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Una importante editora catalana, que andaba por Madrid en los días fatales de marzo, describió el sobrecogimiento que le produjeron los atentados de Atocha con la siguiente frase: “Temblaron todas las lámparas del Ritz”.

El estallido de diez mochilas cargadas de dinamita en la mañana del 11 de marzo de 2004 no sólo enervó los apliques de un hotel de lujo situado a mil doscientos metros de la antigua Estación de Mediodía; no sólo retumbó por el paseo de las Delicias, hasta alcanzar Legazpi, saltar un puente, y despertar al distrito de Usera; no sólo hizo vibrar las farolas del paseo del Prado, los chopos de la Castellana, las torres financieras de Azca; su estruendo no sólo remontó la calle de Atocha hasta llegar a la Puerta del Sol y convertir en Historia la posición de las agujas de un reloj; también delató el pulso tan firme con el que alguien sentado a la mesa del poder decide empezar a mentir.

Las calles aledañas a la estación de Atocha lucían aquel día la galanura electoral de las Generales, y los carteles colgantes de Zapatero (Merecemos una España mejor), Rajoy (Juntos vamos a más) o Llamazares (Con tu voto, es posible. Palabra) aquejaron también el vaivén del drama, el seísmo del mal. Hasta las letras de los eslóganes debieron en ese momento de sonrojarse.

193 muertos, cerca de 2000 heridos. Las grandes decisiones políticas se sustanciaban en pedazos sobre las vías de los trenes.

Los atentados ocurrieron en la estación de Atocha como podrían haber ocurrido en Príncipe Pío; ocurrieron de mañana como pudieron suceder a media tarde en la Puerta del Sol. La aleatoriedad del terror jugó con Madrid a la ruleta, una ruleta en la que todos los madrileños tenían las mismas posibilidades de ser el número 192.

La mañana de aquella violencia fue una mañana de responsabilidades inmediatas, una de esas pocas ocasiones en las que una ciudad tiene que resumirse —y retratarse— sobre cuatro o cinco de sus calles o plazas. En una palabra: detenerse. Quizá hacer el posado definitivo de su dignidad.

Mientras que Antonio Muñoz Molina ha ponderado hasta el hartazgo la reacción de los neoyorquinos el día de los atentados contra las Torres Gemelas, encontrándola ejemplar y hasta superior, apenas hallamos testimonios —no digamos ya loas— de los afanes de los madrileños el 11 de marzo de 2004. Como si nadie hubiera donado sangre, como si nadie hubiera participado en las labores de rescate; como si nadie hubiera llamado para decir que estaba vivo.

¿Alguien en Madrid no llamó aquel día para decir que estaba vivo o para confirmar que otro vivía?

Hay menos de una decena de novelas españolas sobre los atentados, y el cine nacional no ha encontrado interés alguno en dramatizar ni en una sola película aquella tragedia. Si el silencio en Madrid a mediados de marzo fue uno de los más escalofriantes de su historia, el silencio sobre el 11-M a día de hoy hace podio en las olimpiadas del olvido.

¿Cuál es la noticia que más te ha impresionado en tu vida? Desde hace algunos años, hago esta pregunta a la gente que voy conociendo. Del 11-M, la verdad, se acuerdan muy pocos.

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Quien sí se acordó fue el escritor estadounidense Ben Lerner, que disfrutó de una beca en Madrid en el año 2004 y escribió un libro casi una década después donde dejaba registrada su vivencia del atentado, quizá no del todo fidedigna. Su novela Saliendo de la estación de Atocha puede convenirnos más como punto de partida —como partitura— para el relato de aquellos días que la propia prensa española, pues la mirada extranjera, casi pueril, señala muchas veces lo evidente con insólita puntería.

Al igual que la editora que ve temblar las lámparas, el personaje de Ben Lerner se despierta aquella mañana en el hotel Ritz a causa de las detonaciones. Ve “camiones llenos de soldados”, ambulancias, helicópteros, “olía a plástico quemado”, y por los bares y restaurantes “oía a la gente decir ETA”. Llegada la noche, no puede procesar “las teorías contradictorias sobre la autoría”, pero, a la mañana siguiente, “leí sobre la conexión con Al Qaeda, aunque el gobierno insistía en que había sido ETA”. Se entera de la manifestación convocada para última hora de la tarde, y justifica la permanencia en las calles de las unidades de donación de sangre en el deseo de las autoridades de que “la gente sintiera que colaboraba”. “¿Acaso no lo habían hecho en Nueva York?”, se reafirma.

Amigos españoles le hablan de la “repercusión en las elecciones” de los atentados: “Si había sido ETA, los socialistas, considerados demasiado blandos con los separatistas, se hundirían. Si había sido Al Qaeda u otro grupo terrorista islámico, la derecha, Aznar y su sucesor nombrado a dedo, Rajoy, estaban perdidos; los putos fascistas habían apoyado la guerra de Bush”.

“Hay manifestaciones ante la sede del PP”, le dicen más tarde sus amigos; “El PP culpa a ETA a pesar de que sabe que no han sido ellos. La gente está furiosa”.

En realidad, no toda la gente estaba furiosa. Iñaki Gabilondo dio la pauta patriótica al afirmar en la radio: “Hay que estar con el gobierno”. Y, si el gobierno, con todo el aparato policial a su servicio, afirmaba que había sido ETA, ¿por qué no fiarse?

Andrés Trapiello, en sus diarios de 2004, lo confiesa sin maquillaje: “¿Cómo vamos a creer al jefe de ETA, que ha mentido tantas otras veces, y no a nuestro ministro de Interior, por inepto y repelente que sea?”. Son muy interesantes las anotaciones del diario de Trapiello porque, si aceptamos que se trata de escritura en directo, oiremos el modo de pensar característico de la Transición, incluso en las referencias: la manifestación del día 12 de marzo le recuerda a la que suscitaron los asesinatos de los abogados de Atocha en 1977; además, anota el “oportunismo de algunos”, que afirmaron: “La mayor masacre de la historia de España desde Paracuellos”. Esto es: el peso de las dos Españas resulta tan apabullante que, al cabo, la mejor manera de evitar temblores a la democracia es creer al gobierno en los momentos más dramáticos.

Es en ese mismo año 2004 cuando Mark Zuckenberg crearía Facebook, pero la intercomunicación permanente estaba en nuestras vidas gracias al teléfono móvil. A los SMS. Bastó un simple mensaje de texto para acabar con varias décadas de “creer al gobierno”. Pásalo.

Los expertos afirman que un país apoya en bloque a sus gobernantes cuando está siendo atacado. Hasta el año 2004, España lo que apoyaba en bloque era la Transición. Ese fielato gubernamental era en nuestro país un sacerdocio de estabilidad. En última instancia, siempre había que salvaguardar la democracia que tanto trabajo costó traer, con el daño colateral que fuera preciso, mayormente si afectaba al ciudadano raso.

El debate esquivo, por tanto, tuvo lugar aquellos días en los foros de Internet, animado por las informaciones de los diarios digitales extranjeros, nada confluentes con la tesis del ministro de Interior, Ángel Acebes. El gobierno podía manipular o amansar a los directores de La Razón, ABC, El mundo o la Cope —apacentados también en la pradera de la Transición—, pero no podía impedir que la CNN o la BBC dieran ideas distintas de todos aquellos que preferían una información de distancia. La gente joven, sobre todo, no rendía culto a determinados valores insoslayables.

Aún así, hay que asumir que, después de la participación de España en la guerra de Irak, el Partido Popular había puesto los pies sobre la mesa del sufragio, con idéntica soberbia que su reelecto presidente Aznar en las islas Azores: mayoría absoluta. Y también hay que digerir la evidencia de que, en las elecciones del 13 de marzo, el bipartidismo alcanzó su cénit: el 82% de los electores eligieron o PP o PSOE. La mayoría social pudo pensar que no se merecía un gobierno que miente (como difundió el PSOE en un eslogan), pero no consideró que hubiera más opciones que el otro gobierno. A fin de cuentas, también solía mentir de otra manera.

¿Fueron los atentados de Atocha la causa del cambio de gobierno en España? Yo diría que no exactamente.

Diría que los mismos que votaron al PP en las elecciones posteriores a la guerra de Irak no hubieran cambiado masivamente su voto por doscientos muertos producidos cerca de Vallecas. (De hecho, el PP sólo perdió 600.000 votos en esa jornada.) Ni siquiera estoy seguro de que le negaran el voto al PP si los muertos hubieran cubierto las aceras del barrio de Salamanca. A fin de cuentas, era una guerra en la que nos había metido Aznar. Desde cualquier perspectiva liberal o conservadora, uno ha de asumir el liderazgo, cargar con las consecuencias y aceptar los daños colaterales. ¿Qué puede esperar uno si se mete en una guerra?

Lo que el votante conservador y, sobre todo, el abstencionista habitual no tuvieron más remedio que pensar el 13 de marzo fue: ¿voy a dejar que siga gobernando el PP, un partido que no asume sus decisiones, o voy a castigar por su debilidad al PP con el otro partido?

Lo que sí pudo influir en el voto fue la gestión del gobierno, esto es, su empecinamiento en la mentira. Al igual que en ese recurso de muchas de las películas de Lars von Trier, donde una epidemia surge precisamente debido al intento de difundir un antídoto, el gobierno de Aznar hizo a los causantes de los atentados más inteligentes de lo que eran.

Quizá por la influencia del cine estadounidense, tendemos a pensar en una suerte de inteligencia suprema del terrorista, cuando poner bombas y matar personas desarmadas y desprevenidas es obscenamente fácil y no indica otra cosa que cobardía. El terrorismo es la publicidad del daño, no va mucho más allá; no tiene previsto que un edificio en llamas se derrumbará en dos horas tras estrellar contra él un avión de pasajeros; y, desde luego, no es un instrumento infalible de desviación del voto.

Imagino a un votante del PP que siguió votando PP después de que España se aliara con Estados Unidos y Reino Unido en la guerra de Irak; le imagino acercándose de nuevo a una urna sabiendo por su propio gobierno que las mochilas de Atocha las ha colocado Al Qaeda; qué piensa: ¿voy a votar PSOE para huir de Irak o voy a votar PP para defendernos de los terroristas? ¿Lo que vale para ETA no iba a valer para Al Qaeda?

Pero lo que el votante conservador y, sobre todo, el abstencionista habitual no tuvieron más remedio que pensar el 13 de marzo fue: ¿voy a dejar que siga gobernando el PP, un partido que no asume sus decisiones, o voy a castigar por su debilidad al PP con el otro partido?

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Estas palabras del Juan de Mairena de Antonio Machado hablan de la capital de España durante la Guerra Civil. En el Madrid del 11 de marzo de 2004 la experiencia trágica fue bastante más corta, por lo que el señorito pudo volver mucho antes, apenas unas horas después de que las lámparas del hotel Ritz dejaran de moverse.“Cuando una gran ciudad —como Madrid en estos días— vive una experiencia trágica, cambia totalmente de fisonomía, y en ella advertimos un extraño fenómeno: la súbita desaparición del señorito. Y no es que el señorito, como algunos piensan, huya o se esconda, sino que desaparece —literalmente—, se borra, lo borra la tragedia humana, lo borra el hombre”.

De hecho, en la misma noche del 11 de marzo, día en el que cerraron los cines, los teatros y la mayoría de las salas de conciertos, una buena cantidad de gente acudió sin falta al recital que ofrecía Belle & Sebastian en la sala Aqualung, con Adam Green como telonero. Si uno puede corear el estribillo de Get me away from here, I´m dying en la misma ciudad en la que acaban de masacrar a casi doscientas personas, uno está listo para toda la política de la postmodernidad, que es una política donde la contradicción siempre es sobreseída. ¿Significarse a favor del 15-M al tiempo que se trabaja ejecutando desahucios? Sin problema. ¿Apoyar a Podemos cuando se es un escritor que vive de amañar premios por los ayuntamientos de España? Sin problema. Reducir la política a la estética de las circunstancias no es verdaderamente mucho mejor que reducirla a votar durante décadas al partido A o al partido B.

Seguramente, muchos de los que fueron a ese concierto son hoy en día hipsters, o el idealizado hermano mayor de un hipster. La palabra “señorito”, qué duda cabe, ha pasado de moda.

Si el 11-M es un episodio histórico que parece del siglo XX —y ni siquiera de la primera mitad— se debe justamente a esa tiranía de las formas donde se encuentran instaladas las ideas políticas. El 11-M no dio pie a la frivolidad, es decir, no generó iconos. Mientras que las Torres Gemelas son ya eternas por lo reconocible de su destrucción —dos trazos verticales y paralelos, coronados por una humareda, bastan para recordar el 11-S, como el logotipo de una marca comercial—, los trenes reventados en Atocha se quedaron en su propia crudeza asimbólica, irresumible.

Quizá la literatura o el cine, o la música, podrían reparar esta ausencia del 11-M en la cultura popular, con un relato esquinado que tomara como punto de apoyo algún detalle muy singular de aquella tragedia. Todo lo que se ha hecho hasta ahora, en novela por ejemplo, se ha hecho un poco a bulto, desde presupuestos intercambiables con cualquier otra masacre civil.

Hasta el monumento levantado en memoria de las víctimas ha conseguido, once años después, que ya no las veamos.