Jérémie Berthuin, del sindicato francés Solidaires, nos contaba hace unas semanas en Traficantes de Sueños su experiencia en torno a las sucesivas jornadas de huelga general realizadas contra la reforma laboral de Hollande. Jérémie, militante del sindicalismo alternativo francés desde hace muchos años, expresaba así su malestar hacia los sindicatos mayoritarios: “Han enfriado, contemporizado, desestructurado la lucha… Tras la séptima convocatoria se dieron por vencidos”.

Sin contradecir a Jérémie, ya que entiendo y comparto sus razones, imaginé de inmediato la posibilidad de un escenario similar en nuestro país. Es justo apuntar que la dimensión del ataque a la clase trabajadora, por la vía de una reforma laboral, es ciertamente similar en ambos casos y, en este sentido al menos, se trata de dos fenómenos comparables. ¿Acaso es injusto comparar también el nivel de respuesta ante dicha agresión? ¿Imaginan ustedes un escenario en que CCOO-UGT convoquen, a lo largo del tiempo, siete u ocho días de jornadas de huelga general? Hay sobradas razones para asumir que se trata de una pregunta retórica.

La denominada “paz social” es el corpus delicti de la precariedad. La firma de eres en empresas con beneficios récord, el cobro en concepto de asesoría jurídica durante dichos procesos, el pago de sobresueldos a dirigentes sindicales o el escándalo de los cursos de formación son sólo algunos de los ejemplos más conocidos. Convenios tan precarios como el de las ETT, empresas multiservicios, oficinas y despachos, telemarketing o consultorías han sido legitimados, asimismo, gracias a la firma de estas organizaciones mayoritarias. La precariedad, por tanto, es responsabilidad de quienes la legitiman, por acción u omisión. Se me antoja bastante difícil, por no decir imposible, una regeneración desde dentro en CCOO o UGT. La total ausencia de sectores críticos con voz propia atestigua que son dos bloques a la deriva.

Existe sin embargo un sindicalismo alternativo que cada vez va cobrando más fuerza entre trabajadores y trabajadoras. Un sindicalismo que rechaza las redes clientelares; un sindicalismo combativo, que fomenta la participación, la solidaridad mutua y el compromiso social. El crecimiento de organizaciones sindicales como la CGT en distintos sectores es una buena muestra de este fenómeno en evolución constante.

Cabe destacar que, además de cuestiones éticas y de democracia interna, estas organizaciones sindicales alternativas difieren de los sindicatos mayoritarios en cuestiones estratégicas de gran calado. En un mercado laboral donde la subcontratación es uno de los pilares fundamentales, ya que el outsourcing ha sido la vía preferida para depauperar aquellos empleos que gozaban de mejores condiciones laborales tanto en la empresa privada como en la administración, la solidaridad mutua entre trabajadores de la empresa matriz y de las subcontratas es fundamental. El concepto “centro de trabajo” entendido a la manera clásica ya no responde per se a las necesidades organizativas de la clase obrera. En primer término porque, en muchas ocasiones, existen distintas actividades conviviendo dentro de un mismo centro de trabajo; esto es, personal adscrito a distintas empresas con actividades diversas, pese a que exista en todo momento una figura de empresario principal siguiendo la denominación del RD 171/2004. A su vez, el concepto actividad también excede el centro de trabajo en sí tras los procesos continuos de externalización. Se hacen por tanto indispensables mecanismos de solidaridad mutua y colaboración entre trabajadores de distintas empresas de cara a la acción sindical. Por citar el ejemplo más evidente, podemos relacionar lo anterior con el ejercicio del derecho de huelga y sus efectos.

Por contra, sindicatos como SEPLA en el sector aéreo o SEMAF en el sector del ferrocarril apuestan por el modelo corporativo. Defienden los intereses de una parte —muchas veces privilegiada— de la plantilla. Su modelo, por tanto, se aleja de la solidaridad mutua, y abunda en el clientelismo que ha sido la tónica habitual en los mayoritarios CCOO-UGT.

La realidad de los centros de trabajo ya no se asemeja a la imagen clásica de la fábrica. La proliferación de jornadas parciales no voluntarias, la temporalidad abusiva o el avance de nuevos sectores productivos obliga a actualizar la acción sindical que se venía llevando a cabo en el pasado. ¿Es hoy posible dialogar con compañeros y compañeras, en centros que dan cabida a miles de personas, acerca de los detalles de un determinado conflicto alrededor de la máquina de café o durante una pausa para un cigarrillo? ¿Y qué decir respecto a las personas que realizan teletrabajo? Desde mi punto de vista, es imposible que los trabajadores participen de la lucha sindical si carecen de la información necesaria. Información que debe operar tanto desde lo pedagógico como desde lo agitativo, ya que en aquellas empresas donde hay un esfuerzo constante por informar a las plantillas, comienzan a ser cada vez más habituales campañas de contrainformación realizadas bajo el paraguas corporativo, bien por parte de la propia empresa o a través de los sindicatos amarillos y verticatos.

Las redes sociales, por tanto, son un elemento fundamental para difundir estos contenidos. Estar bien organizados en las redes será garantía de independencia respecto a los medios de comunicación, que en tantas ocasiones responden a intereses empresariales. Por otro lado, esta apuesta por las redes sociales no debe suplir el poder decisorio de las asambleas de trabajadores y trabajadoras. Transparencia, compromiso, horizontalidad y apoyo mutuo son un buen punto de partida para vencer a la precariedad.