Tras la matanza perpetrada por fundamentalistas en las oficinas del semanario satírico Charlie Hebdo el pasado 7 de enero, surgieron los habituales partidarios de esa filosofía barata propensa a demorar cualquier tipo de reflexión en caliente. A mi juicio, lo realmente difícil de combinar es ese momento de indignación con el acto de pensar. Pensar una vez las aguas han vuelto a su curso no genera una verdad más equilibrada, sino que normaliza la situación, permitiéndonos esquivar el cortante filo de la verdad.

Pensar significa ir más allá del pathos de solidaridad universal que se propagó los días posteriores a los sucesos y que culminó el domingo 11 de enero con ese espectáculo que nos brindaron los grandes nombres de la política internacional cogidos de la mano; de Cameron a Lavrov, pasando por Netanyahu y Abbas –si hubiera una imagen que definiera la falsedad y la hipocresía sería esta–. Un gesto verdaderamente propio de Charlie Hebdo habría sido publicar en portada una gran caricatura que se riera brutal y groseramente de este evento; con dibujos de Netanyahu y Abbas, Lavrov y Cameron, y demás parejas abrazándose y besándose apasionadamente mientras afilan sus cuchillos por la espalda.

Deberíamos, cómo no, condenar sin ambages los asesinatos como un ataque a lo más fundamental de nuestras libertades, y hacerlo sin ningún tipo de reserva –al estilo de: “No obstante, Charlie Hebdo estaba provocando y humillando demasiado a los musulmanes”–. Deberíamos rechazar también cualquier intento de suavizar lo ocurrido recurriendo a un contexto más amplio: “Los hermanos que atacaron las oficinas estaban tremendamente afectados por los horrores de la ocupación americana en Irak” –si es así, ¿por qué no atacaron entonces alguna base militar norteamericana en vez de una publicación satírica francesa?–, “los musulmanes son en Occidente de facto una minoría explotada y apenas tolerada” –los subsaharianos lo son incluso más y no responden bombardeando y asesinando–, etc. El problema con cualquier tipo de invocación a un trasfondo complejo es que puede aplicarse también a Hitler; que supo movilizar la injusticia del Tratado de Versalles con éxito, lo cual no quita para que estuviera plenamente justificado que se combatiera al régimen nazi con todos los medios a nuestra disposición. El asunto no es si los motivos de queja que están tras los actos terroristas son reales o no, sino el proyecto político-ideológico que surge como reacción a esas injusticias.

Nada de esto es suficiente, tendríamos que pensar más allá, y ese pensar más allá no tiene nada que ver con la relativización barata del crimen; el mantra de “quiénes somos nosotros, occidentales, capaces de perpetrar masacres terribles en el Tercer Mundo, para condenar tales actos”. Tiene incluso menos que ver con el miedo patológico de muchos izquierdistas liberales occidentales de ser tildados de islamófobos. Para estos falsos izquierdistas, cualquier crítica del Islam es denunciada como una expresión de la islamofobia occidental, Salman Rushdie fue denunciado por provocar innecesariamente a los musulmanes y, por tanto –parcialmente, al menos–, responsable de la fatwa que le condenaba a muerte, etc. El resultado de esta posición es el que uno puede esperar en estos casos: cuanto más se hunden en su culpabilidad los izquierdistas liberales occidentales, más les acusan los fundamentalistas de ser unos hipócritas que tratan de esconder su odio al Islam. Esta constelación reproduce perfectamente la paradoja del superego: cuanto más obedeces a lo que el Otro te pide, más culpable te sientes. Cuanto más toleres al Islam, tanto más fuerte será la presión que tendrás sobre ti.

Por ello, encuentro insuficientes las llamadas a la moderación como la que hacía el periodista británico Simon Jenkins en las páginas de The Guardian el pasado 7 de enero. Según Jenkins, nuestra tarea “no ha de ser la de exagerar, tampoco la de sobre-publicitar las consecuencias, sino más bien tratar cada suceso como un accidente pasajero del horror”. Ahora bien, el ataque a Charlie Hebdo no fue un mero “accidente pasajero del horror”, seguía una precisa agenda religiosa y política, y como tal formaba parte claramente de un diseño mayor. Por supuesto que no deberíamos exagerar, si por exagerar queremos decir sucumbir a una islamofobia ciega, pero deberíamos analizar implacablemente este patrón.

Mucho más necesario, fuerte y eficaz que la demonización de los terroristas en heroicos fanáticos suicidas es desbaratar este mito diabólico. Hace mucho, Friedrich Nietzsche percibió cómo la civilización occidental se encaminaba hacia la figura del Último Hombre, una criatura apática sin grandes pasiones ni compromisos. Incapaz de soñar, cansado de la vida, el Último Hombre no se arriesga y ansía únicamente comodidad y seguridad, una expresión de tolerancia con el prójimo. Tal y como escribió en su día el filósofo alemán: “Un poco de veneno de vez en cuando proporciona sueños felices. Y mucho veneno al final te brinda una muerte placentera. Tienen sus pequeños placeres por el día, y sus pequeños placeres por la noche, pero cuidan su salud. ‘Hemos descubierto la felicidad’ –dicen los Últimos Hombres, y entornan los ojos”.

Puede parecer, efectivamente, que la división entre el permisivo Primer Mundo y la reacción fundamentalista en su contra, pasa, cada vez más, por la oposición entre llevar una vida satisfactoria, llena de bienestar material y cultural, y dedicar la propia a una causa trascendental. ¿No es este antagonismo el mismo que Nietzsche encontró entre el nihilismo “pasivo” y “activo”? En occidente somos los Últimos Hombres nietzscheanos, inmersos en placeres diarios estúpidos, mientras que los radicales musulmanes están dispuestos a arriesgarlo todo, comprometidos con su lucha hasta la autodestrucción. El poema de William Butler Yeats El segundo advenimiento parece reproducir perfectamente nuestro predicamento: “[…] Los mejores no tienen convicción, mientras los peores/ rebosan de febril intensidad […]”. Esta es una descripción excelente de la división actual entre los anémicos liberales y los apasionados fundamentalistas. “Los mejores” ya no son capaces de comprometerse completamente, mientras que “los peores” se comprometen con un fanatismo racista, religioso y sexista.

Sin embargo, ¿encajan los terroristas fundamentalistas en esta descripción? Lo que resulta evidente es que carecen de una característica que es común en los auténticos fundamentalistas, desde los budistas tibetanos hasta los Amish en Estados Unidos: la ausencia de resentimiento y envidia, la profunda indiferencia hacia el modo de vida de los no creyentes. Si los llamados fundamentalistas de hoy en día realmente creyeran que han encontrado su camino hacia la Verdad, ¿por qué deberían sentirse amenazados por los no creyentes, por qué deberían envidiarles? Cuando un budista se encuentra con un hedonista occidental, difícilmente lo condenará. Simplemente le hace ver con benevolencia que la búsqueda de la felicidad del hedonista es contraproducente. En contraste con los verdaderos fundamentalistas, los terroristas pseudofundamentalistas están profundamente molestos, intrigados, fascinados por la vida pecaminosa de los no creyentes. Uno puede llegar a pensar que combatiendo al pecaminoso prójimo no hacen más que luchar contra su propia tentación.

Es aquí donde se queda corto el diagnóstico de Yeats con respecto al dilema que nos ocupa: la febril intensidad de los terroristas da fe de su falta de convicción real. ¿Cuán frágil ha de ser la convicción de un musulmán si se siente amenazado por una caricatura estúpida en una publicación satírica semanal? El terror de los fundamentalistas islámicos no proviene de una convicción de superioridad, ni siquiera del deseo de salvaguardar su identidad cultural y religiosa del violento ataque de la civilización consumista global. El problema con los fundamentalistas no es que los consideremos inferiores a nosotros, sino que, más bien, son ellos mismos los que se consideran en secreto inferiores. Es por esto que nuestras condescendientes y políticamente correctas afirmaciones de que no nos sentimos superiores a ellos les enfurecen más si cabe, alimentando su resentimiento. El problema no son las diferencias culturales –su esfuerzo por preservar una identidad–, sino el hecho contrario, a saber; que los fundamentalistas son ya como nosotros, que, en secreto, han ido interiorizando nuestros estándares y se miden con ellos. Resulta paradójico, pero si de algo carecen los fundamentalistas es una dosis de esa convicción verdaderamente “racista” de su propia superioridad.

Las recientes vicisitudes del fundamentalismo musulmán confirman la vieja intuición de Walter Benjamin, según la cual “cada ascenso del fascismo atestigua una revolución fallida”. En efecto, el auge del fascismo representa el fracaso de la izquierda, pero, al mismo tiempo, evidencia también un cierto potencial revolucionario, un descontento que la izquierda ha sido incapaz de movilizar. ¿Y no se puede aplicar este razonamiento al así llamado “islamofascismo”? ¿Acaso el ascenso del islamismo radical no es exactamente correlativo a la desaparición de la izquierda secular de los países musulmanes? Durante la primavera de 2009, cuando los talibanes tomaron el Valle de Swat en Pakistan, The New York Times informó que éstos habían puesto en marcha “una suerte de revuelta de clase que se aprovecha de la profunda brecha existente entre un pequeño grupo de ricos terratenientes y sus arrendatarios sin tierras”. Sin embargo, si al “aprovecharse” de la difícil situación de los campesinos, los talibanes estaban “dando un toque de atención sobre los riesgos que podría padecer Pakistán, país que sigue siendo altamente feudal”, ¿qué impide a los demócratas liberales de Pakistán, así como de Estados Unidos, “aprovechar” de igual modo esta situación y tratar de ayudar a dichos campesinos sin tierra? La triste realidad que esconde este hecho es que las fuerzas feudales en Pakistán son las “aliadas naturales” de la democracia liberal…

¿Qué decir entonces de los valores fundamentales del liberalismo: libertad, igualdad, etc.? Lo paradójico es que el propio liberalismo no es suficientemente fuerte como para salvarlos de la acometida fundamentalista. El fundamentalismo es una reacción –una reacción falsa, mitificadora, por supuesto– contra unos defectos reales del liberalismo, y por este motivo es generado, una y otra vez, por el propio liberalismo. Dejado a su suerte, el liberalismo terminará por socavar sus bases –lo único que puede salvar sus valores centrales es una izquierda renovada–. Para que esta herencia fundamental perviva, el liberalismo necesita de la ayuda fraternal de la izquierda radical. ÉSTE es el único modo de derrotar al fundamentalismo, barriendo el suelo bajo sus pies.

Pensar en respuesta a los asesinatos de París significa abandonar la engreída autosatisfacción de un liberal condescendiente y aceptar que el conflicto entre la permisividad liberal y el fundamentalismo es, en última instancia, un conflicto falso –un círculo vicioso entre dos polos que se generan y se presuponen mutuamente–. Lo que Max Horkheimer dijo sobre el fascismo y el capitalismo en los años 30 –“quienes no quieran hablar críticamente sobre el capitalismo, deberían guardar silencio sobre el fascismo”–, habría de aplicarse en la actualidad sobre el fundamentalismo: aquellos que no quieran hablar críticamente sobre la democracia liberal, deberían también permanecer callados sobre el fundamentalismo religioso.