El pasado 28 de noviembre, Iñigo Errejón publicó en el periódico 20 minutos un artículo titulado Podemos ganar en el que reflexionaba sobre la posibilidad de construir un “Podemos ganador”, desgranando con ese fin una propuesta estratégica para la fase política post-investidura y, entiendo, de cara a la Asamblea Ciudadana de Podemos que tendrá lugar a principios de 2017.

Al leerlo me llamaron la atención ciertos elementos que considero límites para el desarrollo de dicho “Podemos ganador”. Este texto intenta señalar algunos de ellos con la intención de aportar a un debate abierto que, cada vez con mayor frecuencia, se ve interrumpido por simplificaciones construidas desde los medios de comunicación.

1.- La centralidad del polo institucional

El texto atribuye al trabajo parlamentario la potencia fundamental para avanzar hacia el citado “Podemos ganador”. El ciclo 15-M, y especialmente la PAH y las mareas, evidenció que el asunto de la identidad y la representación no es el más importante, sino más bien la capacidad de transformación concreta de las condiciones de vida de la gente y la participación democrática. Para mí son esos los elementos que prefiguran cualquier “Podemos Ganador”.

Ser útiles —algo de lo que también se habla en el texto— es difícil exclusivamente en el interior de la institución. La pelea política se juega más bien en la relación de la institución con su afuera y en el desarrollo del propio afuera en tanto que tal.

La pregunta en torno a la institución y la calle no es una elección, sino una creación. Se trata de pensar la forma en la que una fuerza política como Podemos es útil. Al exterior de la institución eso no tiene tanto que ver con acompañar movilizaciones sociales —que perfecto—, sino con desencadenar procesos de participación social fuertes.

No se trata tanto de representar un conflicto sino en ayudar a alargarlo, extenderlo, cuidarlo. ¿Es posible pensar un Podemos que sea más bien una retaguardia que permite extender y sostener un conflicto social en distintos puntos del entramado social e institucional?

O dicho de otra forma, ¿no es más útil una iniciativa legislativa popular que no se convierte en ley, que una proposición no de ley que tampoco lo hace? ¿Podemos imaginar PNL que adoptan en su desarrollo la forma de una iniciativa legislativa popular? ¿Cuál de las dos pueden desplazar con mayor efectividad las posiciones en el interior de las instituciones? ¿Cuál de las dos puede ganar más transversalidad social?

2.- La centralidad del elemento cultural y la nueva identidad

La cultura y las identidades no se desarrollan en el vacío, y tampoco lo hacen exclusivamente como anhelo. Toda ficción nos habla del presente y por ese motivo cualquier cultura se desarrolla en la materialidad de los conflictos (Cataluña es un buen ejemplo de que dicha materialidad no tiene por qué responder a un repertorio clásico de movilización social, que insisto, me parece bien)

Es imposible desarrollar una cultura política nueva sin dos elementos; sostén material en el presente y avance sobre el futuro. No hay avance hacia el futuro sin desafíos políticos nuevos. Elementos como la dación en pago, la renta básica, una ley de propiedad intelectual a la altura del contexto digital, la necesidad de que cualquier reforma laboral sea ratificada en referéndum son medidas del todo reformistas que dibujan marcos políticos nuevos. No se puede teorizar la crisis de la socialdemocracia y a la vez no pivotar entre sus políticas y nuevas apuestas programáticas. Sólo en campos nuevos se dibujan identidades nuevas, sólo a través de nuevos conflictos se dejan atrás viejas identidades.

Normalmente, dicha alusión a las viejas identidades son críticas a la vieja identidad de izquierdas, pero tenemos que reconocer también que estas identidades cambian. Estamos en un proceso de transformación y formación de nuevos polos políticos y la defensa de una identidad nueva no la construye de por sí.

Mi experiencia en Ahora Madrid es que dichas identidades son un ejercicio de creación constante y que lo único que habría que reprocharle a la izquierda tradicional no es su marco interpretativo —que cada uno tendremos el nuestro—, sino aquellos casos en los que la práctica concreta que pone en juego no ayude a avanzar en términos de conquista de derechos y/o de apertura democrática.

3.- El respeto del adversario

En estos meses se ha discutido mucho sobre la relación con el adversario político y los poderes que lo sustentan. La búsqueda del respeto del adversario o su desprecio tienen un valor relativo sino se traduce en la apertura de campos de potencia y simpatía lejos del territorio de dicho adversario. De nuevo, es la utilidad, la capacidad de organización en el interior de los conflictos sociales ya existentes, la posibilidad de ser una salida para los millones que son despreciados material (que no simbólicamente) por dicho adversario, dónde nos jugamos el respeto de los nuestro y, sobre todo, de su definición. Partamos de que “nuestro espacio” no está cerrado aún y por eso el presente está abierto.

Pivotamos entre una nueva forma de estar en las instituciones sin poder material para hacer políticas públicas y la construcción de un nuevo relato sin nuevos desafíos políticos materiales (nuevos conflictos) que lo sustenten, lo que dificulta la apertura que defendemos. La propia forma del debate sólo tiene fuerza en el interior de nuestras propias fronteras.

Todas estas cuestiones: satisfacción de necesidades concretas como marco privilegiado para dibujar el Podemos que gobierna, reconstrucción de identidades, etc., es sobre lo que, creo, tendríamos que estar hablando.

A veces da la sensación de que el debate sobre Podemos es un debate sin pragmática. Sin herramientas concretas. Es difícil dibujar el hacer cotidiano de alguien vinculado a Podemos que no esté en la institución. Y esa pragmática es fundamental para avanzar.

PD.- No olvidemos que la identidad bajo la que el 15-M se ha ido nombrando es mutante. No existe sólo el 15-M que ocupó las plazas, también rodeó el Congreso, popularizó movilizaciones sociales inéditas, ayudó a visibilizar entre los sectores precarios y parados las huelgas generales de los sindicatos más tradicionales, construyó instituciones de apoyo mutuo en forma de despensas solidarias, grupos de consumo, toma de viviendas, creación de mil y un experimentos culturales, cooperativas, etc.