Notas apresuradas ante el cambio de época geopolítica

“¿Es necesario mencionar cómo esta polarización se proyecta en la actualidad frente a las alternativas electorales estadounidenses inmediatas? O bien la denominada “América media” abandona el campo populista de derecha porque ya no se reconoce a sí misma en la agresiva arremetida neoconservadora del régimen de Bush, con la formación de nuevas cadenas equivalenciales como resultado de ello –es decir, que nos moveríamos en ese caso hacia una nueva formación hegemónica– o los republicanos van a ser reelegidos. Lo que es pura ilusión es pensar que su derrota en el largo plazo podría ocurrir sin alguna clase de rearticulación drástica del imaginario político (la situación está demasiado polarizada para que pequeños cambios en una dirección u otra sean capaces de provocar diferencias considerables)”

Ernesto Laclau, La razón populista

La victoria de Trump en las elecciones de Estados Unidos marca un punto de inflexión geopolítico que permite empezar a hablar, seguramente, de la era populista. Si bien es cierto que el auge del populismo, tanto de derechas como de izquierdas, se avecina desde hace tiempo, es innegable la diferencia sustancial que representa su llegada a la capital del Imperio respecto de su aparición incipiente en la periferia. La filósofa belga Chantal Mouffe lleva años teorizando y pronosticando cómo la difuminación de las fronteras políticas en el progresivo consenso al centro conllevaría un “retorno de lo político” entendido como antagonismo entre proyectos políticos radicalmente distintos. En la medida en que la tercera vía, primero conceptualizada por Anthony Giddens y luego aplicada en los partidos socialdemócratas tradicionales por políticos como Tony Blair, aceptó la hegemonía neoliberal, allanó a su vez el camino a una lógica populista que reinstituyera “el pueblo” como sujeto colectivo. Qué contenido o significado adquiriera este dependería de su articulación discursiva concreta, y los ejemplos van desde Trump a Podemos. En este sentido, el rechazo moralista hacia las razones de Trump ha impedido a menudo un análisis más pormenorizado de un fenómeno complejo y genuinamente original.

Es innegable que el populismo de derechas en general y el de Trump en particular guarda similitudes y reminiscencias con el fascismo de los años 30 (el machismo, la xenofobia y el autoritarismo para mencionar solo algunas), pero su categorización teórica como tal esconde más de lo que enseña. Para empezar, si todo es fascismo nada lo es, además de que el populismo de derechas plantea soluciones nuevas a problemas nuevos en un mundo globalizado, y no parece ser una ofensiva oligárquica para acabar con todos los contrapesos de la democracia liberal y substituirla por un régimen totalitario, como sí lo fue el nazismo por ejemplo. Trump es, estrictamente hablando, un populista de derechas en el sentido de que representa, aglutina y canaliza una serie de demandas y subjetividades que habían quedado alejadas, golpeadas o invisibilizadas por el establishment de Washington. Dentro de esta retahíla podríamos encontrar el empobrecimiento de las capas populares, la crisis de expectativas de la clase media blanca (más imaginaria que nominal), la pérdida de hegemonía a nivel mundial respecto a China (y por lo tanto de una identidad nacional basada en el imperialismo y el militarismo) y la decadencia de los elementos tradicionales de identidad —tales como la masculinidad, la raza, la familia o la religión— en la posmodernidad líquida y después de la victoria moral de los nuevos movimientos sociales y pro-derechos civiles. Así, cada barbaridad que Trump ha dicho en campaña ha sido interpretada por amplios sectores de la población como un golpe a lo “políticamente correcto”, que ha pasado de representar un lenguaje emancipado a un consenso cultural de las élites tradicionales. Este dato es un síntoma de la pérdida de hegemonía cultural de las clases dirigentes en Estados Unidos y explica cómo Trump ha conseguido condensar un conjunto de elementos provenientes de los sectores subalternos en una figura que representa mejor que nadie “el sueño americano”, con todos sus claroscuros pero con un evidente componente aspiracional. En este sentido, los resultados de las elecciones en Estados Unidos no representan tanto la victoria de Trump como la derrota del establishment personificado en Hillary Clinton.

La clave política es reconocer que las mismas demandas e identidades excluidas por el establishment podrían haber sido resignificadas y rearticuladas en un sentido progresista, como así lo hizo Bernie Sanders. Esta es la razón por la que solo este candidato podría haber disputado realmente la campaña a Trump, pues su lema: “A future you can believe in” [Un futuro en el que puedes creer] es el reverso de “Make America great again” [Haz América grande otra vez], ya que ni se repliega en el rechazo moral ni en la política resistencialista, sino que asume el reto de combatir políticamente en el mismo terreno, atacando el populismo de derechas donde más le dolería, en la rearticulación de sujetos y pasiones colectivas. Lo único capaz de desplazar un deseo es otro deseo, aún más fuerte y opuesto. Por eso no debería sorprender que un porcentaje tan alto de negros, latinos y mujeres haya votado a Trump, igual que una gran parte de la clase obrera que hace décadas tenía el carné del Partido Comunista Francés hoy vote a Le Pen. Cualquier análisis riguroso debería partir de este carácter profundamente flotante y volátil que adquieren las crisis cuasi-orgánicas: si no construimos pueblo nosotros lo harán ellos. Por eso en España es impensable que gane un Trump gracias a la vacuna democrática que supuso el 15-M y en la medida en que Podemos siga siendo una fuerza popular, patriótica y transversal. Las “políticas concretas” seguirán siendo condición necesaria para ganar, pero ya no suficiente y menos aún si son contrapuestas a las “grandes palabras” características del populismo. En la medida en que las elites tradicionales sigan atrincherándose en la tecnocracia y la pospolítica, la hegemonía seguirá de parte del poder neoliberal, pero el espacio contra-hegemónico se lo disputarán las fuerzas populistas de derecha e izquierda.