Ilustración: Carla Berrocal

La enredadera

Jorge Moruno

Las mujeres siempre han sido parte activa en todo cambio social. Fueron ellas las que el 5 de octubre de 1789 desencadenaron una revuelta del hambre que se acabó convirtiendo en una marcha de mujeres a Versalles en busca de pan, marcha que fue apoyada por los batallones de la Guardia nacional con el objetivo de llevar al Rey de vuelta a París. Las mujeres salvaron la Revolución francesa. El 23 de febrero de 1917, tras la celebración de los actos reivindicativos en el marco del Día Internacional de las Mujeres, éstas salieron de las fábricas y recorrieron los barrios y calles de Petrogrado llamando a la gente a reunirse al grito de “¡dadnos pan!”, generando así un desborde multitudinario de 90.000 personas que señalaban como culpable al gobierno. Las mujeres prendieron la mecha de la Revolución Rusa, el evento que marcaría al siglo XX.

Las mujeres siempre han trabajado, dentro, pero también fuera del hogar; muchas veces se olvida a las lavanderas y cocineras del siglo XIX, se olvida a las que llenaron las fábricas en tiempos de guerra, o a todas las que hoy limpian habitaciones y escaleras. Las mujeres han sido el sostén fundamental de grandes epopeyas del movimiento obrero, ahí estaban las mujeres de los 300.000 mineros ingleses en la huelga de 1893, que como recuerda Rosa Luxemburg, destacaban por su firmeza y proclamaban a los gritos que antes de permitirles a sus maridos e hijos regresar al trabajo y aceptar la miseria que les ofrecían, matarían a sus chicos.

Las mujeres siempre han estado presentes, pero hoy son las protagonistas. No solo porque aparezcan cada vez más mujeres en la esfera pública, sino porque comienza a hacerse visible una nueva forma de vivir la experiencia que da un giro de 180º. La política, como recuerda el filósofo Jacques Rancière, se define por el reparto de lo sensible, esto es, por el modo en el que se reparte entre las distintas partes de la sociedad, la presencia en el mundo común. La parte invisible, en su aparición, distorsiona al orden sensible establecido, dado que desobedece a esa parte que decide quién forma parte –y quién no- del mundo común. Lo invisible no se hace visible porque sea tolerado, sino porque irrumpe; se hace sentir cuando se puede ver y se puede ver cuando se hace sentir. El orden de las mujeres se fundamenta sobre parámetros y finalidades que, llevados al límite, no solo ponen en cuestión las disfuncionalidades de nuestra sociedad, sino que impugnan el orden pasional de la modernidad, esto es, el motor que hace posible que las relaciones sociales se muevan. Podríamos comparar el despliegue del feminismo parecido al de una enredadera que se expande y cubre toda la sociedad, socavando poco a poco las condiciones de su subordinación.

Sin embargo, el patriarcado, como el capitalismo, no es una cosa, ni un monstruo que por nombrarlo se hace más débil, es una relación social que nos constituye, que nos conforma y define como sujetos. El poder, como destaca Judith Butler apoyándose en Foucault, no es un agente externo que se nos impone y nos obliga a realizar aquello que no hubiéramos hecho de no vernos empujados por ese poder que nos presiona. Resulta que el poder es parte constitutiva de nuestra propia formación como sujetos. El poder no solo sería aquello a lo que nos oponemos sino también aquello de lo que dependemos, porque yo soy en relación al otro. La subordinación es lo que nos construye como sujetos, pues nadie se convierte en sujeto sin antes padecer la sujeción, pero precisamente porque esto es así, que porque somos sujetos estamos sujetos al poder, también existe la posibilidad de desarrollar otro poder que desborda a su condición de sujeto. Emanciparse quiere decir emanciparse de lo que uno es dentro de una relación de dominio. El derecho a hablar, a irrumpir, a tomar partido y a ser parte, es el derecho a dejar de ser pasto de la condescendencia, de la caridad y de la condición de víctima que debe ser atendida, es decir, es el derecho que se escinde de lo que somos para poder aspirar a ser otra cosa.

La democracia no es un régimen dado sino una tensión permanente; es un desgarro que perturba la armonía del dominio. En la novela de Miguel Delibes Los Santos inocentes, la tensión democrática se observa en la diferencia que distancia a Paco, el bajo, y a su hijo Quirce, en su relación con el señorito Iván. El primero es servil, eternamente agradecido y se desvive por el señorito, el segundo destila desafección, no rinde pleitesía y ni siquiera acepta sus propinas. Impugna su condición de subordinado; esto es lo que vuelve loco al señorito Iván. La tensión democrática también puede verse en la película franco turca Mustang, donde las adolescentes, si quieren ser libres, necesitan desgarrarse con lo más querido. Por eso la libertad duele e implica desplazarse de lo que te define.

Así pues, en su vocación universal que atraviesa la producción de poder, la mirada feminista está consiguiendo, no sin reticencias, exabruptos y reacciones, algo que hacía mucho tiempo que no se veía; con su intervención capilar en toda la sociedad está logrando que se cuestionen, no solo las expresiones, sino las causas y razones de todo un orden antropológico. Está desplegando la capacidad de abstracción humana más allá de la reacción espontánea, modificando las imágenes que tenemos de las ideas. La visión feminista rehace la cadena afectiva, esto es, reordena la manera en la que unas cosas afectan a otras y cómo sus efectos producen nuevas relaciones e imágenes asociadas. De ahí que no sea posible plantear la redistribución en ausencia de reconocimiento, porque por sí sola no genera identificación, tal y como indica un reciente estudio de la British Journal of Sociology.

La centralidad que ocupa la brecha salarial, el subempleo, el acoso, los cuidados o la incompatibilidad entre vidas laborales y personales, es la expresión de un cuestionamiento más amplio. Uno que pone en duda el sustrato de la sociedad de trabajadores, es decir, el feminismo enmienda a la sociedad cuya riqueza se mide por el tiempo invertido en producir algo. El tiempo de las mujeres y el tiempo del beneficio entran en contradicción, porque la enmienda feminista hace desaparecer la separación entre las esferas económica, cultural, privada, política y pública, para tomar la vida al completo, sin separadores. Este cuestionamiento se observa cuando no comprendemos que una mujer reciba una pensión “no contributiva” y sabemos que su contribución es un pilar fundamental para reproducir a la sociedad, o cuando el trabajo de los cuidados hace evidente, que ni el trabajo remunerado es sinónimo de aportar un valor social, ni el valor social es siempre medido por el dinero. Se inaugura una forma de ser en común, una que valora la creación de riqueza no en función del tener, sino en función de existir, haciendo del derecho a la existencia la primera ley social. Asistimos a una época con la impresión de estar viviendo un residuo de tiempos pasados que se resiste a desparecer; una forma pretérita que pesa todavía como una losa en el cerebro de los vivos.

La batalla del feminismo es la batalla por trastornar el sentido de nuestro deseo y por lo tanto, trastocar las preferencias de lo que perseguimos como un bien. Es este cambio en el modo bajo el cual pensamos aquello en lo que pensamos e imaginamos, lo que permite asociar al feminismo, junto con el ecologismo, con la crítica a la economía política abriendo la puerta a otra forma de interdependencia, a otra manera de sentir, vivir y ubicar el valor del tiempo. ¿Sobre qué base se puede levantar un orden feminista? Sin duda sobre la premisa de una sociedad del bienestar, pero que, a diferencia de la praxis contemplativa de los griegos, no desprecia las tareas que como animales sociales nos vemos obligados a realizar, sino que las reparte y las inviste de un sentido distinto. Tampoco puede concebirse desde la lectura moderna, pues es la propia modernidad la que se está invalidando así misma, elevando al trabajo remunerado como principal pieza social, al mismo tiempo que impide que la sociedad pueda desarrollarse bajo es ese fundamento. El feminismo apunta a una forma de convivencia donde la premisa de partida, la razón que condiciona al resto de razonamientos, viene orientada por una medida de la riqueza no basada en el tiempo, sino en su uso con finalidad de satisfacción común. El orden feminista del bienestar reconcilia al ser humano como atributo de la naturaleza y disocia al ser social del ser laboral.

Finalmente, comprendemos el peso de las últimas palabras de Rosa Luxemburg poco antes de ser asesinada, cuando exclamaba eso de “vuestro orden está edificado sobre la arena”. El problema, sin embargo, es que su caída no garantiza necesariamente algo mejor, y de no construir un orden distinto acabaremos agarrándonos con uñas y dientes a nuestra condición de subordinados dentro del (des)orden del amo. Las mujeres han rechazado esta hipótesis, no les vale lamentarse por el pasado ni se asustan ante la desorientación presente; por eso son ellas y no la melancolía de la izquierda, quienes le han perdido el miedo a los lobos y se meten de lleno en el bosque. Su emancipación, de poder ser, será la de todas.

Jorge Moruno es sociólogo y miembro del Consejo Ciudadano estatal de Podemos. Acaba de publicar en Akal "No tengo tiempo. Geografías de la precariedad"

Post navigation

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario.
Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies