Hace unos meses, el empresario Carlos Slim —uno de los hombres más ricos del planeta— sugirió que las economías avanzarán hacia la semana laboral de 3 días. Puede que se pasara de frenada, pero no cabe duda de que su observación va en la dirección correcta. Y sobre todo en la dirección con la que siempre se han superado las grandes crisis económicas y de empleo en los últimos dos siglos. Reducir la semana laboral beneficiaría incluso más al segmento de cuellos blancos que al de cuellos azules.

En la Francia de 1906, tuvieron que sumarse y bajar a la calle todas las fuerzas de los movimientos de trabajadores y la Iglesia para declarar no laborables los domingos, de modo que la gente pudiera dedicarlos a la familia, a los amigos y al descanso. La medida suscitó la feroz resistencia de sectores agarrados a argumentos del tipo: “Se pasarán el domingo entero emborrachándose en la taberna y no volverán a las fábricas el lunes”.

Más o menos por aquellos años, centenares de miles de menores de edad trabajaban hasta 60 horas semanales en telares, minas y fábricas en suelo estadounidense bajo unas condiciones extenuantes. De ahí que organizaran protestas por todo el país al grito de “¡Semana de 55 horas ya, para poder ir a la escuela!”. Lo consiguieron, no sin antes ver como sus empleadores se llevaban las manos a la cabeza amenazando con que semejante utopía destruiría el sistema.

Arrastrando los pies, el siglo XX fue sumando una década tras otra, y países como Italia, Bélgica, el Reino Unido o Francia cedieron a la demanda de vacaciones pagadas. Una vez más, hubo gente interesada en oponerse, clamando que los empleados se irían a la playa y ya no volverían a la oficina. Y así siempre, con argumentos que hoy nos pueden parecer estúpidos, pero que se reproducen con un lenguaje actualizado.

La tecnología no es neutra

Sin embargo, nunca estas reformas han supuesto pobreza o crisis, sino que de manera cíclica han sido la palanca para superar sucesivas depresiones económicas y sociales que derivaban en la creación de gigantescas bolsas de excluidos. Hasta hace poco, estas crisis se han superado aminorando la jornada laboral, hoy en un estándar de 40 horas semanales en las economías occidentales.

Desde hace dos siglos, nuestros tatarabuelos, bisabuelos, abuelos y padres han trabajado menos tiempo y ganado lo mismo o más. Esto es muy lógico y no tiene tanto que ver con nobles y legítimas aspiraciones individuales. Antes bien, como el progreso tecnológico ha generado unos avances de productividad extraordinarios desde hace 200 años —en los últimos 50, sin ir más lejos, la productividad ha aumentado tanto como durante los 150 anteriores—, se ha ido dejando a los trabajadores en la cuneta. No hacían falta. Se ha podido producir el doble que cien años antes con la mitad de gente trabajando. El pastel ha aumentado, producimos más, pero se lo quedan menos personas.

Como nos recuerda el sociólogo Jorge Moruno, “cada vez las tecnologías liberan más tiempo de trabajo, pero ese tiempo liberado se convierte en precariedad y el aumento de productividad no se computa para el beneficio común”. Es más, la productividad tecnológica no es neutra. No afecta por igual a todos los niveles de escala salarial, sino que, en proporción, excluye del mercado de trabajo a más gente cuanto mayor es la cualificación profesional. Los cuellos blancos tienen cada vez menos espacio en el mercado de trabajo; es el caso de España, con sus cada vez más numerosas “generaciones mejor formadas y peor pagadas” o sencillamente dedicadas a empleos infra-cualificados, es un ejemplo de libro.

Los remedios del médico de Molière

Lo que sorprende ahora en Europa —y España es de nuevo un caso de vademécum— es que, ante una nueva crisis que ha expulsado del mercado de trabajo a millones de personas que engrosan las filas de los laissés pour compte —“los que sobran”— nos digan a todos los que tenemos empleo que la solución sea trabajar más y ganar menos. Ahora que el paro aumenta en Europa, que los jóvenes no encuentran trabajo hasta muy tarde, que las mujeres vuelven a tener que quedarse con empleos a media jornada y sueldos demediados, se nos machaca con la idea de que hay incluso que subir la edad de jubilación y contener los salarios o cargar con horas extras ilegales.

Se trata de una consigna que no resiste una sola prueba de calidad. En primer lugar, porque se basa en la ilusión de que nuestras economías volverán a crecer a buen ritmo. En vez de esto, las economías de la UE tardarán décadas en alcanzar cifras altas que permitan generar empleo sin tener que redistribuirlo. Los expertos y gerifaltes de la economía y el gobierno lo saben desde 2008, cuando nos abocamos a la crisis. Joseph Stiglitz, premio Nobel de economía, afirma que desde entonces “nos hemos limitado a llevar el sofá a la cubierta del Titanic, sin afrontar reformas reales”, sugiriendo que tenemos a la vuelta de la esquina una nueva crisis de deuda. Natural, todo lo que no damos a los trabajadores por la vía del salario, se lo damos por la vía de la deuda sin solución.

En segundo lugar, porque nuestros gobernantes disponen desde hace 20 años en sus escritorios de estudios que demuestran que los avances de productividad exigen volver a reducir la jornada laboral. Édouard Balladur, Primer Ministro de Francia en los noventa, o Robert Reich, Secretario de Trabajo durante la administración de Bill Clinton en los EE.UU., admiten en público haberlo tenido claro desde entonces. “Desde hace veinte años, nuestros gobernantes lo saben y lo retrasan: tienen las manos manchadas de sangre”, sintetiza el francés Pierre Larrouturou, fundador del partido Nouvelle Donne (New Deal, en su traducción global) tras salirse de la disciplina del Partido Socialista.

No hay esperanza de que el crecimiento nos devuelva al pleno empleo: a pesar de los 3 billones de dólares gastados por la Administración federal norteamericana desde el inicio de la crisis, la tasa de actividad desde 2008 ha pasado del 66 % al 63 %. España, país probeta de políticas de recorte, presentaba un raquítico 60 % de tasa de actividad en 2008, mientras que hoy está incluso peor, en el 59 %. Cada mes, una legión de desempleados se inscribe en Europa en las listas de parados, pero a la vez otra legión se da de baja, desesperanzada tras años sin encontrar empleo.

4 días a la semana, pero con flexibilidad

La solución para crear empleo y reintegrar de manera masiva a los excluidos en la comunidad pasa de nuevo por reducir la jornada laboral un 20 %, es decir, a 4 días. La Organización Internacional del Trabajo lo recomienda desde hace años. Poco a poco, esta idea de base que ha dado tanto sentido a nuestras sociedades y que creíamos dormida para siempre vuelve a despertar. Cada vez más gente rompe con el tabú de que hace falta trabajar menos y repartir de nuevo el trabajo. No sólo para ganar dinero y poder cubrir las necesidades de vida —para esto bastaría una renta universal que, de hecho, terminará también imponiéndose en nuestras economías—, sino como una de las herramientas más eficaces para la inclusión social y la recuperación de una economía basada en la producción y en la inclusión, y no en la especulación.

Mientras haya millones de parados, el conjunto de los trabajadores seguirá hundiéndose en la pobreza, ya que a ver quién es el valiente que exige aumentos de salario en tal contexto.  Mientras se incrementa la productividad, se va gente al paro y se frenan los salarios, lo que vemos es que aumentan los dividendos de las empresas cotizadas en bolsa. Mientras millones de italianos o griegos trabajan 40 horas a la semana, otros millones trabajan cero horas. “Mientras los accionistas siguen llenándose los bolsillos a costa de excluir del mercado de trabajo a más gente, los sábados colaboran con ONG que van a los barrios donde viven esos mismos excluidos a ayudar a sus hijos a hacer los deberes del cole, en un ejercicio de esquizofrenia social y de cinismo económico insoportable”, clama Larrouturou.

¿Nos conviene esta situación? No. Por eso hemos de seguir luchando en la línea marcada por el movimiento histórico de reducción de la jornada. Vivimos una revolución; la tecnología acelera los avances de productividad y, sin reducir la jornada, nos vemos abocados a la situación absurda de que la juventud más formada de la historia sea la que menos oportunidades disponga de integración mediante el trabajo.

Y habrá que ir sin medias tintas. Para que haya creación masiva de empleo la jornada debe reducirse a 4 días, no a las 37 o 35 horas que algunos han querido implementar sin convicción en Francia o en España desprestigiando cualquier intento que tenga que ver con la reducción de la jornada. Nada de ir cinco días a la oficina a trabajar 7 horas en vez de 8, porque ya sabemos que, al final, la gente echaría sus 8 horas o más, como de costumbre. La semana laboral ha de ser de 4 días al cabo del año.

Eso sí, la modalidad habrá de negociarse con flexibilidad en cada sector productivo y, eventualmente, en cada centro de trabajo, ya que en algunos convendrá alternar semanas de 5 y 3 días de trabajo, y en otros convendrá seguir con semanas de 5 días y compensar con una semana libre cada cinco, o un mes de vacaciones cada cinco, o un año sabático cada cinco. Naturalmente, habrá que prever un periodo de adaptación de las empresas de uno o dos años y explicar sin descanso que ganamos todos —empresarios, autónomos, asalariados y familiares— en una sociedad que no excluye a nadie y cuenta con la capacidad creativa y productiva de todos.

En Alemania, en los años noventa, las organizaciones de trabajadores ya caminaban juntas por la jornada de cuatro días. Peter Hartz, responsable de recursos humanos de Volkswagen en aquella época, puso en marcha esta jornada en un periodo en el que la producción había bajado y llegó a afirmar que “si todo el país hiciera lo mismo se podrían crear dos millones de empleos”. No valen, pues, las coartadas de quienes pretenden que la justicia social es un lujo.