Los méritos de Cifuentes

Isa Serra
Foto: Dani Gago.

Cristina Cifuentes se presentó a las elecciones del año 2015 con la ‘receta’ de la transparencia para salvar al PP de su imagen degenerada y desgastada por culpa de la corrupción. Toda una operación de marketing estaba en marcha para crear la imagen de la lideresa carismática que había venido a blanquear al viejo PP. Su imagen se basaba, precisamente, en los valores de transparencia, renovación, avance, limpieza y también superación. Toda vinculación con el antiguo PP, por más que fuese el partido al que representaba, resultaba perjudicial tanto para sus intereses como para los de la organización. Es decir: el mérito que se atribuía a Cifuentes consistía en conseguir que los valores que representaba su imagen individual pesasen más que las connotaciones negativas del proyecto colectivo. Sin embargo, pasados tres años de su llegada a la presidencia de la Comunidad de Madrid, podemos verlo de otro modo: el verdadero mérito de Cifuentes ha sido demostrarle a toda la ciudadanía que la meritocracia ha sido siempre eso, un mito.

Este cambio —o declive— en su imagen comenzó durante las semanas previas a la moción de censura en junio del 2017, cuando un informe de la Unidad Central Operativa de la Guardia Civil la involucró en una adjudicación irregular del servicio de la cafetería de la Asamblea de Madrid al empresario Arturo Fernández. Cifuentes tuvo que comparecer en la Comisión de Corrupción, y lo hizo acompañada por un séquito de cargos del PP y de su gobierno que hacían un pasillo con aplausos en señal de apoyo. Su figura ya no era autosuficiente, su imagen se estaba desvaneciendo y la crisis de su gobierno era evidente.

Pero ha sido la reciente noticia sobre la falsificación de las notas del máster que cursó en el año 2012, año en el que entró como delegada del Gobierno de Rajoy, lo que ha consolidado esa crisis. Y es que la lideresa del PP no es solo una corrupta más como sus compañeros de partido (un partido en el que hasta el presidente del Gobierno aparece en unos papeles de la caja B) en un momento de normalización de lo que han sido décadas de saqueo de las arcas públicas. La falsificación de las notas muestra la utilización de una institución como la universidad pública por parte de una presidenta del gobierno con intereses totalmente personales y de una forma absolutamente cutre. Si ha llegado a utilizar su poder para hacer algo tan innecesario como falsificar dos notas saltándose unas normas tan básicas como fundamentales de la convivencia democrática, ha podido y podrá hacer cualquier cosa. Su credibilidad no puede estar en un nivel más bajo.

La falsificación de las notas muestra la utilización de una institución como la universidad pública por parte de una presidenta del gobierno con intereses totalmente personales y de una forma absolutamente cutre

Pero lo más grave de todo, lo más indignante, es su utilización de la universidad pública. La Universidad Rey Juan Carlos ve estos días también su legitimidad en números rojos. Y quienes más sufren esa indignación son quizás los y las estudiantes que hoy y ayer han defendido la universidad pública. La educación superior es un derecho que ha estado durante las últimas décadas en el punto de mira de las reformas neoliberales. Pocos años antes de entrar en el siglo XX las élites comenzaron a imponer a nivel europeo una transformación de la universidad que se basaba en resumidas cuentas en adaptar la oferta universitaria a la demanda del mercado laboral, un mercado laboral por lo demás cada vez más precario y flexible. Dicho eufemísticamente, “adaptar la universidad a la sociedad”. Para ello redujeron los años de estudio de licenciaturas a grados creando un sistema dual en el que los másteres ganaron fuerza, se crearon los Campus de Excelencia, se avanzó hacia la financiación mixta público-privada y las grandes empresas entraron en las universidades públicas gracias a este nuevo modelo de gobernanza.

Esta fue la primera parte. La segunda vino justificada con la crisis y permitió movimientos como una enorme subida de tasas (hasta en 65% para buena parte de los estudiantes de la Comunidad de Madrid), la precarización del profesorado o la eliminación de las carreras que parecían inútiles desde el punto de vista del beneficio económico. Estas medidas no eran casuales. Se trata de un cambio pensado y diseñado en torno a un concepto y precepto neoliberal que funcionaba bien: la tan alabada meritocracia, incorporada por proyectos como el del PP y aún en mayor medida Ciudadanos, y clave en la representación que articulaban figuras como la de Cristina Cifuentes.

La meritocracia es el mito sobre el cual se han sostenido y justificado buena parte de las políticas neoliberales de las últimas décadas. El “gobierno de los mejores” fue un concepto que apostaba por un modo de organización social –de selección social, más bien–, que despertó suspicacias y críticas desde un momento muy temprano: “La meritocracia contradice el principio de igualdad no menos que cualquier otra oligarquía”, escribía Hannah Arendt ya en 1958. A partir de los años 70 su significado cambió y adquirió un significado positivo, hasta el punto de convertirse en sostén de todas las teorías del “sueño americano” al apuntalar la idea de que ya vivimos en una sociedad en la que ni existen los privilegios injustos ni las desgracias derivadas de pertenecer a una clase, a una etnia o a un género, sino que existe una especie de discriminación positiva gracias a nuestros méritos individuales. ¡Todos podemos triunfar!

La meritocracia es el mito sobre el cual se han sostenido y justificado buena parte de las políticas neoliberales de las últimas décadas

Esa idea ha sido un pilar de las políticas neoliberales más agresivas hacia lo público, a través de una concepción de la igualdad y de la libertad individualistas en las que los derechos sociales no vendrían a compensar las desigualdades injustas, sino más bien a proteger a quienes no se lo merecen. De hecho ha terminado teniendo un efecto punitivo perverso según el cual si fallas, si no asciendes, si no tienes éxito, es que eres un fracasado. Un fracasado o fracasada que además está chupando de los recursos que todos pagamos con nuestros impuestos. Así ha sido visto por ejemplo el sistema de protección social, que nunca ha dejado de tener interesadamente una connotación caritativa. Este mito, sin embargo, dejó de funcionar cuando llegó la crisis del año 2008. El “esfuérzate y tendrás futuro” desapareció. Los hijos de las clases medias vivirían peor que sus padres y con ello se mostraba lo que siempre habían sabido los sectores más populares: que la meritocracia es puro idealismo.

Fue Cifuentes quien terminó de rematar el golpe a la universidad pública con la nueva Ley del Espacio Madrileño de Educación Superior, que consolida su proyecto y que se aprobará en los próximos meses en la Asamblea de Madrid si Ciudadanos no lo impide. Pero mientras sus políticas han cumplido con precisión la agenda neoliberal que trataba de implantar, arrebatando a la educación pública el verdadero sentido de ambas palabras, sus prácticas personales han abierto una fisura. El verdadero mérito de la presidenta de la Comunidad de Madrid ha sido, decíamos, dejarnos ver con claridad que la ideología de la meritocracia no era sino un mito, y uno muy útil para los intereses de las élites. Mientras nos vendían una falsa igualdad de oportunidades, muchas de las personas que accedían a puestos de responsabilidad y mando lo hacían pervirtiendo las normas democráticas que pregonaban y las ideas de libertad e igualdad que repetían. Con la noticia de la falsificación de las notas la salvadora del PP ha acabado demostrando que todo lo que su imagen era solo eso: una imagen. Tras la fachada, las mismas viejas prácticas, poniendo en riesgo incluso uno de los puntales de nuestra democracia: la educación pública, clave para la construcción de un país.

Isa Serra diputada en la Asamblea de Madrid y portavoz del Consejo Ciudadano de Podemos Comunidad de Madrid

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