Es imposible repensar la coyuntura, así como la historia reciente de nuestro país, sin afrontar una palabra clave: “Transición”. Sobre la transición española tenemos toda clase de relatos, más o menos optimistas, críticos o demoledores. Disponemos de testimonios y de archivos y en cierta medida damos por sentado de qué hablamos cuando nos referimos a ella. Hablamos de Suárez, González y Guerra, Calvo Sotelo, Carrillo o Tejero. ¿De quién o de qué si no? En nuestro país la misma palabra “Transición” está atravesada por aquellos momentos y sus protagonistas. Sin embargo, cabe hacerse algunas preguntas sencillas sobre la “Transición”. ¿Qué significa hacer una transición? ¿Quiénes hacen las transiciones? ¿Solamente hay una o pueden darse cita transiciones diversas? Preguntas que provisionalmente podríamos pensar en dos bloques.

 

Primero: ¿Transición de qué a qué o de dónde a dónde?

Obviamente, del franquismo a la democracia, pero con muchas dificultades y de manera compleja. Los cambios históricos, por más que algunos historiadores se empeñen, nunca son completamente lineales y superadores: las cosas nuevas siempre surgen de las que ya estaban, pero no las sepultan y superan como si fueran capas de tierra puestas una encima de la otra. Si podemos hablar de “transición” es porque no hay un punto cero de la historia. Hay momentos cruciales como la muerte de Franco, pero la muerte de una persona, por importante que sea, no explica todo. Franco estaba muerto, pero el franquismo y sus instituciones seguían activos. Es fácil dejarnos llevar por relatos uniformes y unilaterales cuando repensamos nuestro pasado reciente y decirnos a nosotros mismos: “Franco murió, las cosas cambiaron y avanzamos hacia Europa y hacia la modernización del país”. Es cierto a su manera, pero este relato deja fuera muchísimas cosas que también pasaron y que, de hecho, siguen pasando precisamente porque las cosas históricas no son sepultadas para siempre. Siempre están, cuando se van y cuando vuelven, cuando nos olvidamos de ellas y cuando nos acompañan.

Sobre esta cuestión escribe Germán Labrador con la intención recuperar la existencia de otra transición, en minúsculas, excluida del relato dominante de los grandes hombres y los grandes consensos. Hubo otras opciones políticas y otros espacios políticos que los que ocupan las páginas centrales de la historia y es importante tenerlo en cuenta cuando hacemos política o pensamos políticamente en nuestros días. Pero cabe hacerse una pregunta más: ¿es productivo un relato según el cual hubo una buena Transición –luchadora, genuinamente popular y combativa- y otra oficialista y falsa, engrasada como una maquinaria aplastante, que cabría identificar con la victoria socialista de 1982? ¿Qué hizo o no hizo la (otra) izquierda durante la Transición para finalmente no conectar con los sectores populares que reivindicaba (no solo en el sentido de “humildes”, sino también de mayoritarios)? ¿Qué pasó para que el PSOE sí conectara con muchísima gente, por mucho que luego se convirtiera en otra cosa? Contaba con apoyo mediático y conexiones internacionales, sin duda, pero, ¿explica eso todo? En un proceso y una época tan compleja como aquélla es fundamental preguntarse si la dicotomía “resistencia colectiva transformadora” versus “socialismo conformista vendido” nos ayuda a pensar o no. No hay respuestas sencillas a estos debates, pero es fundamental tenerlos, más todavía en una coyuntura abierta en la que apostar por el cambio pasa necesariamente por trabajar con los materiales de que uno dispone. Reformar o romper siempre pasa por reformar y romper algo que ya está ahí y que no es de una sola pieza.

Segundo: ¿Transición de quiénes, de los gobernantes, de la ciudadanía, de las viejas instituciones franquistas, de los reformistas, los conservadores o los rupturistas?

¿De todos ellos combinados o agitados según el momento? ¿Qué fue de las élites franquistas? ¿Experimentaron también ellas su propia transición o simplemente se adaptaron a la situación? ¿Y las clases populares? ¿Cómo eran los españoles que vivieron aquello desde un punto de vista socioeconómico, pero también simbólico? ¿Qué esperaban del futuro y qué lectura hacían de su propia evolución a lo largo de los años de Franco? Pablo Fernández León analiza esta cuestión desde el punto de vista del imaginario como individuos y como sociedad.

¿De qué manera se configuraron los actores y los pacientes de dicha modernización democrática, como individuos y como clases? ¿Quiénes constituyen el sujeto de la Transición?

Manuel Azaña dijo en los treinta que “por fin en España gobiernan sus clases medias”. Una vez decidido el sentido de la guerra, el franquismo no prolongó este proyecto de clases medias. Pero décadas después el régimen franquista se revelaría un consumado especialista en difuminar el pasado en nombre de un relato de desarrollo y actualización de la gloria hispana; una narrativa capaz de sepultar todo lo anterior y de darle uniformidad presentando la historia del país y la del régimen mismo como algo prácticamente de sentido común.

A estos efectos, el protagonista del franquismo tardío fue el “desarrollo”, mientras que la democracia se asoció pronto con la “modernización”. Esa era la palabra, junto con Europa y las libertades que conllevaba. ¿De qué manera se configuraron los actores y los pacientes de dicha modernización democrática, como individuos y como clases? ¿Quiénes constituyen el sujeto de la Transición? ¿Cómo podemos plantear en España los procesos de formación de las clases medias? De una manera u otra, se trata de cuestiones que Pablo Sánchez León aborda y que en La Circular seguiremos tratando desde diferentes perspectivas.