación sentimental y los hitos generacionales de mi hermana mayor, tipo Mi Idaho privado, me la puse en casa. Recuerdo que me impactó la fuerza y la tragedia de la trama, de esas mujeres (porque me parecían mujeres, y no chicas como yo) que iban en una huida infinita, violenta y macarra. Sin embargo, casi desde el principio, con el plano del coche descapotable claro, esos bares de carretera, ese paisaje tan norteamericano, viví la historia como algo totalmente ajeno a mí misma o a mi propia vida, a mi realidad (social). La peli era una road movie salvaje y cañera en un mundo de hombres asquerosos y mujeres intrépidas, que no tenían nada que ver con mi realidad de adolescente de clase media en un barrio de centro en Madrid. Había casi hasta algo de artificial en la violencia y el espectacular final del film. Recuerdo que me impactó el desenlace trágico, que me relamí en él como sólo lo hacen las y los adolescentes en búsqueda de intensidades trágicas, y que me quedé prendada de Brad Pitt, su gorro, sus ojos y su secador de pelo. Pero ya. Fin. No hubo mucho más poso.

Entre la primera y la segunda vez que la veo, sin embargo, pasan aproximadamente diez años. De los diecisiete a los veintiocho. Nada mal. Diez años en que has hecho la facultad, has empezado a trabajar, has salido (mucho) de fiesta, has viajado, has follado, has hechos muchas cosas, vaya. Diez años de (semi)vida adulta. Diez años en los que como joven (mujer) has vivido o experimentado, has oído o te han contado, situaciones de ese machismo cotidiano que identifico de manera automática en muchas escenas (algunas más sutiles, otras más explícitas) cuando una tarde tonta vuelvo a ver Thelma y Louise.

Se me quedan grabados sobre todos tres momentos. El primero, la escena del desayuno de Thelma con su (estúpido) marido: la manera en que la trata; la infantilización y la humillación cotidiana; el control de su dinero, de su ropa, de su tiempo. Luego, la escena de la violación en el aparcamiento, a manos de un tipo que había estado bailando con ella en el bar. Y es que, mientras todo el mundo asocia las violencias sexuales a hombres desconocidos y portales oscuros, la mayor parte de las agresiones se dan en contextos amistosos, personales, donde la seducción, la dominación y la violencia juegan papeles mucho más complejos y la cultura de la violación permea discursos y prácticas cotidianas, y no “asaltos de depravados a mujeres indefensas”. El tercero, las babas de ese camionero grotesco y obsceno que retrata tan bien las múltiples situaciones de acoso, verborrea machista y cosificación que sufrimos las mujeres en el espacio público.

Han pasado diez años, has aprendido a entender y hacerte con las complejidades y las ambigüedades de ese machismo, y de repente ves de nuevo Thelma y Louise. Y te parece fantástica, tremendamente feminista, salvaje, sí, pero sobre todo muy muy real. Lo que se movía en tu subconsciente como otra peli (más) de los noventa de culto, se convierte para ti en un nuevo himno feminista. Feminista lacaniano, además. Y aquí empieza el segundo viaje mental-espacial-sideral que experimento viendo la peli.

Porque lo que me parece (casi) más significativo y rompedor de la película no es tanto la descripción realista y cruda del asfixiante ambiente machista con el que unas mujeres de cierta América profunda se encuentran, como la toma de postura de dichas mujeres. Qué hacen, dónde se colocan, cómo subjetivan esa experiencia. En otras palabras, las maneras de hacer con ese mundo tan machista tanto de Thelma como de Louise, que podrían suceder en el Estado de Oklahoma o de cañas por Lavapiés. Porque todas tenemos amigas estilo Louise (más “fálicas”, que lo hacen todo ellas, que no se abren, que resuelven) y amigas como Thelma (más “histéricas”, con la falta como tarjeta de presentación, buscando algo o alguien que las resuelva…).

Me quedo con dos clicks. El primero tiene que ver (desde el minuto uno del intento de violación en el aparcamiento) con no ocupar, resignarse o gozar del lugar de “la víctima”. Simplemente, se niegan a serlo. Ser víctima sólo les llevaría a un proceso de victimización, lleno de juicios, pruebas incompletas, sospechas, y dudas acerca de su posibilidad real de haber “cerrado las piernas”. Ese camino ya se lo saben y lo conocen de sobra, de hecho es el más común, el “razonable”. Pero ellas deciden no tomarlo en diferentes momentos de la historia. Uno de los problemas que plantea el film es si ese “no” a ser la víctima como toma de postura sólo te llevaría directamente a la asunción de una respuesta violenta y, en última instancia, a la muerte. Esto no es tontería, ya que una de las posibilidades del feminismo puede tener que ver con plantear justamente alternativas subjetivas y políticas que no se guíen por el deseo de muerte, pero tampoco por posiciones victimizantes.

Y como colofón final, el lugar que ocupa la amistad y el amor entre ellas. Algo que les permite sostenerse a ellas mismas, es decir: ir permitiéndose ser otras en otros lugares, y a la vez ellas mismas. Si en un principio el personaje de Susan Sarandon hace de papel más activo, resolutivo, haciendo con lo que hay, decidiendo por las dos, llevando a cabo el plan de huida, sosteniendo a Geena Davies, a lo largo de la película se produce un desplazamiento que les permite ser la otra, de alguna manera. El click definitivo viene con la escena de Louise en el motel. Ella, siempre entera, acaba por fin llorando después de haberse despedido del hombre del que está enamorada y ver que les han robado y no les queda nada, diciendo “todo está mal”. Thelma, antes despistada, torpe, “loca”, más inútil, la recoge cogiéndola con los brazos, diciéndole que va a ir todo bien, pensando ya en cómo cometer el atraco. Ese es el click que permite a Thelma resolver y a Louise dejarse resolver. Ese click es amor, amistad, política y buen feminismo lacaniano.

[1] De “Jacques Lacan”, psicoanalista y filósofo francés de la segunda década del siglo XX que influye enormemente en múltiples áreas humanas y en el pensamiento político (pos)marxista contemporáneo.