Para entender el momento que vive la Universidad actualmente en España y en el mundo hay que recordar la figura de Margaret Thatcher. Contaba The Telegraph en el obituario de la Dama de Hierro que su experiencia en Oxford había sido un tanto decepcionante, debido, al parecer, a que “sentía que las universidades eran complacientes porque estaban sobreprotegidas del mercado”. Quizá sea leyenda, pero lo cierto es que la lógica de los gobiernos de Thatcher en educación superior fue desprotegerla frente al mercado.

Se promocionó una nueva oportunidad de negocio, definida por el Acuerdo de Libre Comercio de Servicios (GATS) como “servicios de educación”. Se emprendió para ello una profunda reforma del sistema, apoyada por la OCDE y el FMI, que entrañaba transformar la idea misma de qué es educar y qué es crear y transmitir conocimiento. El cambio se orientó en la sola dirección de la competitividad como si la educación fuese un deporte: que compitan entre sí los estudiantes, los profesores, los investigadores, los miembros del personal de gestión, las universidades. Los puntos ciegos del modelo y las perversiones que produce exigirían un cuidadoso análisis más allá de los objetivos de este artículo, pero cabe decir que está llevando a una corrupción del ideal de conocimiento y educación superior como bienes comunes.

En España, este horizonte darwiniano se ofrece como supuesta solución a las características peculiares del sistema universitario del país: la Universidad española padece de una colosal burocratización al tiempo que comparte las peores consecuencias del modelo neoliberal (la competencia por los recursos) sin ninguna de sus ventajas (la mayor flexibilidad para gestionar esos recursos, por ejemplo); conserva, además, algunos resabios de la Universidad franquista como la permanencia de grupos privilegiados y camarillas a veces casi feudales. Pero no hay que resignarse a este destino, no hay que aceptar la Universidad que se ofrece ni tolerar la que se tiene. Es el momento de pensar la Universidad que queremos. Y la Universidad que nosotros queremos se explica, también, con una única palabra: colaboración.

Los compromisos de la Universidad

Si el conocimiento es un bien público, la Universidad es su principal creadora y distribuidora en el marco del sistema de investigación. Cumple distintas funciones sin reducirse a cualquiera de ellas: en las universidades se forman los expertos, aunque esto no la convierte en una institución de formación profesional superior. En las universidades se forman los investigadores, científicos, ingenieros y humanistas, pero no es sólo una escuela de investigación científica.

La Universidad es todo eso, y más, precisamente por su compromiso educativo. No es una lonja habitada por clientes, sino por estudiantes que buscan experimentar intelectual y vitalmente en un espacio que les proporcione libertad, pero también guía y apoyo. Pues la Universidad también forma ciudadanos críticos, instruidos y con capacidad de juicio.

La Universidad es todo eso, y más, precisamente por su compromiso investigador. Como productora de conocimiento empuja constantemente las fronteras del saber, planteando nuevos retos y soluciones a los problemas de las sociedades avanzadas. Al trasladar este conocimiento de frontera a la sociedad, a través del ejercicio docente y la extensión universitaria, está creando ciudadanos comprometidos con el futuro de sus comunidades, atentos a la novedad, abiertos al conocimiento.

Es por eso que no queremos renunciar a estos ideales y sustituirlos por una universidad-empresa que abandone lo que se llamaban artes liberales o las ciencias básicas, para esforzarse por escalar unos rankings que no miden nada más que su propia capacidad de competir en un mercado.

La Universidad que queremos no compite, colabora con el resto de miembros de la sociedad para crear un futuro mejor y más justo.

Hacia una Universidad cooperante

Queremos dirigir las transformaciones universitarias hacia un modelo más cooperativo, basado en el apoyo y en la construcción colectiva de potencial cognitivo y de capacidades sociales. Lograr una Universidad cooperante, una Universidad orientada más allá de la lógica del beneficio implica intervenir, entre otros, en las siguientes esferas:

Investigar: La imagen del científico solitario que descubre una verdad última sobre la vida y la del humanista en las oscuras profundidades de una biblioteca son, pese a su éxito público, manifiestamente falsas. La búsqueda del conocimiento nunca ha sido tarea solitaria, sino parte de una empresa común en la que la colaboración resulta fundamental: compartir resultados y conocimientos, ese es el común denominador de las ciencias modernas (también sociales y humanas). La Universidad que queremos fomenta la cultura en equipo, así como los proyectos que requieren cooperación entre distintos actores –facultades, departamentos, investigadores–, y rompe las fronteras entre disciplinas para incentivar a los equipos de investigación transdisciplinares que busquen iluminar los problemas desde todos los puntos de vista posible.

Enseñar/aprender: En el imaginario popular, la Universidad está asociada a la figura del profesor en su tarima hablando ante unos alumnos pasivos. Esta forma de enseñar, basada en la autoridad y los discursos unidireccionales, se derrumba en el nuevo espacio educativo de la sociedad de la información. La autoridad se distribuye, y en el contexto docente todos podemos ser maestros y alumnos a un tiempo. La Universidad que queremos es una institución que experimente, que sea capaz de convertirse en un lugar donde alumnos y profesores colaboren para construir conocimiento, pues ya no es el único espacio para ello. Una Universidad donde haya un verdadero equipo docente, que colabore en señalar objetivos y en conseguirlos.

Gestionar/Evaluar: La gestión eficiente de los recursos públicos y la evaluación de los resultados obtenidos son elementos fundamentales de los sistemas democráticos. Sin embargo, la Universidad burocratizada que sufrimos ha convertido estos procesos en una auténtica ordalía en la que se debe demostrar la inocencia del investigador, del que siempre se sospecha, desde la redacción del currículo a la gestión de los proyectos. La Universidad que queremos entiende la evaluación como un proceso constructivo, en el que todas las partes implicadas colaboran para conseguir un sistema de calidad. No se trata de comparar y medir, sino de ver qué se ha logrado, qué puede hacerse y qué no para mejorar. Un proceso cooperativo, positivo y creativo, basado en la negociación, la ayuda y la definición mutua de objetivos.

Cooperación interuniversitaria: El mercado de la educación exige que las universidades compitan como si fuesen equipos de fútbol: fichando estrellas, subiendo precios, convirtiéndose en instituciones mediáticas. La Universidad que queremos se integra en red con otras universidades, cooperando, creando títulos comunes y compartiendo medios, investigadores, alumnos y objetivos estratégicos, generando un sistema entrelazado de enseñanza, investigación e innovación. No se compite, sino que se comparten recursos para que lo que antes sumaba, ahora multiplique.

Cooperación con la sociedad: En la carrera por situarse en los rankings globales, las universidades se olvidan de sus entornos inmediatos, como si fuesen empresas deslocalizadas. La Universidad que queremos crea un tejido sin costuras entre las potencialidades de la Universidad y las necesidades de la sociedad, que esté en permanente flujo de conocimientos y proyectos, que haga de la Universidad un reservorio de las capacidades de la sociedad. La Universidad que queremos se convierte así en un instrumento de justicia en la distribución de oportunidades, tanto en el territorio del país como en la cooperación internacional.

Conclusiones

Hay que frenar este tren sin conductor que lleva a descarrilar a la Universidad, a convertirla en una empresa más al servicio de intereses privados. Se nos intenta convencer de que esa es la única alternativa posible, de que renunciar a esta reconversión nos convierte en inmovilistas, en conservadores de un presente que no puede ser salvado. Nada más lejos de la verdad.

Frente al supuesto destino único está nuestra capacidad de imaginar otras universidades. Imaginamos una Universidad orientada hacia un sistema público de creación, encuentro y distribución de conocimiento y capacidades, de formación de profesionales y de personas, que contribuya a crear un estilo de vida cooperativo y a sostener una sociedad democrática, autocrítica y abierta a un mundo sin fronteras.

Esta es la Universidad que queremos.