De un vistazo
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La ausencia de tradición republicana en España
Por José Luis Villacañas

¿Cuándo empezó todo? ¿Cuándo se inició esta historia trágica de nuestra vida política como pueblo, que nos fue separando poco a poco de la modernidad europea? ¿Cuándo comenzó aquella línea de divergencia que nos fue distanciando de los pueblos avanzados de Europa y convirtiendo en un pueblo impolítico, incivil, triste y atrasado, sin lazos comunitarios fuertes, que nos llevó a esa sucesión de guerras civiles que atraviesa nuestra modernidad y que desemboca en esa sangrienta contienda de 1936, que asombró al mundo por su ferocidad, crueldad e inhumanidad? ¿Dónde hacer pie para encontrar un instante histórico que nos permita decir, hoy, a nosotros, aquí y ahora, “allí tenemos nuestros antepasados, esa es nuestra tradición, esos hombres son los nuestros, con ellos queremos enlazar nuestro combate histórico”?

Algo así se preguntaba Azaña cuando ya parecía claro que la Restauración de 1875 se podía dar por concluida, ante la incapacidad de las viejas y corruptas élites de transformar el anticuado sistema político de fraude y cacicato en una democracia moderna de masas. Pues bien, el que fuera líder republicano encontró ese momento inicial de nuestra divergencia con Europa en las Comunidades de Castilla de 1520. Una aproximación que resulta meritoria y atractiva, pero que, al mismo tiempo, merece ser revisada. Para ello debemos estar en condiciones de entender varias cosas en las que Azaña no puso énfasis. Primera, que el verdadero proceso de divergencia respecto de Europa consistió en la conversión de la monarquía hispánica en una potencia imperial. No nos marginamos de los procesos políticos modernos, sino que más bien dichos procesos fueron los mecanismos de resistencia que se dirigieron contra la presión imperial de la política hispánica. Las élites españolas triunfantes en la llamada Guerra de las Comunidades no podían participar de la modernidad porque esta ofrecía el conjunto de hallazgos e innovaciones de aquéllos que resistían la dominación hispánica. Por tanto, no nos separamos de Europa para caer en el propio abandono, lo que sucedió es que España tenía que declarar hostilidad a toda forma política moderna porque en ella se hacían fuertes sus enemigos. Si tuviéramos que identificar el enemigo moderno que se puso en marcha contra la dominación española, tanto en los Países Bajos como en Suiza, en las tierras alemanas como en algunas italianas, tendríamos que reconocerlo en una expresión: el republicanismo urbano. Al fracasar en España y perder la Guerra de las Comunidades, nuestro republicanismo recibió un golpe mortal.

El republicanismo urbano fue la forma en que se produjo la resistencia de diversos estamentos no solo a los poderes imperiales, sino también a los poderes patrimoniales regios. Y si con estos últimos fue posible llegar a diversos acuerdos, la mentalidad imperial hispana, en cambio, no posibilitó las alianzas. Por lo tanto, cuando miramos los procesos históricos desde este punto de vista, nos damos cuenta de que España tuvo que ser remisa al proceso de la modernidad porque, para poder embarcarse en el proceso imperial, las fuerzas del patrimonialismo de los Austrias tuvieron que derrotar previamente a las fuerzas republicanas urbanas, que eran las portadoras del futuro. Desde este punto de vista, tendríamos que considerar los levantamientos de las ciudades de Castilla, del reino de Valencia, de las Islas Baleares, de Palermo y de Nápoles como efecto de la hostilidad de las ciudades a poner sus recursos económicos en la empresa de la unificación imperial de Europa bajo la hegemonía de los Austrias. En este sentido, con las Comunidades tuvo lugar el enfrentamiento de dos principios políticos que ya habían jugado su batalla en la vieja Roma, que lo habían vuelto a hacer con el Imperio Germánico de Federico I y que con Carlos V se volvía a presentar con la regularidad de una ley histórica: el principio imperial y el principio republicano de las ciudades.

A la pregunta de por qué no hay en las tierras hispánicas un republicanismo intenso, operativo, productivo; de por qué no hay una tradición republicana continua y permanente –la única que hace a los pueblos civiles y políticos–, la respuesta es bastante sencilla: porque ese republicanismo fue derrotado al principio mismo de la modernidad. Las ciudades perdieron todo poder político en España y, a cambio de ello, recibieron el papel económico de convertirse en prestamistas del príncipe patrimonial, con lo que acabaron convertidas en núcleos oligárquicos de rentistas que se apropiaban de los recursos fiscales de los campesinos bajo la forma de pagos de intereses por sus juros perpetuos, los préstamos al rey. En esas condiciones, la economía fundamental de las ciudades fue del todo contraria al principio productivo de la economía capitalista moderna. Los rentistas, asesorados por la cultura clerical de los teólogos salmantinos que defendían el derecho natural de los juros, dominaron las ciudades españolas, pactando con un rey siempre necesitado de nuevos préstamos. Fue así como, a diferencia de otras ciudades que perdieron derechos políticos, como las inglesas, las españolas abandonaron la iniciativa económica de la artesanía y de la industria, a favor de una explotación continua del campo, lo que condujo a la miseria general.

Así pues, a la pregunta por la ausencia de un republicanismo en España, respondemos que las ciudades fueron derrotadas frente a la potencia imperial de la casa de Austria. Pero, ¿por qué las ricas ciudades castellanas, con su reina legítima bajo su poder en Tordesillas, con su hijo el rey Carlos en el extranjero, cuyos representantes en el gobierno expoliaban de forma descarada a los hispanos, hasta tal punto que un observador llegó a decir que los españoles eran los indios de los borgoñones; por qué –digo– esas fuerzas superiores perdieron la batalla contra la monarquía? Por los documentos que nos dejaron sabemos que los líderes de aquel movimiento urbano eran suficientemente lúcidos como para reclamar una constitución para el reino. Eran conscientes de todos los problemas a los que se enfrentaban. Su diagnóstico era acertado y clarividente. Sabían ver lo perverso de una representación en Cortes limitada, lo injusto de la Inquisición, lo irracional de exportar lana e importar tejidos ya elaborados, lo inadecuado de una feudalización de América, lo excesivo de las propiedades de la Iglesia. Y sin embargo, perdieron la batalla. Sin duda, enfrente tenían un puñado de nobles tradicionales que tras muchas dudas se aliaron con Carlos, pero no toda la nobleza estaba en contra de las ciudades. Para un observador imparcial resulta evidente que las ciudades llevaban ventaja. Testigos de la época daban por perdido el reino y consideraban que la Junta de Tordesillas podría convertirse en la verdadera gobernación e imponer sus condiciones al rey.

¿Por qué perdieron entonces? La respuesta no ofrece dudas. A las ciudades les faltó espíritu federal. Nadie pensó en vincular la causa de Castilla con la de Valencia. La vieja solidaridad de la corona de Aragón no funcionó. El reino de Galicia, agotado por la Revuelta Irmandiña, no asumió la reivindicación de Zamora, que resistió hasta el final y no presentó un frente unido. En realidad, con demasiada frecuencia las ciudades estaban imbuidas de una mentalidad señorial, muy parecida a la propia de sus rivales, los grandes nobles territoriales. Estaban pendientes de los privilegios de cada ciudad, y no tenían un sentido del reino y mucho menos de unidad política con los otros reinos. La tradición parlamentaria castellana era escasa, la capacidad de forjar acuerdos resultaba lastrada por rivalidades procedentes de una mirada cortoplacista acerca de sus propios intereses, y muchas ciudades estaban ya infiltradas por grandes nobles instalados en sus propios solares. Todas estas dificultades podrían haberse salvado si se hubiera encontrado algún tipo de elemento capaz de superar el sentido exclusivo de la res publica como una realidad limitada a cada ciudad. El corporativismo tardo-medieval permitía desde luego que una res publica se integrara en otra de índole superior. Así, las ciudades flamencas o suizas, aunque cada una de ellas se veía como una república por sí sola, fueron capaces de integrarse en otro orden común superior que se organizaba en parlamentos unitarios y en comisiones de gobierno compartidas. Tal cosa no ocurrió en Castilla ni en España. La mayor tradición parlamentaria del reino de Valencia determinó que, con mucha menos fuerza real, las milicias valencianas dirigidas por la capital plantaran cara con más energía al conjunto de tropas nobiliarias e imperiales. Pero nadie mostró un espíritu federal.

La pregunta que debemos hacernos es por qué no existía en España un principio capaz de forjar un acuerdo federal de ciudades que dieran un nuevo sentido al cuerpo político unitario. Esta pregunta no puede contestarse en abstracto. Cuando nos preguntamos qué dotó a las ciudades suizas, a las holandesas o a las alemanas de esa capacidad de federarse y de combatir unidas contra el principio imperial hispano, sólo podemos identificar un elemento: la Reforma. No se ha subrayado lo suficiente el hecho de que la revolución teológica que abrió Lutero y que culminaron Calvino y Bucero, dotó a la época de una nueva noción de espíritu que forjó una nueva vivencia de la comunidad, una experiencia que no estaba condicionada espacialmente sino que podía atarse por lazos invisibles y distantes. Fue esta revolución mental la que permitió forjar un principio federal en las tierras reformadas. Las Comunidades y las Germanías no dispusieron de nada parecido. La forma católica de religión no tiene una base comunitaria sólida. Requiere del predicador y de la persona sagrada para constituirse, y estas figuras, instaladas en los Consejos y en la Inquisición, no tenían interés alguno en que se abriera paso esa transformación mental.

Una revolución mental es algo que no se improvisa en la historia. Prende a veces en procesos acelerados, pero para levantar los fuegos que brillan en la historia antes tienen que arder en el subsuelo, casi sin hacer ruido. Si alguien observara el lento movimiento en el que se forjó la Reforma, tendría que remontarse aguas arriba hasta el Concilio de Basilea, de 1431. El fracaso de este Concilio permitió constatar la imposibilidad de Roma de reformar la Iglesia tanto como la necesidad urgente de esa misma reforma. Cuando nos preguntamos si Castilla y España no estaban ya separadas de Europa en esa época, tenemos que contestar que no. Los hombres de Castilla tuvieron una gran importancia en ese Concilio. Algunos de ellos lo teorizaron y defendieron en diálogo con los grandes humanistas de la época. Aunque sin la altura de un Nicolás de Cusa, los hijos de Castilla estaban en condiciones de dialogar con él. Entre otras cosas le sirvieron con una traducción del Corán, lo que le permitió a Cusa avanzar en su ideal cosmopolita de paz con el Islam.

Cuando miramos los productos de la inteligencia española de esa época, nos damos cuenta de que teníamos todos los elementos para conformar esa revolución mental que fue la base de la Reforma y que dotó al cristianismo de una experiencia comunitaria capaz de fecundar un espíritu federal. Esa revolución mental implicaba una teoría de la ciudad, una asunción del republicanismo ciceroniano, una defensa de la amistad civil, de la retórica elaborada y contenida, de la responsabilidad de los magistrados, de la organicidad de la ciudad y del reino, de la dignidad de los oficios, incluidos los campesinos, del valor del trabajo. Los héroes intelectuales de la época vincularon, como luego sucedió en Alemania y en los Países Bajos, las burguesías urbanas y los nobles. La amistad entre Alfonso de Cartagena y el Marqués de Santillana resulta emblemática y ofreció los líderes de este movimiento cultural. Pero sobre todo, estos héroes intelectuales estaban en condiciones de transformar la cultura popular de la época, cambiar el sentido del cristianismo. De ser una religión política, externa, ritualizada, ellos ofrecieron una experiencia íntima nueva del singular, que se acreditaba en su capacidad de sentir y vivir la vida comunitaria de forma responsable.

Los portadores de esta cultura nueva eran en su inmensa mayoría los conversos, los hijos de Sefarad, que se habían convertido forzados a un cristianismo que ellos intentaban mantener apegado al sentido intacto del Antiguo Testamento. Esta revolución cultural fue aplastada por la Inquisición dominada por las elites más arcaicas de las órdenes religiosas. Con ella se eliminó el principio cultural que podía no sólo fortalecer el principio republicano, sino ofrecer un principio federal capaz de vincular en un espíritu a las elites de las ciudades. Al eliminar mediante la Inquisición a decenas de miles de estos miembros de las elites urbanas, el movimiento de las ciudades se debilitó a lo largo de este casi medio siglo. Cuando el movimiento urbano llegó a la lucha contra el principio imperial ya estaba muy debilitado desde el punto de vista cultural, económico y político. Desorganizado y sin dirección clara, sucumbió fácilmente.

El resto es conocido. Los conversos fueron desalojados no solo de las ciudades y de los lugares de gobierno. Ante todo fueron expulsados de las Universidades y de los cabildos mediante los estatutos de limpieza de sangre. No hay un gran converso que no fuera sometido a la presión de la Inquisición. Con ellos desapareció el principio básico que podía haber integrado la vida del campo y de la ciudad, que podía haber preparado un sentido de comunidad capaz de ofrecer la base de una nueva comunidad política, los portadores de una nueva forma de educación y de una nueva solidaridad. Al controlar las Universidades las mismas órdenes que controlaban la Inquisición, impidieron preventivamente que la Reforma prendiera, y tanto los saberes temporales como los humanistas y cristianos se vieron sepultados ante un saber ritualizado y mecanizado, carente de vida, complejo y contradictorio, que siempre dejaba la última palabra al consejo del teólogo. De este modo, el espíritu se fue enquistando, con lo que la mentalidad de rentista alcanzó en la repetición perenne de los dogmas su expresión afín.

Desde aquel tiempo, venimos sufriendo un déficit de republicanismo y de sentido de lo común. En todos los momentos centrales de nuestra historia (en las crisis de Felipe II, Felipe IV, Felipe V, en la Guerra de la Independencia, con Fernando VII al inicio del Trienio, en 1848, en la Revolución Gloriosa, en la Semana Trágica, en la Segunda República), el principio urbano siempre ha vuelto a presentarse puntual, activo y emancipador, defensor de los intereses populares, porque expresa las realidades urbanas que constituyen el sustrato básico de nuestra vida política y reclama el cumplimiento de los elementos de una modernidad política frustrada a lo largo de siglos. Pero siempre ha fracasado, porque le ha faltado la profundidad y el asentamiento de ese principio republicano y, lo que todavía es más importante, el principio federal capaz de lograr en libertad la unificación de un cuerpo político. Y por eso, las fuerzas reactivas en nuestra historia siempre han aspirado a eliminar de raíz ese concepto republicano y cualquier sentido del principio federal. Y la mejor manera de lograr ese olvido siempre fue la destrucción de la libertad y de la calidad universitaria, la obstaculización de toda cultura capaz de lograr entre nosotros un espíritu cívico moderno. Y eso es lo que nos permite decir, aquí y ahora, que somos los herederos de una batalla que atraviesa nuestra historia y que desde el principio obstaculizó nuestra modernidad, la batalla de la cultura crítica, republicana y pactista de los intelectuales de los siglos XV y XVI, lo que nos permite decir que aquellos héroes conversos de entonces son nuestros antepasados, nuestros ejemplos intelectuales y políticos, nuestros ancestros y lo que fortalece y nutre nuestra memoria y el sentido de nuestra historia moderna.