Más pan y mejor fútbol

Francesc Trillas

La final del Mundial de fútbol de Brasil en 2014 tuvo una audiencia televisiva de más de mil millones de personas. Cada fin de semana cientos de millones de personas se ponen delante de un televisor para ver partidos de las ligas de sus países o de países remotos de los que conocen poco, excepto los más increíbles detalles de la actualidad futbolística. No es raro para quienes vivimos en países desarrollados y pacíficos ver escenas de países en guerra con jóvenes ataviados con la camiseta de alguno de nuestros equipos de fútbol. El deporte rey se ha convertido en un gran fenómeno global. No sólo el producto final y más en general la experiencia del fútbol son disfrutados por aficionados de todo el mundo, sino que también los factores de producción cada vez más provienen de todas partes.

El mercado del producto del fútbol está pues muy integrado (es cierto que las ligas nacionales siguen pesando mucho, pero algunas de ellas tienen audiencias globales) y los mercados de futbolistas y capital también. Primero fueron los jugadores quienes procedían de países extranjeros, de forma casi ilimitada desde finales del siglo XX. A mediados de los años 1990 se liberalizó e internacionalizó el mercado de futbolistas a raíz de la Sentencia Bosman, tras una decisión del Tribunal Europeo de Justicia. Pero después también la propiedad de los equipos se globalizó y hoy perfectamente un club español, italiano, inglés o francés puede ser de un grupo chino, árabe, de un inversor norteamericano o un grupo de ellos. Si los propietarios o ejecutivos de clubs eran originalmente personalidades del mundo local, o en todo caso personalidades extranjeras que echaban raíces en una ciudad (especialmente los fundadores), hoy los dueños pueden también ser magnates extranjeros, oligarquías que viven en países remotos, o accionistas que tienen su cuartel general en otro continente.

Las aficiones de algunos equipos son una parte muy importante de la sociedad organizada de algunas comunidades

Ello convive con elementos fuertemente locales y nacionales, como los clubs, las ligas o las selecciones. Las raíces locales y comunitarias se ponen de manifiesto en la fidelidad de los aficionados a los colores de un club: pese a que la pasión por unos colores puede dispersarse mucho a través del mundo, lo cierto es que la distribución no es uniforme, sino que se concentra mucho alrededor del territorio original del club, hasta el punto que las aficiones de algunos equipos son una parte muy importante de la sociedad organizada de algunas comunidades.

El Mundial es el símbolo del éxito y de todas las contradicciones del fenómeno global del fútbol moderno. Desde 2015, cuando el FBI ordenó el arresto por corrupción y crimen organizado de varios dirigentes del fútbol mundial y provocó la dimisión del presidente de la FIFA, Sepp Blatter, la institución de gobierno del fútbol mundial se ha dedicado a dos tareas simultáneas. Por un lado, se ha embarcado en una relativamente sofisticada operación cosmética para lavar su imagen y simular un propósito de reforma. Por otro lado, se ha dedicado a buscar fórmulas para aumentar su poder, incrementando el tamaño de las competiciones que organiza y cuyos derechos le pertenecen en monopolio, el Mundial de selecciones y el Mundial de clubes.

La FIFA se corrompe porque constituye un monopolio global desregulado que acumula un enorme poder al estar en la cúspide del deporte más global, unificado y exitoso

No cabe duda de que la FIFA se corrompe porque constituye un monopolio global desregulado que acumula un enorme poder al estar en la cúspide del deporte más global, unificado y exitoso. El éxito es compatible con la corrupción y con una mala gestión endémica porque el éxito, logrado por razones evolutivas, atrae a personajes de dudosa reputación que quieren conseguir mediante el fútbol lo que no pueden conseguir por otros medios, ya sea dinero, estatus, influencia política o promoción personal.

Tres ejemplos de la compatibilidad entre éxito y corrupción son los de Chile, Ghana y España. Son tres de los países más triunfales en el fútbol global en las dos últimas décadas:

  • Chile eliminó a España en el Mundial de 2014 y ganó dos veces la Copa América. En esos mismos años, el presidente de su federación se enriquecía misteriosamente. Terminó exiliado en Miami colaborando con el FBI tras reconocer sus delitos de corrupción en el negocio del fútbol.
  • Ghana fue uno de los países africanos más exitosos del cambio de siglo. La BBC acaba de divulgar en un documental el pago masivo de sobornos a árbitros y directivos que ha terminado con la disolución por parte del gobierno de la federación nacional de fútbol.
  • España ganó tres grandes torneos seguidos entre 2008 y 2012 bajo la presidencia de Ángel M. Villar, que pasó un período de tiempo encarcelado acusado de corrupción mientras su hijo también era investigado por su gestión en el fútbol sudamericano. En este momento también está en la cárcel pendiente de juicio por lavado de dinero el expresidente del FC Barcelona Sandro Rosell, conocido por sus relaciones con altos dirigentes brasileños y qataríes.

Pero el fútbol no es el único ejemplo de fenómeno inquietante que desarrollan instituciones con aspectos innovadores. Lo mismo ocurrió con los barcos piratas en los siglos XVII y XVIII, con una organización internamente democrática y una división de poderes que anticipaba la de los estados modernos. Es difícil separar la cara oscura del fútbol (violencia, corrupción, mala gestión) de las instituciones relativamente eficientes que ha conseguido construir y que han hecho de él, evolutivamente, un fenómeno de tan enorme éxito popular.

Algunas claves de una posible reforma del fútbol (sin ser una panacea) podrían ser las siguientes:

  • Una mejor representación del interés público democrático canalizado por instituciones democráticas poderosas: la Unión Europea, las instituciones de justicia de las grandes jurisdicciones, como el FBI.
  • La creación de agencias específicas anti-corrupción de ámbito global, ya sea del fútbol o del deporte en general.
  • La reforma de la estructura de las competiciones (no ha sido nunca una estructura congelada), superando la balcanización y preeminencia de las ligas nacionales europeas, teniendo en cuenta los intereses también de los clubes medios y modestos.

Actualmente hay dinero sobre la mesa  y podría haber más partidos interesantes de los que hay. Por ejemplo, se podría crear una super-liga europea de fútbol, o fusionar varias ligas nacionales de pequeño tamaño en Europa. Pero no deberían hacerse efectivos estos cambios hasta que se repartan mejor los beneficios de las estructuras que hay, y hasta que haya garantías de que los nuevos beneficios se distribuirán con criterios equitativos, empezando por la captación mediante impuestos de una parte de los beneficios del contribuyente.

Otra de las paradojas de la globalización del fútbol es que es compatible con el nacionalismo más rancio, como vemos durante cualquier edición del Mundial, con la dosis habitual de himnos cuyas letras hablan de la muerte o la guerra, de escenas racistas o de líderes autocráticos sacando pecho. La selección de Islandia, tan elogiada, es el sueño de cualquier ultra-nacionalista: todos los jugadores exhiben variaciones del mismo apellido y del mismo código genético; no hay ninguno con colores de piel que desentonen, y todos se saben de memoria e interpretan con pasión el himno y sus gritos tribales.

Ahora que sabemos que el Real Madrid de Florentino Pérez es menos patriota de lo que se suponía quizás sea el momento de aceptar que la selección española, como cualquier otra, debería ser simplemente un equipo de color rojo en el que pueda jugar cualquiera (y que a diferencia de los clubes, no se pueda cambiar de equipo) venga de donde venga, y quizás sería el momento de que el Real Madrid y el FC Barcelona puedan jugar en cualquier liga, como la inglesa, que les haga una buena oferta, relativizando las fronteras.

Ahora que sabemos que el Real Madrid de Florentino Pérez es menos patriota de lo que se suponía quizás sea el momento de aceptar que la selección española debería ser simplemente un equipo de color rojo en el que pueda jugar cualquiera

Reformar la FIFA implica tomar en consideración lo que se denomina el trilema de Rodrik: la imposibilidad de compatibilizar el estado-nación, la integración económica profunda y la democracia. Una solución es un control democrático global. Los gobiernos que han modificado su política deportiva o su legislación para contentar a la FIFA son un ejemplo de las dificultades de la democracia nacional para sobrevivir a la globalización. La respuesta es o eliminar la globalización (la FIFA, el Mundial) o elevar la democracia al nivel global. Y a muchos aficionados nos gustaría seguir disfrutando del Mundial y del fútbol globalizado. Si el poder se mueve a escala mundial, los instrumentos para su control también deben desarrollarse a esa escala. En el fútbol moderno, no hay que perder esa combinación de unificación y diversidad de competiciones y clubes que permite compaginar cooperación y competencia.

Como todos los programas anti-corrupción, no será fácil erradicar el fraude y el robo en el fútbol y otros aspectos de su lado oscuro. Pero vale la pena intentarlo. Hay que aprovechar el impulso de las investigaciones y acciones judiciales iniciadas por las autoridades de los Estados Unidos y Suiza para lanzar una campaña decisiva por la limpieza y reforma del fútbol globalizado.

Hay que desarrollar un esfuerzo global, coordinado y cultural, dada la responsabilidad del fútbol en la transmisión a las nuevas generaciones de valores y normas sociales. El apoyo al deporte femenino y la erradicación del machismo y la homofobia deben ser parte de la reforma.

En una sociedad democrática, ningún proceso de reforma puede ser factible y sostenible sin una narrativa que lo acompañe. Y a los deportistas también hay que exigirles más en este sentido.

 

Francesc Trillas Profesor de la Universidad Autónoma de Barcelona y autor del libro “Pan y Fútbol”, editado por Alternativas Económicas.

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