Rita Segato: “Hay que domesticar el Estado”

Sara Calvo Tarancón?

El relato de la humanidad es el relato de los hombres. “No somos distintos por la biología sino porque nuestra historia es diferente”. Cada frase de la antropóloga y feminista Rita Segato (Buenos Aires, 1951) aprisiona privilegios y pone luz sobre una nueva forma de hacer, de ser, de existir, que resurgió en las protestas de antes y después del 8M. Esas marchas están marcando el presente para la autora de ‘La guerra contra las mujeres’ (Traficantes de Sueños). El feminismo dicta la agenda, pese a violadores en manada. Rita Segato recibió a #lacircular para charlar sobre la ‘dueñidad’, sobre las causas por las que las mujeres pierden el respeto a las instituciones o también sobre la rabiosa juventud de las feministas que pueblan hoy las calles: “Ellas van a estar ahí mucho tiempo del que le queda en el planeta a los dueños actuales de la política”.

Que lo personal es político es algo que nos enseñasteis las feministas en los años 60. Entonces transformasteis lo personal, la vida, el erotismo, la sexualidad, las maneras de querer, las formas de familia. ¿Qué pasó con lo político?
La verdad que la consigna de ‘lo personal es político’ recorrió mundo. En ese momento politizamos lo personal. Creo que nos faltó esa parte de transformar lo político, porque el lugar de la enunciación política sigue siendo el Estado. Ha habido intentos de corregirlo, por ejemplo, con las cuotas que garantizaban la presencia de mujeres en las instituciones, pero no fue suficiente porque esos espacios, esa esfera pública tiene ADN patriarcal, viene de la historia de los hombres. Hombres y mujeres tenemos historias diferentes. No somos distintos solo por biología o por historia, somos distintos porque nuestras historias son distintas. El hábitat de lo doméstico ha sido dedicado a las mujeres durante mucho tiempo, aunque eso ha sido modificado por la modernidad. La modernidad es siempre colonial y colonizadora. Ese mundo de las mujeres se despolitiza, se nucleariza, se encapsula en en el espacio doméstico y familiar. Ahí es donde las mujeres morimos, ahí es donde somos descastadas de la política. Creo que lo que hay que refundar la forma de hacer política.

Y quizá no solo desde el Estado
Hay que domesticar el Estado. Domesticar la política. Lo estamos viendo en las marchas de antes y después del 8M, que son lo que están marcando el presente. Es necesario reflexionar qué es lo que tienen de diferente las marchas de los hombres y las de las mujeres. Hay corporalidades totalmente diferentes porque tenemos otras maneras de relacionarnos, de intimidad, con abrazos, besos, pinturas, adornos. ¡La marcha de los hombres no tiene fiesta! Todo esto habla de un nuevo tiempo, de una forma nueva de hacer política. Estamos en un momento de la historia peligrosísimo marcado no solo por la desigualdad sino por la dueñidad de esos señores, de los dueños de la vida. En política ya no se habla de los representantes de los empresarios sino que son los propios empresarios los que entran en la política. Estos días Bayer está comprando Monsanto. Asusta la velocidad con la que se está concentrando la riqueza en manos de unos pocos.

Estamos en un momento de la historia peligrosísimo marcado no solo por la desigualdad sino por la dueñidad de esos señores, de los dueños de la vida.

Según un estudio de Oxfam, en 2010 había 288 personas dueñas de una riqueza igual a la mitad de la población del mundo. En 2017, eran 8. A esa velocidad podemos pensar que dentro de poco, los dueños de todo solo serán dos, y esos dos seguro que entran en guerra, porque es lo que saben hacer. Es una fase apocalíptica del capital. El extraordinario poder de compra de sus fortunas y sus entornos hace caer por tierra cualquier institucionalidad, porque ninguna institucionalidad resiste el poder de compra de ese adueñamiento. Eso muestra el fracaso de las instituciones frente al capital. La nuestra es otra forma de estar en el mundo y de reflotar formas de decisión, formas de protección de la vida más festivas y eficientes. Ese espacio doméstico, con su politicidad propia, que no era ni privado ni íntimo, fue reprimido con el paso a la modernidad y hoy sale como un resorte a la calle. Es una explosión en las calles de la política femenina que fue reprimida y condenada al olvido.

Lo hemos visto en Argentina, donde las calles se han teñido de verde para defender la Ley del Aborto. Queda que el Senado le dé el visto bueno, aunque la última palabra la tiene el presidente Macri. ¿Se entendería que, en este momento de la historia, la ley acabara en la basura?
Él puede hacer lo que quiera pero nadie domina la historia. Todos los intentos que ha habido de tomar el Estado y a través de él, dominar la historia, nunca llegaron al destino que quisieron. La historia es un animal gigantesco que da coletazos para acá y para allá. Es un animal irreverente, como un gran dragón. Esto es una gran onda, un proceso de transformación de la conciencia humana que está en manos de las mujeres y no va a ser fácil frenarlo.

Vemos a expresidentes del Gobierno y a políticos de España ponerse el lacito morado y simpatizar con una hipotética igualdad, aunque luego son ellos los que recortan presupuestos para las leyes contra la violencia machista. En esta foto llena de pose, ¿hay algo que legitima el movimiento?
Es un signo que muestra que es muy difícil quedarse en la vereda de enfrente de un movimiento que viene con esa potencia. Viene de niñas y jovencitas. Van a estar ahí mucho después de que Rajoy muera. Ellas van a estar ahí por mucho tiempo más que los actuales dueños de la política estarán en el planeta. Son niñas muy jóvenes, es una llama que va estar ahí por mucho tiempo por la extrema juventud de las personas que están ahí. Son muy jóvenes pero han escuchado lo que las generaciones anteriores de feministas hemos dicho. Hay una acumulación de teoría y de pensamientos feministas que está en las voces de esas muchachas. Por otro lado, están los fundamentalistas cristianos, que es el nombre que tienen que llevar. Nos han enseñado que el fundamentalismo estaba en el otro lugar del mundo, que los árabes son primitivos, bárbaros, fundamentalistas, pero claramente el fundamentalismo está por aquí. En América Latina sobre todo.

En la cabeza del abogado no hay una conciencia diferenciada sobre el género, que no es un tema de las mujeres sino un problema de la sociedad.

Pero el de las feministas jóvenes no ha sido un movimiento espontáneo. Hay solera detrás.
Lo que hoy está en la calle del feminismo es una experiencia acumulada y trabajada desde hace, por lo menos, 40 años en los que hubo trabajo, pensamiento y activismo mancomunado de mujeres, generación tras generacion, para llegar a este momento presente, que es el más importante de la historia. En cambio, el fundamentalismo cristiano surgió hace cuatro o cinco años, lo cual es sospechoso. ¿Quién lo puso ahí? ¿Cómo ha aparecido así de repente un montón de gente marchando, sin pasado? Esas marchas fundamentalistas no tienen experiencia acumulada. Responden a una autoridad. Alguien las puso ahí para algo, porque vio amenazado algo muy fundacional de todos los poderes. Esos son nuestros antagonistas de proyecto histórico que nos están diciendo que es fundamental mantener el patriarcado en su lugar. Porque si lo sacamos de ahí, algo se mueve. Un algo que es tan fundacional que va a resquebrajar todo el edificio, todos los poderes. Por eso reaccionaron muy rápido y cautivaron a todas esas personas que no hemos sabido politizar adecuadamente para que sepan defenderse del eslogan fundamentalista.

Sorprende el contraste entre la fuerza del movimiento feminista y la sentencia de La Manada en la que se habla de abuso sexual en lugar de agresión. ¿Cómo se entiende esto? ¿Tenemos evidencias suficientes que prueban que hay jueces que no están capacitados para ejercer su profesión?
Es tremendo lo de los jueces. Los jueces son violadores también. El próximo julio voy a ser testigo en el juicio contra el juez Rosi en Argentina, un juez que dejó libre a un violador y que cuando salió, violó y mató. Los jueces comparten el mismo sentido común que la gente que no tiene ninguna formación en derecho. Ahí se revela una falta de formación en el derecho. En esa cabeza del abogado formado no hay nada que promueva una conciencia diferenciada sobre el género, que no es un tema de las mujeres. El tema género es un problema de la sociedad. No existe nadie que no esté en el campo del género de alguna manera. Ninguna persona humana juega en la cancha del género sin posición. Todos estamos obligados a pensarlo y muy particularmente, los jueces que van a juzgar crímenes que tienen que ver con las relaciones de género y no tienen el más mínimo trabajo de clarificación y lucidez que los diferencie de un niño de escuela primaria. Las facultades de derecho no ilustran ni forman en un campo fundamental para la vida de todas las personas. La consecuencia de todo esto es que el crimen de género aparece como un crimen menor, arrinconado.

Si un juez no es capaz de romper la clausura de las agresiones de género consideradas como crímenes menores, no podemos tener esperanza ni en el derecho, ni en la justicia, ni en las instituciones ni en el Estado. Es otro motivo por el que las mujeres hemos perdido el respeto a las instituciones y al Estado. Esas personas no pueden estar en las posiciones en las que se encuentran. Esos jueces deben ser juzgados. ¿Quién juzga al que juzga en España? Por eso surge esa falta de fe estatal, que es el mal de nuestro tiempo. A medida que desaparece esta fe aparecen procesos de refundación, que es lo que creo que estamos viviendo en nuestros países y que va a refundar el orden social de otra forma por una decadencia en la fe estatal y en el derecho, por sentencias como estas.

Hablar de crímenes menores implica considerar que hay personas de primera y de segunda.
Yo empiezo mi camino de estudio de la violencia entrevistando a violadores en la cárcel de Brasilia. En la primera visita conocimos al director de la cárcel y, junto a él, había un señor que nos servía los cafés y escribía a máquina. Recuerdo que el director nos dijo que ese señor era un preso que les ayuda con trabajos de secretaría. Que está en prisión porque le pasó algo que le puede pasar a cualquiera, como es matar a la mujer. Y lo dijo de verdad porque es lo que piensa. De verdad creía que matar a la mujer en determinadas situaciones es comprensible. Ese es el crimen menor. ¿Y por qué piensa que un agresor de género no es un peligro para toda la sociedad? Porque por ejemplo, no va a robar, no va a poner en peligro la propiedad, que es el mayor valor protegido por las leyes. No va a matar para robar. Es un crimen menor. Es lo que tenemos que combatir. Un juez que le da una condena pequeña a La Manada lo hace porque lo considera un crimen menor. ¿Por qué? Porque las mujeres somos ciudadanas de segunda categoría. Cuando un juez juzga un crimen de género tiene que saber que está juzgando un crimen de poder. El otro gran error de las facultades de derecho es pensar que existe una ciudadanía. El hecho de que existan crímenes menores implica, efectivamente, la existencia de víctimas menores, que son aquellas que no tienen la importancia de la víctima masculina. Todo eso tiene que ser corregido porque si no no estaremos en un régimen de derecho.

Si un juez considera las agresiones de género como crímenes menores no podemos tener esperanza en la justicia. Por eso las mujeres hemos perdido el respeto a las instituciones y al Estado.

Un juez que le da una condena pequeña a La Manada lo hace porque lo considera un crimen menor. Siempre hablas del efecto llamada que produce la forma en la que los medios cuentan la violencia de género. Estamos hablando del sesgo patriarcal de la justicia pero no es la única. ¿Cómo pueden ser los medios de comunicación ser diferentes de las sociedades a las que pertenecen?
Podemos compararlo con el suicidio. Hace mucho tiempo que aprendimos que el suicidio es epidémico y contagioso. Por eso los medios se volvieron responsables y decidieron no mediatizar estas noticias porque hay suicidios muy espectaculares. Los medios se han abstenido de tratarlos como espectáculo, algo que sí hacen con los crímenes sobre las mujeres. ¿Por qué en un caso son responsables y en el otro siguen dando las noticias como si fueran espectáculo y llamando a la repetición? El femicidio es epidémico. En Argentina, un miembro de un conocido grupo de rock quemó a su mujer. Hoy en día he contado 60 casos en los que se reprodujo epidémicamente esa forma de matar mediante fuego. En Colombia hubo un caso de asesinato con ácido. Y con ácido mataron muchos mujeres con ácido. Eso prueba que se propaga la epidemia, que es contagiosa.

Los medios deberían, de forma urgente, reunirse como hicieron con el tema de suicidio para debatir cómo se muestran los casos de feminicio. La verdad que la forma en la que hacen con el suicidio no me convence porque las familias no están sabiendo que pueden tener un joven, un hijo, un adolescente, que puede cometerlo. Al ocultar completamente esa información, la sociedad no sabe que el suicidio está entre las primeras causas de muerte entre jóvenes y adolescentes. Al no saberlo, no se puede prevenir. El silenciar no es la mejor solución pero la manera de tratar la noticia sí es relevante. Los medios nos roban hoy el espejo. Su papel debería ser ofrecer un espejo fidedigno a la sociedad para que pueda conocerse. Hoy no se le permite a la gente reflexionar, no ofrecen el contexto para que la gente pueda saber lo que le pasa.

Post navigation

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario.
Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies