Este verano ha resurgido el debate del velo a raíz de la prohibición por parte de varios municipios franceses de los trajes de baño que algunas mujeres musulmanas usan en la playa. Como en todos los temas políticamente complejos —y éste es uno de ellos—, en la problemática de las mujeres veladas se encuentran varios asuntos que se dan entremezclados en la realidad pero que, en el análisis, conviene pensar por separado o corremos el riesgo de que nuestra postura se limite a reconocer la dificultad del asunto, a situarnos en una especie de punto medio entre posibles peligros y, en definitiva, a no aclarar posiciones.

Por una parte el debate del velo —el del burkini ahora— tiene que ver con una utilización del feminismo instrumental e interesada en lo que no es sino una deriva islamófoba de una Europa cada vez más ajena a sus propios principios. Uno de los temores que deberían avivar nuestro compromiso a la hora de pensar la política en el contexto internacional es el de que ese derrumbe de Europa nos lleve a caer en los brazos de la ultraderecha y el fascismo, cosa cada vez menos inverosímil para algunos países de la Unión.

Hay otro debate en juego. Se trata del laicismo, un principio jurídico que, a diferencia de España, Francia sí que reconoce. La concepción clásicamente laica del Estado implica la asunción de que éste es incompetente en asuntos religiosos y, por tanto, sus instituciones, para ser neutrales, no pueden estar bajo el poder o la predominancia de ningún credo, lo cual sería privatizar las instituciones públicas. Me parece importante reparar en que las leyes laicas francesas son de 1905 y 1906. Independientemente del uso islamófobo que hoy día se hace en Francia cada vez que se invoca el laicismo, las leyes que forman parte de la polémica sobre el velo —las que prohíben su uso en la escuela— no se crearon en un contexto de migración musulmana ni se crearon para hacer una cruzada contra el islam. Esto es importante a la hora de plantearnos la validez de dichas leyes, pues están pensadas para un mundo que ya no es el nuestro. En 1905 defender el laicismo era expulsar a una única religión, el catolicismo, de las instituciones del Estado, en 2016 la religión, tal y como se presentaba en siglos pasados, ha desaparecido.

Dicho de otro modo. Hoy en día nos topamos con el problema contemporáneo de la extrema dificultad a la hora de distinguir qué son símbolos religiosos y qué son objetos culturales. Los occidentales nos disfrazamos constantemente con vestimentas o estéticas culturales que, aunque tengan un origen religioso, han entrado en un proceso de secularización simbólica. Vivimos en una época en la que H&M vende adornos con motivos budistas o en la que las cruces como pendientes son una marca asociada a la cultura gay o a una determinada tribu urbana. Si las hijas de José Luis Rodríguez Zapatero podían ir al instituto vestidas de góticas, si los alumnos y los profesores de las escuelas públicas tienen derecho a elegir una estética heavy y llevar símbolos satánicos, por ejemplo, es indefendible que a algunas alumnas se les prohíba llevar un pañuelo en la cabeza, como es indefendible que a algunas mujeres se les obligue a quitarse el burkini en la playa. ¿Por qué podríamos decirles a unas mujeres árabes que van “demasiado vestidas”, mientras cualquiera puede estar en la playa con un traje de neopreno, un vestido largo o un disfraz de perrito caliente? ¿Por qué desnudamos a mujeres árabes cuando una mujer francesa puede estar completamente vestida porque, por ejemplo, siente vergüenza de su cuerpo?

Sólo porque consideramos —ilegítimamente— el motivo por el que las mujeres musulmanas llevan el velo. Y es que el problema no es una tela en la cabeza; las jóvenes occidentales llevamos pañuelos cuando Pink o Beyoncé los ponen de moda. Si nunca ha sido problemático que las adolescentes españolas usen pañuelos en el instituto —como nunca ha sido problemático que lleven cruces— es porque nunca nos hemos permitido suponer cuáles son los motivos para llevarlos y nunca hemos defendido una prohibición en base a esa suposición. Sin embargo, sí parece que pudiéramos permitírnoslo con las mujeres musulmanas, cuyos motivos privados y ocultos se nos aparecen nítidos y transparentes —la sumisión a ideas religiosas que las degradan— y a las que privamos completamente de la posibilidad que sí tenemos el resto de mujeres de resignificar los símbolos religiosos. Prohibir el velo en las escuelas y no las cadenas, los pendientes de cruces, o los maquillajes de emos con los que todas y todos vamos disfrazadas implica algo que ningún Estado de derecho puede permitirse hacer: pretender conocer los motivos de los individuos y legislar en base a ellos.

El artículo de Santiago Alba Rico, “El burkini y el derrumbe de Europa” lo expresaba con estas palabras: “desde un punto de vista institucional, en una democracia no debe importarnos —y debemos imponernos esta indiferencia— por qué una mujer se pone o se quita la ropa; tanto si detrás está el mercado y su “libertinaje” patriarcal como si quien empuja es la religión y su patriarcado represivo, allí donde no hay violencia explícita debemos aceptar el velo y el desvelo como expresiones igualmente libres de la voluntad individual”.

La cuestión de la famosa “resignificación del velo” remite a que los objetos no son siempre una cosa igual a sí misma, es decir, no acaban nunca de ser objetos sin el contexto y entramado social que les da su significado. No es lo mismo llevar velo en Teherán que llevarlo en París, como por cierto no es lo mismo reivindicar poder tener una Barbie en Francia que en Irán, donde ha sido prohibida por inmoral. Las mujeres musulmanas —como nosotras, las occidentales— tienen ante sí un contexto de posibles resignificaciones de sus símbolos tradicionales y sus objetos culturales, y ese margen se abre justamente allí donde el velo no es impuesto por ley y por lo tanto comienza a poder ser más un símbolo cultural y estético que religioso, cosa que ocurre tanto en algunos países árabes como en Europa. Creo que ningún feminismo que quepa defender puede ser paternalista pero, además, creo que ningún feminismo que pretenda ser hegemónico puede tener éxito en su tarea de conquistar el sentido común sin ser consciente de la performatividad como escenario de juego político y, por tanto, del carácter disputable de los significados. El feminismo árabe parece ser más consciente de ese juego de resignificaciones que se abre para las mujeres que ese feminismo europeo que a menudo hace asimilaciones tramposas entre el velo y el burka o incluso la ablación de clítoris. No es lo mismo un velo que un burka, y de hecho ambos objetos no tienen nada que ver en cuanto a las posibilidades que ofrecen para ser resignificados. Un pedazo de tela, como demuestra la pluralidad de modas y costumbres, alberga la posibilidad de significar muchas cosas. Una vestimenta que cubre el rostro de una persona es difícilmente maleable y resignificable, por no decir que imposible de convertir en otra cosa que no sea una agresión incompatible con la ciudadanía. El burka es un objeto que debe ser prohibido, y no por cuestiones de “seguridad”, como a veces se argumenta, sino por motivos de publicidad, porque ningún ciudadano puede serlo sin “dar la cara” y mostrarse ante los demás.

La cuestión del velo, y de las posibles resignificaciones de objetos originariamente religiosos, pone sobre la mesa una cuestión política fundamental que a veces la izquierda y el feminismo olvidan. Es un rasgo del izquierdismo el juzgar las cosas por sus orígenes en lugar de por sus efectos. Ocurre cuando nos negamos a considerar la capacidad transformadora que tiene Beyoncé al reivindicar la palabra “feminismo” por el simple hecho de que detrás esté la industria musical y el ánimo de lucro, ocurre cuando no vemos más que retrocesos cuando una marca de ropa como Zara o H&M vende camisetas con el lema “I am feminist” porque son fruto de la explotación laboral, ocurre cuando negamos la posibilidad de que los tacones sean una herramienta de empoderamiento de las mujeres porque su origen es patriarcal, y ocurre cada vez que vemos en el velo nada más que un objeto cuyo origen y razón de ser es religioso y patriarcal. Las cosas, independientemente de su origen impuro y enemigo, tienen efectos, y son esos efectos los que deben importarnos a la hora de medir las posibilidades de emancipación si queremos tener una visión política con capacidad de transformar la realidad.

En el debate feminista creo que conviene pensar el problema del velo junto a otras cuestiones hermanas. Porque el velo remite, al final, al problema fundamental y más difícil que hay que enfrentar en el feminismo: qué entendemos como una elección libre de las mujeres y qué tipo de cosas podemos considerar libremente escogidas por nosotras mismas. Es más que razonable defender que no vivimos aun en un mundo que garantice que si las mujeres llevan velo es simplemente “porque quieren”, pero eso en modo alguno es una situación en la que se encuentren solamente las mujeres musulmanas. ¿Puede la maternidad a la que nuestra sociedad nos conduce desde pequeñas ser una elección libre? ¿Somos las mujeres esclavas de una estética opresora cuando queremos vernos bellas y seguimos los cánones vigentes? ¿Podemos hacer feminismo subidas a unos tacones y enfundadas en una minifalda? ¿Somos esclavas del patriarcado cuando nuestros deseos sexuales coinciden con la normatividad en la que hemos sido educadas?

Lo primero para garantizar el laicismo es que ni se prohíban ni se impongan por ley las costumbres. Allí donde no hay imposiciones legales para llevar velo, como allí donde hemos dejado atrás la obligación de ir con falda y no con pantalones, o como allí donde no existan leyes que obliguen a las mujeres a la maternidad, o que impongan los tacones por obligación, no nos queda más remedio que considerar la posibilidad —y tomárnosla muy en serio— de que las mujeres, por motivos múltiples pero en cualquier caso imposibles de conocer, elijan llevar tacones, minifaldas o velo, elijan ser madres o elijan disfrutar de un rol sexual pasivo en la cama.

Pero para que ese laicismo sea además republicano hace falta algo más. Las feministas sabemos que, al margen de las leyes, en la sociedad sigue habiendo mecanismos del poder e inercias fuertes que hace falta contrarrestar, y vaya si las hay. Aunque no haya leyes hay obligaciones sociales. Algunas mujeres reciben desde pequeñas el mensaje de que no llevar velo es impúdico y vergonzoso, otras recibimos el mensaje de que la desnudez es el modo de probar la belleza, y de que esa belleza es nuestra única manera de ser y existir en la sociedad. Casi todas recibimos el mensaje de que para ser verdaderas y completas mujeres tenemos que ser madres y a muchas nos ponen un carrito y un bebé de plástico en los brazos a los seis años. La gran mayoría de nosotras somos sexualizadas en una cultura que nos enseña, a la vez, a ser pasivas en las relaciones sexuales.

Considero que el republicanismo es ese proyecto político que no sólo entiende que el Estado y la ley no deben violentar e interferir a través de imposiciones, obligaciones o prohibiciones —llevar velo por ley o no poder usarlo por estar prohibido por la ley—, sino que entiende que al Estado le compete contrarrestar con instituciones esos poderes que existen en la sociedad. Son instituciones republicanas la escuela pública, el acceso a la cultura como derecho o la independencia civil. Y por eso, además de que por respeto al laicismo tengamos que defender que las leyes no deben ni prohibir ni imponer el velo, lo que un Estado republicano debe garantizar es que las mujeres, por ejemplo las musulmanas francesas, puedan acceder a la educación pública o encontrar su espacio en el mercado de trabajo y, por lo tanto, alcanzar la independencia económica.

Mientras Francia, o cualquier país europeo prohíba burkinis y fomente la islamofobia en lugar de cumplir con su tarea de garantizar el acceso de las mujeres a la cultura, el trabajo o la educación estará, no solo traicionando el laicismo, sino socavando las condiciones por las que podemos decir que una mujer elige libremente llevar velo o minifalda, elige ser madre o no serlo.

Creo que el feminismo avanza en la clarificación del embrollo del velo cuando renuncia a toda voluntad de descifrar si hay voluntad libre de las mujeres en función del contenido de su elección. No debe importarnos si elegimos una cosa u otra —llevar velo o no llevarlo—, sino en qué condiciones elegimos. No podemos decir que las mujeres sean más libres por llevar tacones en lugar de velo o por no llevar tacones en vez de llevarlos, pero sí podemos decir que las mujeres son más libres cuando llevan tacones o velos en un Estado que no solamente no les obliga ni les prohíbe su opción, sino que les da herramientas para ser ciudadanas independientes de las inercias sociales, los prejuicios y los mecanismos de poder que existen en la sociedad. Esa es la exigencia que todas las feministas, europeas y musulmanas, tenemos que reivindicar juntas: un Estado de derecho laico y republicano que nos dé acceso a la independencia y, a la vez, nos reconozca plenamente como ciudadanas.