En el “corto verano de la anarquía electoral” hemos librado una guerra de movimientos con la artillería que proporcionaba una nueva y eficaz gramática política. En los platós de televisión –escenario privilegiado del blitz– día tras día nuestros portavoces han disparado mensajes, metáforas, argumentos y todo tipo de artefactos dialécticos con el fin de disputar el relato y el sentido común de las cosas.

En un momento difícil para la vida de las clases populares, Podemos lanzó un mensaje que interpretaba los dolores de los de abajo y los transformaba en esperanza de cambio, en el paso de la reivindicación social a la disputa de la democracia por medio de la toma de las instituciones del Estado para ponerlas al servicio del pueblo.

Palabras dichas de una cierta manera y pronunciadas desde un cierto lugar han permitido, por lo pronto, la emergencia de una nueva subjetividad política, una movilización popular electoral sin precedentes, 5 millones de votos, 71 escaños, numerosas alcaldías y representación generalizada en comunidades autónomas y municipios. Más allá de la validación o no de hipótesis populistas podría decirse que, en principio, Podemos ha demostrado ser una fuerza capaz de “hacer cosas con palabras”, tal y como proclamaba el conocido libro del filósofo británico J. L. Austin. Una fuerza política que ha servido de catalizador de una reacción química social provocada por el saqueo desatado de las élites y la subsecuente respuesta de unas clases populares decididas a disputar el poder político.

Interrogarnos por lo que hemos hecho o por qué hacer nos remite necesariamente a un conjunto de prácticas. Y esto cobra especial relevancia si, como pensaba Foucault, allí donde hay prácticas se abre siempre un espacio de sentido. Nosotros, que estamos en este particular “negocio” por la disputa del sentido, deberemos preguntarnos qué nuevas prácticas serán las más adecuadas para continuar la lucha por la hegemonía popular en el nuevo tiempo político que se abre. En este sentido y para expresarlo claramente, lo que habrá de plantearse es si para lo que se nos viene encima bastarán las “palabras” o si hará falta “algo más”.

Después de dos años frenéticos de “hablar sin parar”, cuando nos detenemos a preguntarnos qué hacer, resulta útil recordar que la práctica significativa no está restringida al uso de la palabra (tesis nada novedosa). Existe todo un repertorio de prácticas que permiten llevar a cabo la lucha por la hegemonía por otros medios más allá de la proliferación de relatos y discursos. Por ello es posible instaurar prácticas en el nuevo ciclo que proporcionen una nueva materialidad a nuestro discurso. Prácticas que creen a nivel molecular modos de obrar, sentir y pensar capaces de llevar a cabo una construcción popular, cultural y comunitaria que hagan las veces de mimbres para la disputa del poder político desde una lógica de empoderamiento popular democrático.

Pensándolo con Bourdieu, podemos decir que se muestra necesario sembrar en el movimiento popular los habitus de la nueva cultura política que sigan mostrando la capacidad de cambio político por medio de la acción colectiva y que sirvan de cortafuegos a la ansiada restauración política que buscan los partidos de las élites. Nuestros adversarios van a intentar a toda costa transformar el cerco a Podemos en una nueva forma de control del campo político por parte de la minoría privilegiada y un restablecimiento de la política institucional como charca; un espacio estancado y maloliente hasta la náusea. La virtud no la encontraremos restringiendo nuestra excepcionalidad al blitz electoral, sino en nuestra capacidad de desplegar prácticas políticas que eviten nuestro ahogamiento aportando lo mejor de nosotros en el impulso del movimiento popular democrático para romper el cerco del establishment.

Con la mirada puesta en las nuevas prácticas, encontramos en el ejercicio de la fraternidad popular el más emancipador y potente de los valores de que dispone nuestro pueblo a la hora de hacer frente a la dificultad. Fraternidad como “concepto familiar” acuñado en las postrimerías del Antiguo Régimen que buscaba la emancipación de las relaciones patriarcales de dominación y dependencia a la que no solo estaban sometidos la mujer y los hijos, sino también la canalla: artesanos pobres, aprendices, jornaleros, obreros asalariados, yunteros, aparceros, oficiales, lacayos y un largo etcétera de sujetos subalternos sometidos a servidumbre política, social y material. A toda esa amalgama plebeya, como nos muestra Antoni Domènech, se dirigía la potencia emancipadora de la fraternidad popular en su pretensión de igualarlos en calidad de hermanos y hermanas, y conseguir así “la plena incorporación a una sociedad civil republicana de libres e iguales de quienes vivían por sus manos, del pueblo llano del viejo régimen europeo”.

Como en su día hicieran Robespierre y Marat, queremos recuperar el ideal de la fraternidad para que las clases domésticas y subalternas accedan a la kantiana “mayoría de edad” como hermanos y ciudadanos de pleno derecho; como hombres y mujeres emancipadas. Queremos, en definitiva, recuperar para nuestro pueblo el espíritu del conocido Himno a la Alegría de Schiller: “¡Alle Menschen werden Brüder!” (¡Todos los hombres serán hermanos!).

En el ciclo electoral hemos creado una nueva y eficaz gramática política pero hace falta empezar a construir “mundo”, esto es, dotar de una nueva materialidad a la lucha por los significantes. Las materias primas, los ingredientes del discurso no predeterminan la receta final (eso lo tenemos bien aprendido) pero ahora con la potencia del movimiento popular democrático estamos en condiciones de incluir nuevos ingredientes, no solo de combinar los preexistentes. Entra en escena en el ciclo de construcción popular la tarea del homo laborans para crear instrumentos que duren más allá del ciclo electoral y que sean útiles para la mayoría social y sus dolores. Herramientas que basadas en la concepción de la lucha social asimétrica sean capaces de desplegar el “¡Sí se puede!”. Una idea que adquiere una significación social; los débiles pueden enfrentar la tiranía de los poderosos por medio del ejercicio de sus derechos democráticos. Además tienen capacidad de ganar si asumen sus debilidades para convertirlas en fortalezas por medio de la fraternidad popular.

Harán falta más que palabras para seducir a la gente que falta. Ha llegado la hora de que “el verbo se haga carne”, porque como dijera el poeta, “hacer es la mejor manera de decir”. Es el momento, en definitiva, para que el cambio sea producto de una nueva voluntad popular desde abajo que tome a Podemos como instrumento para el despliegue de la acción política colectiva de la fuerza plebeya.

Pero para ello no bastará decir solidaridad, habrá que practicar la solidaridad; no bastará decir fraternidad, porque habrá que practicar la fraternidad popular. Será necesario emprender iniciativas que permitan al movimiento popular democrático transitar de estructuras creadas exclusivamente para la fase de movilización popular electoral a espacios de participación directa descentralizados, anti-burocráticos y plebeyos que en su implantación territorial a través de la acción colectiva permitan la multiplicación de militantes y la emergencia del protagonismo popular para el rescate de la democracia.