No cabe duda de que la Transición española supuso un avance importantísimo para el país y se consiguió gracias a las personas que lucharon por la democracia arriesgando –y a veces incluso perdiendo– su vida. Con ella se conquistaron derechos y libertades, pero llegaron también nuevas vulnerabilidades. El espacio político se presentó como algo constantemente amenazado por el terror, por la posibilidad de ruptura del país, de un golpe militar, etc.

La democracia española se construyó sobre las bases de esa Cultura de la Transición, aquella que promulgó el olvido de nuestra historia más reciente y la defensa de una política moldeada desde las cunetas del subconsciente de las elites para las elites. Es decir, un pacto desde arriba para “evitar el caos” y alejar la política de la gente. Dicha Cultura de la Transición está estrechamente ligada a una cultura de la impunidad, que desprecia aspectos fundamentales de los derechos humanos.

En España hay todavía más de 100.000 desaparecidos víctimas de los crímenes franquistas, pero buena parte de nuestra sociedad ignora esta cifra porque los programas educativos continúan dando la espalda a nuestro pasado reciente. La Cultura de la Transición, construida sobre cadáveres, pactos de elites y olvido, se ha basado en un consenso ficticio y en el rechazo al conflicto. Ha elegido de qué hay que hablar, qué representa un problema y qué es necesario apartar del debate público. De este modo ha ignorado conflictos crecientes, tales como el aumento de la desigualdad, la pobreza, la corrupción política, económica y moral.

El periodismo, como otros servicios públicos fundamentales, ha quedado atrapado en ese discurso dominante. Durante los últimos años, el éxito ha justificado todo tipo de degradación moral, y cierto periodismo no se ha visto libre de ese deslumbramiento. La información, derecho fundamental y pilar básico de toda sociedad libre y democrática, ha sido a menudo maltratada, pisoteada y concebida como un instrumento al servicio de las elites.

Desde los grandes medios de comunicación, se ha defendido e impulsado un periodismo equidistante, basado en simples declaraciones, que deja fuera los hechos y el contexto. Tal equidistancia coloca al mismo nivel al opresor y al oprimido, al atacante y al atacado, al agresor y a la víctima. Si trasladamos dicha práctica periodística a la época de la II Guerra Mundial, podríamos llegar a titular una información del siguiente modo: “El rabino del gueto de Varsovia dice que los nazis están masacrando a los judíos. Goebbels lo niega”. Y ahí terminaría todo.

Además de una indudable apuesta por la neutralidad periodística –capaz de blanquear, si se lleva al límite, el más atroz de los crímenes–, este tipo de periodismo impera debido a las dinámicas de trabajo impuestas en diversos medios de comunicación, que impiden a muchos periodistas estar en contacto con la realidad de la calle y que, de hecho, les obligan a permanecer más de diez horas seguidas encerrados entre las cuatro paredes de las redacciones.

Ese periodismo se ha ocupado de difundir un pensamiento dominante, propagando mensajes favorables a una minoría privilegiada e inculcando en la sociedad una serie de valores que desprecian el poder de la gente. Entre ellos, se ha defendido una igualdad concebida no como derecho formal, sino como característica que nos reduce a sujetos casi autómatas, ajustados a plantillas esculpidas previamente, limitados a guiones escritos que nos dicen cómo ser, cómo actuar, cómo alcanzar la felicidad, qué debemos soñar y cómo debemos concebir lo que es éxito y fracaso. Frente a semejante imposición, la salud de nuestra sociedad requiere la reivindicación de la diferencia, el derecho a soñar sueños diferentes a los implantados y la exigencia de concebir la riqueza no sólo como la acumulación de bienes materiales, sino como el desarrollo cultural y de los afectos.

La entrada de capital financiero en buena parte de los medios de comunicación, junto al enorme endeudamiento que muchos adquirieron en los últimos años, los ha hecho más dependientes y serviles ante los grandes poderes. Si a esto le añadimos la voluntad de controlarlos políticamente por parte de los gobiernos de turno, entendemos por qué el carácter periodístico que deberían tener como notarios de la realidad y vigilantes del poder ha quedado mermado. Aún así, hay grandes profesionales que luchan a diario por ejercer su oficio con integridad y decencia. Pero, salvo excepciones, encuentran cada vez mayores obstáculos.

Ya a principios de este siglo comenzaron a registrarse restricciones en la libertad de los periodistas a la hora de preguntar en las ruedas de prensa, prohibiendo a los informadores la posibilidad de repreguntar en caso de no haber obtenido la respuesta que buscaban. En las comparecencias del Presidente del Gobierno ante la prensa con un homólogo extranjero –único momento en el que Rajoy admite preguntas– se permite un máximo de dos interpelaciones, que antes deben ser consensuadas entre los periodistas que habitualmente cubren este tipo de información.

Por otro lado, en buena parte de los grandes medios se han impulsado reformas estructurales y expedientes de regulación de empleo, a través de los cuales en muchos casos se ha despedido a los periodistas más críticos. Además, se ha precarizado la profesión, con sueldos hasta tres veces inferiores a los de hace tan solo unos años y con una clara limitación de los derechos laborales. De ese modo han pretendido lograr un periodismo dócil, al servicio del poder.

No es casual, por ejemplo, que en los últimos tres años se hayan incluido en algunos contratos de periodistas cláusulas sobre contenido o que desde las redacciones se amenace a los informadores con represalias si ofrecen cobertura a través de las redes sociales de fenómenos sociales y políticos como, por ejemplo, la acampada Sol del 15M, las Marchas de la Dignidad o actividades de la formación política Podemos.

En plena crisis económica y moral, el periodismo de la mayoría de los medios de comunicación convencionales ha estado entregado fundamentalmente a la cobertura informativa del bipartidismo, ignorando toda una realidad social a través de la cual se podía definir perfectamente qué estaba ocurriendo en España. En 2011, más de 600 periodistas se acreditaron para seguir en directo –desde un plató– un debate electoral entre el candidato del PP Mariano Rajoy y el del PSOE, Alfredo Pérez Rubalcaba, mientras se obviaban las terribles consecuencias de la crisis en el día a día de la gente. Si ese mismo número de periodistas hubieran acudido a las puertas de un comedor social, de un centro para el registro del desempleo, o simplemente hubieran informado en directo de un desahucio, quizá se habría logrado dar visibilidad mucho antes a la realidad que más claramente define en estos momentos lo que ocurre en este país.

Desde que la formación liderada por Pablo Iglesias obtuvo cinco escaños en las elecciones europeas del 25 de mayo de 2014, la presión en los medios de comunicación, lejos de menguar, se ha incrementado. Las encuestas desvelan una y otra vez que la mayoría social del país defiende cuestiones de sentido común; como la dación en pago, la educación pública de calidad o las pensiones. Ante ello, se apela a la necesidad de estabilidad, al statu quo, o lo que es lo mismo, se echa mano al miedo frente a la posibilidad de cambio.

Nos han declarado una guerra sin balas. Nos disparan con recortes, con miedo, con políticas a favor de una minoría en contra de los intereses de la mayoría social. Tenemos que recuperar los espacios que pertenecen a la ciudadanía y reivindicar a la gente decente, porque en ella está el futuro de la política, del periodismo, e incluso el sentido de la vida.
Quienes gobiernan están perdiendo su credibilidad a marchas forzadas. Por mucho que nos digan que el emperador lleva el más sofisticado de los trajes, lo cierto es que cada vez son más los sectores de la sociedad que lo ven como realmente está: completamente desnudo. Nos encontramos en un punto de inflexión. Dicho en palabras de Charles Dickens, estamos “en el mejor de los tiempos, en el peor de los tiempos (…), en la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación”. Hay una minoría que intenta mantener perenne este invierno, pero los vientos del cambio son más precisos que nunca.