Hace poco pasé una semana en Reino Unido presentando Podemos en varias ciudades. Allí, pude discutir sobre cuestiones que tienen mucha importancia en la tradición política británica, como por ejemplo la relación entre partidos y sindicatos. El debate nos llevó también a analizar la vinculación entre Podemos y los movimientos sociales y, sobre todo, la influencia de la extensión e intensidad de la crisis en la irrupción de dicha formación política.

En este contexto, una de las ideas más repetidas era que en Reino Unido no se habían alcanzado las cotas de movilización social logradas en España y Grecia. Citaban las huelgas generales, las manifestaciones, y achacaban en cierta medida a esta carencia el hecho de que la izquierda británica –tanto el ala izquierda del laborismo como otras formaciones más extremas– estuviese tan debilitada. Les impresionaba Podemos en el sentido de que pensaban que traducía esas movilizaciones sociales al lenguaje institucional, en sentido político (forma-partido) y también electoral.

Yo les decía que eso no era tan fácil, que todo aquel magma social era imposible de representar y que, además, no se encontraba en un momento particularmente boyante cuando surgió Podemos. Simplemente, había algo extraño en cómo se hacía política en España al menos desde mayo de 2011, cuando en las plazas se comenzó a gritar aquello de: “Que (ellos) no nos representan” y todos teníamos claro a quiénes iba dirigido nuestro descontento. Pero aquel “no nos representan” dejaba completamente abierto el campo del “nos”. ¿A quiénes no representan aquellos que “no nos representan”? Los compañeros británicos llenaban ese “nosotros” con los movimientos sociales, con las manifestaciones, con identidades desde luego plurales pero muy politizadas y coherentes. Según la interpretación británica, los españoles, quizás por el desempleo y la corrupción, la mala gestión y los abusos, se habían hecho activistas o de izquierdas, ¡por la vía de la lógica! Necesitaban llenar el hueco que dejaba aquel “no nos representan” que se gritaba en las plazas con un artefacto representativo diferente: la izquierda, los movimientos, etc. Sin embargo, a estas alturas parece cada vez más claro que el “nosotros” que estamos construyendo en España es muy diferente, más plural, contingente e imprevisible que el “nosotros” de los compañeros británicos. Por este motivo, podemos hablar de hegemonía, porque no se trata de llenar un hueco que deja el sistema político tradicional con otra identidad perfectamente determinada, sino de articular una mayoría social.

El final de la confianza en la política tradicional no modificó el equilibrio electoral o el balance de fuerzas económicas, políticas y mediáticas, sino un cierto marco de sentido común. A partir de mediados de 2011, lo que parecía natural –la alternancia, el relato de que “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”–, y lo que era vergonzoso pero inevitable –la corrupción, el mal gobierno–, dejaron de ser “natural” e “inevitable”. Pero de esa desnaturalización, o de cualquier coyuntura social específica, no se deduce un sujeto político colectivo homogéneo. Se abre, por el contrario, la oportunidad de articular un proceso de cambio político que no se deduce de la situación social –no olvidemos que de la misma situación social pueden emerger movimientos políticos contradictorios–, ni se basa en las identidades de los ciudadanos españoles tal y como eran antes del proceso político en cuestión.

Una parte importante de lo que ocurre en España en nuestros días tiene algo que ver con este problema de la identificación, que es una de las claves fundamentales para entender qué es una crisis de régimen, o una crisis de legitimidad. Por un lado, lo que antes no identificábamos como problemático o insoportable, ahora sí lo percibimos como tal, luego los poderes han perdido la capacidad para decidir qué es relevante y qué no lo es, qué se puede y qué no se puede tolerar, qué nombres le damos a las cosas que nos preocupan y qué nombres no les damos… Nos une, en ese sentido, una percepción negativa, un no poder identificarnos con esos problemas y esas explicaciones que, sin embargo, siguen siendo portada de los periódicos. Por otro lado, muchas de las personas que, siendo partícipes del proceso de desnaturalización que he descrito antes, éramos incapaces de identificarnos entre nosotras, ahora podemos como mínimo articular juntas un proyecto político en diversos niveles, que van desde la implicación colectiva más intensa hasta la interrelación más virtual, desde el voto en unas primarias abiertas hasta el RT que hacemos a tal o cual contenido, desde el nuevo sentido común, siempre abierto e imperfecto, a partir del cual emergen nuestras conversaciones cotidianas en el trabajo o en casa, conversaciones que nunca hubiéramos tenido hace cuatro o cinco años. La política es lo que hace que esta articulación sea posible.

Al mismo tiempo, hay dos aspectos que nos diferencian de otros momentos históricos con los cuales se han establecido paralelismos en los últimos tiempos. Por un lado, cuando se atisbaba ya el declive del Imperio Romano, se multiplicó en apenas una década la tasa de mortalidad (suicidios, muertes a causa de lo que hoy llamaríamos estrés, etc.). Nadie podía imaginarse un mundo sin Roma, y el fin del mundo era, de hecho, una opción más plausible que un mundo sin Roma. Había, en resumidas cuentas, mucho miedo al futuro: o Roma o el caos. La otra diferencia la expresó Gregorio Morán en un encuentro con Juan Carlos Monedero en la Sala Mirador: en los setenta se hacía grandísima política, pero siempre con el horizonte del regreso al franquismo –encarnado, entre otras cosas, por la perpetua amenaza golpista–. Había mucho miedo al pasado. Hoy no estamos exentos de incertidumbre, pero tenemos menos miedo, o al menos no tenemos esa clase de miedo. Por eso las cosas pueden ser diferentes. Por eso no creemos en una actualización más o menos digna de lo que ya hay –un régimen del 78 con rostro humano, digamos–, sino en un cambio posible cuya articulación ha pasado a ser el hecho político de nuestro tiempo.