#lacircularopina Sola, borracha, quiero llegar a casa

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No es abuso: es violación. Y lo es porque, sí: implica intimidación y violencia.

El problema es que tenemos un código penal que no reconoce como violencia lo mismo que cualquier mujer que viva en este tiempo; que no entiende como intimidación lo mismo que cualquier persona consciente del modo en que el poder y el privilegio atraviesan nuestras relaciones.

Si ponemos el foco en la condena, si hablamos de años o de cargos, es difícil que entendamos lo que realmente está pasando. Porque lo que está pasando es una cuestión de concepto, de cómo vemos y categorizamos el mundo que nos rodea. Esta sentencia es sobre todo un ejercicio de incoherencia: tras unos hechos probados que desgarran a cualquiera que los lea por la crudeza indudable de la situación que describen, se concluye que no hay violencia.

Esto es: se concluye que el engaño no es violencia, se concluye que la superioridad numérica y de fuerza no es violencia, se concluye que estar acorralada no es violencia, se concluye que disponer del cuerpo de alguien sin preguntarle qué desea no es violencia, se concluye que dejar a una persona sola, desnuda e incomunicada no es violencia…

Durante los meses que ha durado el proceso a La Manada, este país ha pensado, debatido y comprendido unas cuantas cosas. Millones de mujeres han expresado sus vivencias y han –hemos– entendido que el problema no era individual, sino de una estructura que nos arrastra hacia condiciones que no nos permiten ser iguales. Millones de mujeres hemos parado las inercias, hemos salido a las calles, hemos gritado que las cosas van a ser de otra manera. Y millones de hombres han reflexionado, acompañado, cuidado.

Sin embargo, parece que los jueces encargados de instruir este caso no se han enterado de nada.

“Sola, borracha, quiero llegar a casa” era una de las consignas de las concentraciones de este jueves en rechazo a la sentencia. Eso es lo que no parece entender este sistema de Justicia. Desde siempre, las mujeres que sufren una agresión sexual son, además, sometidas a la sospecha. Ocurrió en este caso: se cuestionó lo que la mujer agredida había hecho antes, durante y después de ese día. Se cuestionó su ropa, durante el juicio se cuestionó incluso su forma de sentarse. La cuestión, de nuevo, es de concepto: “Sola, borracha, quiero llegar a casa”: la obligación del Estado y de la Justicia es garantizar que sea posible, no cuestionar moralmente nuestros modos de vida con perspectivas que suenan a palabras que nos llevan pesando siglos.

Lo tenemos claro: solo sí es sí.
Lo tenemos claro: si no hay consentimiento, hay violencia.

Lo tenemos claro: si nos tocan a una, respondemos todas. Tomaremos las calles, los medios, las conversaciones, hasta conseguir una ley que esté a la altura de todo eso que ya nadie nos puede poner en cuestión.

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