Jana Leo: “Me han pasado cosas, pero no dejo de meterme donde me sale de los cojones”

#lacircular

Entró en mi casa. Cuando le vi cruzar el umbral que separaba el descansillo de la escalera, entrar en el apartamento, y luego cerrar la puerta tras de sí, me di cuenta de que mi vida cotidiana se había terminado. Aquel no era un día como cualquier otro. Era el final, el último día de mi vida, o por lo menos el último día de mi vida tal como había sido hasta entonces.

 

La artista Jana Leo (Madrid, 1965) nos recibe en un apartamento del centro de Madrid para hablar de su último trabajo, No violarás, una performance que pone al público en la incómoda –ineludible– tesitura de presenciar tres escenas de violencia sexual en una asfixiante nave industrial. A unos metros de distancia. Y nos interpela sobre el consentimiento, sobre la disputa entre la honra o la vida, sobre el deseo y la libertad y esos cuerpos convertidos en comida para perros, jaurías humanas.

Su trabajo en torno a la violencia sexual empezó en 2001, después de ser secuestrada y violada en su piso de Harlem. De la disección minuciosa de aquella experiencia nació una investigación que la llevó a “establecer la relación entre la geografía del delito y la violencia sexual: la discriminación racial, la exclusión económica y la violación; entre la especulación inmobiliaria y la violación”. Y a lograr la condena de su violador y de su casero. Y a escribir Violación Nueva York, un libro que 17 años después sigue condensando las líneas maestras de su pensamiento.

Cuéntanos un poco tu performance No violarás, que presentaste en La Neomudéjar de Madrid la semana pasada
Parte de tres guiones que están seleccionados de un grupo de relatos o historias que me han ido contando (El portal, La novicia y La jauría). Están basadas en hechos reales, pero son partes de partes. Me interesaba eso: no tienen que ser necesariamente una historia personal, sino una especie de guion ficcionado. Uno es un asalto violento en un portal, el típico asalto de que vas a entrar y alguien te empuja. Luego una relación de abuso sexual y por último una violación en grupo. Los tres son relatos muy precisos: “Iba al colegio, me llevaba la monja novicia a su cuarto” o “iba a bajar la basura, entonces un tipo entra por detrás, me pone un cuchillo en la garganta, me pone de rodillas y me obliga a que se la chupe”. Cada historia cuenta cosas muy precisas, pero a la vez he trabajado en una especie de guion abstracto: es decir, imagínate que esto pasa pero ya no hay portal, ya no vas a bajar la basura, pero alguien llega por detrás, hay violencia, te rompe la ropa y te obliga a cualquier acto sexual.

¿Las historias te llegaron como ‘confesiones’ de gente después de leer tu libro, Violación Nueva York?
Llevo 17 años trabajando con el tema de la violación y el abuso sexual, así que me van llegando cosas y más cosas. Un grupo de gente sabía que yo estaba trabajando sobre estos temas y me decían: “Ah, pues tienes que hablar con tal”, y poco a poco he ido haciéndome un archivo de historias. Pero sí he decidido hacer la performance ahora por la acogida que está teniendo el libro en España. Era como… algo está pasando aquí. Hace diez años mandé el libro a Anagrama, les encantaba, no sabían si publicarlo o no, pero al final dijeron: “No sé, bueno, no es el momento”.

Violaciones en grupo ha habido siempre, pero que ella se decida a denunciar, y que se haga público, que esté en los medios, que exista… Algo está pasando

El libro tiene ahora diez años (2009), y se publicó aquí el año pasado. Desde entonces, el imaginario, el modo en que hablamos de estos temas, ha cambiado mucho. Se han codificado muchas más cosas, pero porque se habla de ello. Por ejemplo, el caso de La Manada: violaciones en grupo ha habido siempre, pero que ella se decida a denunciar, y que se haga público, que esté en los medios, que exista… ¿Cuántas violaciones ha tenido que haber en los San Fermines, y en todas las fiestas de todos los pueblos…? Historias como estas no paras de oírlas. Entonces, ¿qué es lo que pasa para que de repente la gente oiga? Algo está pasando.

¿Y qué crees que es, eso que está pasando?
Yo creo que es la generación de la gente joven, que está diciendo: “Basta ya”. Ha habido un cambio radical respecto a mi generación y las anteriores, que decíamos: “Bueno, sí, pero de esto no se puede hablar” o “sabemos que te van a violar un día u otro…”. Estaba la cultura del “ten cuidado”, pero ya está. De mi generación no ha hablado casi nadie del tema… Bueno, sí, ha hablado gente como Carmen Maura. En las películas de Almodóvar hay violaciones por todas partes, y Carmen Maura hace explícita su violación, es de las pocas personas conocidas que lo hace. Luego lo piensas y en todas las películas de Almodóvar hay una violación: o es su marido, o es el policía… Esa era la manera de hablar: a través de otra cosa. Y ahora no, ahora es: “Ya está bien”.

En la presentación del libro –en otoño– comentabas que antes de escribirlo sólo conocías otro que narrase una violación real de forma explícita: Teoría King Kong, de Virginie Despentes. ¿Qué opinas de la aparición de movimientos como #MeToo y #Cuéntalo, ese ‘contarse en común’ de las mujeres, sean famosas o anónimas?
Claro, sin esa fuerza de grupo no puede cambiar nada. Y sobre todo hay una influencia sobre los medios, porque no es una persona diciendo una cosa, sino un grupo muy importante de personas con distintos estudios, de distintos grupos, con todo distinto, que solo tienen una cosa en común: “Estamos hasta las pelotas y queremos hablar”. En España no sé exactamente cómo ha aparecido, porque no vivo aquí tiempo suficiente como para verlo, pero me he dado cuenta de que existe y de que viene en gran medida del periodismo. Cuando presenté el libro en Barcelona, las periodistas que vinieron tenían 25 años. Incluso las becarias les están diciendo a sus jefes: “Oye, quiero sacar esto”. Es como… que viene desde abajo. Es diferente.

En ese ir contando vivencias propias, muchas mujeres han tomado conciencia de que esto “no te pasa por ser tú, sino que es estructural”. ¿Tenías esa intención cuando escribiste el libro, la de que tu testimonio pudiera ser útil para otras?
En principio yo lo escribí para guardar memoria, por principio de supervivencia: intentar dejar un rastro para poder encontrar al violador. Pero después, cuando me digo que es un libro y pienso en publicarlo, me doy cuenta de que en Estados Unidos sí había libros de gente que contaba sus historias: está la de Lucky (Alice Sebold, 1999), por ejemplo, que ya el título (significa ‘afortunada’ en inglés)… Ella se salva, porque han violado y han matado a varias chicas en Siracusa, en un campus que era peligrosísimo, yo estuve dando clase allí. Y ella lo cuenta. Hay otros que son diarios de gente que los ha escrito mucho después de lo que le pasó, algunas ni siquiera han denunciado; son diarios reflexivos, muy interesantes. En Estados Unidos sí que había esto, pero tampoco había un intento de análisis social: “Lo cuento como mi diario y ya está”. Pero yo me digo: “Hay que tirar del hilo”. Porque el culpable es el que me ha violado, pero hay toda una estructura social que le está apoyando, una opinión pública que le está apoyando… ¿Cómo hacer que eso se vea?

Lo que me interesaba es el tema de la explotación, que es una forma de relacionar la violencia sexual con la económica, y volver a relacionar la pobreza con la libertad

En ese sentido, prestas mucha atención a las estructuras de clase
Mi tema de por vida, desde que empecé a escribir con 13 años, es la libertad: ya sea libertad sexual, libertad económica (“no puedo hacer esto porque si no me echan”, eso también son formas de control), lo que sea. El hecho de que alguien ejerza poder sobre ti por las fuerzas que tenga era como… aquello con lo que no podía. En Nueva York lo que me interesaba es el tema de la explotación, que es una forma de relacionar la violencia sexual con la económica, porque en el fondo se trata de que si eres pobre, estás jodido. Y volver a relacionar la pobreza con la libertad, que es una cosa que parece que está en desuso, que ya no se hace. Se nos ha olvidado el comunismo, las clases tampoco existen… Por eso, aparte de hacer una reivindicación de género, quería hacer una reivindicación de clase. Mi caso era muy extremo: yo, blanca pobre pero privilegiada, de Princeton. ¿Cómo llevas eso con el no privilegiado de otra raza? Ahí hay un abismo.

Y sin embargo, una de las cosas que estamos viendo ahora es que la violencia sexual es transversal a la clase, que se da en todos los entornos
Pasar pasa en cualquier clase, pero en el análisis que yo hice en su momento había más violaciones en las clases más pobres que en las clases más ricas, porque tu cuerpo no vale nada, el de tu colega tampoco, estás tomando el cuerpo del otro continuamente, transgrediendo ese cuerpo continuamente. En el entorno trabajo no lo sé, yo lo estudié en el entorno doméstico. Ahora bien, también está el componente poder, el “lo hago porque puedo”. Y el componente machismo, claro: que sea tu jefe, o el profesor o lo que sea. En el código penal español está muy clara la diferencia entre violación y abuso sexual en función de la violencia y la intimidación. Pero claro, luego coges e interpretas cada cosa como te da la gana y ya está: “Vaya morro que tienes, hijo de puta”. Ese es otro problema que tenemos: los jueces de derechas. Esto también pasa en Estados Unidos. En Nueva York, por ejemplo: hay jurisprudencia, cada sentencia que sale sirve de ejemplo para la siguiente, así que si los jueces son carcas, nunca hay ejemplos de otra cosa.

Cuando hablamos de casos como La Manada, una de las cosas que están en disputa es el concepto de violencia. En el libro siempre entrecomillas la expresión “violación sin violencia”. ¿Cómo la definirías?
Esto es fundamental. Cualquier tipo de amenaza es ya una violencia: puede ser porque sea tu jefe, puede ser porque tenga una pistola, puede ser porque sea tu padre… Cualquier tipo de coerción o amenaza es violencia. En Estados Unidos empezó a hablarse en los 80 de las “citas con violación”, y se han incluido en el código penal. Lo llaman “date rape”: tú quedas con alguien para tomarte una copa, va a tu casa y te viola. Utiliza el contexto, porque a ver quién va a decir que ahí hubo violencia [si lo invitaste a casa]. Una mujer lo denunció en 1984 y la revista Life lo sacó en portada. Ella explicó todo en detalle. Aún así no lo consideraron violación, pero años más tarde se metió en el código penal.

Otro término en juego, el consentimiento
Sí. Lo que pasa es que si en el caso de La Manada “no hay intimidación”, no sé dónde hay intimidación.

Sobre eso, hay una fragmento del libro que lo resume bien: “Si tenía que elegir entre ‘la honra’ y la vida, lo tenía claro. Elegí asumir una pérdida para minimizar la pérdida. La muerte no tiene retorno”
Lo que pasa es que lo que está castigando la opinión pública es justo esto; lo que están diciendo es: “A esta chica, que la maten”. Muchos españoles estarían felices de que la matasen: “Una zorra que anda por ahí, que cree que la noche es suya…”. Lo que se está castigando es esto. Ahí hay una moralidad que dice: “No tomes la calle”. Pues vale, me van a violar, pero voy a seguir tomando la calle. Y me van a violar otra vez, pero la voy a seguir tomando. ¿Qué es eso de que las mujeres tenemos que estar en casa?

El libro incluye reflexiones sobre la casa, precisamente: esa falacia de que la casa es el ‘territorio seguro’
Claro. Las violaciones ocurren o en el territorio doméstico, o en un territorio de ‘aventura’ donde has cruzado tu zona de confort, que puede ser un parque a las seis de la mañana, o una fiesta a las dos de la mañana, o un túnel… Estamos, a grandes rasgos, en situaciones que pueden ser “peligrosas” y en otras que son cotidianas. Unas castigan que estés ahí, y las otras se aprovechan de que estés ahí.

Esto también hila con otro libro actual, Microfísica sexista del poder (Nerea Barjola, 2018), que gira en torno al concepto de ‘terror sexual’: cómo ha habido casos muy mediáticos de violencia sexual que se han convertido en ejemplarizantes para marcar qué es lo que te puede pasar si cruzas los límites
Ese es para mí el mayor problema, la libertad sexual. Hay que velar en general por la libertad de acción como mujer. Antes importaba la manera en la que te comportabas, en la que vestías, y ahora no tanto, pero sigue siendo importante el sitio en el que estás. Yo creo que esto cambiará tomando la calle. Una amiga me contaba la historia de una guerrillera colombiana, la mujer decía que la habían violado 150 veces, y decía: “He matado a varios”. Pero cuando no había nada que hacer, había aguantado, y por ser mujer le ha tocado muchas veces. Pero ella decía: “Pero yo sigo peleando”. Esa resistencia también me parece que está bien, decir: “No me van a parar”.

Antes importaba la manera en la que te comportabas, en la que vestías. Ahora no tanto, pero sigue siendo importante el sitio en el que estás. Y esto cambiará tomando la calle

Para la performance, por ejemplo, hicimos dos canciones con letra de denuncia, provocadora, y gente que estaba alrededor del trabajo se han retirado, no querían poner su nombre. No sé si es paranoia o que la gente no está acostumbrada a vivir el riesgo. Yo estoy acostumbrada a vivir el riesgo: me han pasado cosas, pero no dejo de meterme donde me sale de los cojones. Pero la gente tiene miedo. Por un lado veo que la gente dice que hay que salir, hay que denunciar, hay que seguir apoyando. Pero por otro veo otra fracción social que dice: “Yo hago música, no quiero ver mi nombre asociado a nada, la represalia social puede ser muy fuerte…”. Yo ya he cruzado el límite, pero veo una capa de miedo muy fuerte. No tiene que ver necesariamente con la edad, creo que tiene que ver con si la gente vive el riesgo o no lo vive. Pero estoy viendo las dos Españas: o vamos a saco y venga, denuncio, apoyo… o nada.

La gente se ha ido rajando [de la performance] por una sola palabra: miedo. Estoy hablando de gente que no son comunidades, estoy hablando de individuos. Yo veo que mujeres solas que en un momento dado han decidido trabajar sobre esto se retiran porque su comunidad, a la que han contado que están haciendo esto, se ha acojonado. También es difícil, porque te pones a ensayar esto y te revuelve cosas que son jodidas. Es una reacción que ocurre. A veces le ocurre a la gente antes, y otras veces te pones a trabajar y dices: “No puedo, no puedo, no puedo”. Hay días que llego a casa y me despierto por la noche con pesadillas, calambres en las piernas… Esto es jodido para todo el mundo. Por eso es importante no estar solo, es fundamental el trabajo comunitario, es la clave de que esto se vaya a convertir en un movimiento consistente.

De algún modo es lo que está pasando, se está generando comunidad
Yo creo que se está generando en Madrid o en ciudades grandes. En lugares más pequeños, los entornos aprietan mucho.

Otra cuestión es la de las penas, algo que distorsiona el debate. Pedimos que la sentencia sea justa en términos de codificación adecuada de lo que ocurre, pero se lee como que buscamos justicia punitiva, y esto es un problema. En el libro señalas que la solución no son las penas altas…
Lo que se ha hecho en California, que tiene la legislación más progresista de Estados Unidos, y en Inglaterra también, es cambiar del no al sí. No es que tú tengas que probar que has dicho que ‘no’, sino que el presunto violador tiene que probar que has dicho que ‘sí’. Eso cambia radicalmente las cosas. Porque, ¿cómo vas a decir que ‘no’ si decir es un acto positivo y tú estás bloqueada? Sin embargo, el que tiene la fuerza es el que tiene que probar que tiene el consentimiento. Es tan fácil como hacer ese cambio.

Es importante no estar solo, es fundamental el trabajo comunitario, es la clave de que esto se vaya a convertir en un movimiento consistente

Esto está de forma intuitiva en las movilizaciones, cuando cambia el “No es no” por “solo sí es sí”
En Estados Unidos se empezó a cambiar a raíz del movimiento de las actrices y famosas diciendo que las han violado. Eso mueve mucha pasta, y mucha influencia, y entonces cambiaron la ley ya, de un año para otro. Y en Inglaterra han sido realmente legisladores, abogados. Yo creo que esto tiene que ocurrir, es imprescindible.

Hablando de cómo remueve este tipo de trabajo, dos cosas que mencionas en Violación Nueva York. Por un lado, el hecho de tomar la propia vida como objeto de estudio. Por otro, la cuestión del lenguaje, que es tan aséptico, en contraste con el tono de la performance
El libro tiene un lenguaje muy casual, muy normal al principio. Hay un grupo de autores ahora mismo que hemos estado trabajando temas de violación y violencia sexual y somos académicos, pero al mismo tiempo hemos decidido hablar también desde el punto de vista personal. Si yo hubiera quitado las 30 primeras páginas [en las que describe la agresión], podría haber sido un tratado sobre la violación, sin que nadie supiera nada de mí ni usar el tú a tú. Y eso tampoco me interesaba. Me interesaban los dos registros. Me han violado, pero mi cabeza funciona perfectamente, no he perdido la inteligencia. Da la sensación de que para la sociedad la mujer violada ya es solo una “pobrecita”. Por eso me apetecía que los dos lenguajes estuvieran ahí. En cuando a lo de la propia vida como objeto, he hecho autorretrato toda mi vida. Empecé con la fotografía, la primera exposición fue en el 84. Yo era superjoven y había hecho una especie de performance para la cámara como si alguien hubiera entrado en mi casa y me hubiera hecho cortes por todo el cuerpo, y estaba todo lleno de sangre. En ese momento estaba trabajando de modelo con fotógrafos para ganarme la vida, y no podía con la imagen de la mujer en la fotografía, en la publicidad. Así que le di la vuelta y empecé a hacer mis propias fotos.

Pasamos ahora al otro eje del libro, el de la violencia inmobiliaria y la gentrificación. ¿Diez años después, cómo ves la situación?
No conozco tanto la situación en España porque solo vivo aquí unos meses al año, pero creo que no es tan brutal como en Estados Unidos, porque los propietarios lo son de una casa, y no tan a menudo de un edificio entero. Tu casero va a ser un casero y el del otro, otro casero. Pero el proceso de fondo es el mismo, es un proceso de limpieza y de explotación. Sin embargo, aquí hay más control de las estructuras gubernamentales, Urbanismo tiene más poder, las cosas no se van tanto de madre. Estados Unidos es el capitalismo puro, igual que no hay seguridad social, pues tampoco hay control urbanístico. Ahora bien, sí he oído todo el tema del moving, sobre todo con los pisos de renta antigua, con la gente mayor, ahí ha habido atrocidades: dar palizas a gente, quitarles la electricidad… Pero aún así la escala es muy diferente. Por ejemplo, si se mete un okupa en tu piso puedes tardar cuatro años en echarlo; en Estados Unidos tardas horas. Aunque es cierto que en Madrid y Barcelona cada vez más se están comprando edificios enteros…

En gran medida para alquiler turístico
Hay que tener en cuenta otra cosa: que aquí todo el movimiento turístico ha engranado con Airbnb gracias a una sola cosa: la puta crisis. En España no hay trabajo, y sigue sin haber dinero, y el Gobierno no ha solucionado un problema fundamental, el de las hipotecas, que es exclusivo de España. Si en Estados Unidos no puedes pagar un piso, pues te lo quitan, pero no sigues pagando la hipoteca de por vida. Eso aquí ha hecho que la gente buscara cómo sacar rentabilidad a los pisos. En general la gente es muy crítica con Airbnb y con el turismo: yo no lo soy, tengo una postura más compleja. ¿Qué hubiera sido de España sin esto? Cuando resulta que tenemos una legislación que es realmente fascista, que a tus herederos les pone el peso de una hipoteca… ¡Esto es ilegal desde el punto de vista de la Unión Europea! Y existe. Es el único país del mundo. Entonces dices: “Se están metiendo con Airbnb, pero el problema es más gordo”. Se hacen críticas de ciertas cosas en vez de hacer una crítica conjunta.

Aquí todo el movimiento turístico ha engranado con Airbnb gracias a una sola cosa: la puta crisis

Es un tema que ahora mismo hay que investigar, porque se está yendo de madre por todos lados. Luego, la nueva legislación que está saliendo sobre pisos turísticos veremos cómo es, porque lo que me estuve leyendo era horrible, favorecía a los dueños únicos. En San Francisco, que es la ciudad más innovadora, han dicho: “¿Que hay economía colaborativa? Muy bien, pues ponemos un límite en el número de meses que alquilas tu piso, y no solo eso, no puedes tener tres residencias. Este puede ser tu piso, o puedes tener una segunda residencia, porque entendemos la movilidad como algo normal. Pero los límites son muy claros, ya no puedes tener pisos turísticos como negocio”. Lo que no puede ser es que no se tomen medidas: ¿qué estamos haciendo, una economía colaborativa o una explotación turística? ¿Y a quién está beneficiando esto? ¿En qué se va a convertir el centro de la ciudad si se deja entrar al propietario masivo? Es un momento en el que está todo moviéndose, yo creo que habría que escribir sobre esto, porque la misma legislación es terrible contra el propietario pequeño y va a favor de la multinacional.

Lo que realmente me preocupa es qué pasa con la ciudad. No aguanto el centro. Estoy harta de los turistas. Pero es que antes de los turistas, había gente que venía de Fuenlabrada, Alcorcón, de donde sea, que no tienen estructura de barrio y lo utilizan como lugar de desfogue. El centro se convierte en una especie de mall (centro comercial), y no solo por los turistas, esto ha ocurrido antes. No hay estructura, no hay comunidad, no hay centros culturales. No se puede vivir. Antes el centro era eso: un lugar donde tú te podías encontrar con la gente, y crear. Toda esa estructura ha desaparecido, y ha sido el Gobierno español el que, antes de traer a los turistas, ha destrozado el centro, le ha quitado todo. Todos los intelectuales se han ido. Han subido los precios a lo bestia, se ha convertido en una lógica de mercado. En la calle Ballesta (cerca de Gran Vía) empezaron a hacer alquileres más baratos para artistas, fue en el 84, yo tenía un estudio en la calle Desengaño, y ese fue el principio de intentar cambiar el barrio. ¿Quién estaba detrás? Todo el grupo de propietarios de la manzana, que decían: “Tenemos que echar a las putas, traemos a los artistas”, con alquileres en su momento baratos, y después nos echaron, pero de eso no se habla.

¿Y cómo revertimos esto ahora?
Necesitamos actividades comerciales que sean más baratas. Necesitamos que ciertos bares de barrio tengan ayuda del Gobierno para poner precios más baratos y que solo puedan entrar los del barrio o los que trabajan ahí. Esto es super polémico, pero es la única forma. Lo privado-público es lo que funcionaría. Yo como artista intento crear algo y necesito un espacio y no puedo, porque no puedo pagar los alquileres. Que me subvencione el Ayuntamiento un lugar de performance en el que yo pago menos impuestos o me pagan la mitad de la renta, y yo puedo ofrecer cultura. Yo creo que ahora mismo la manera es esa, una especie de alianza en la que haya lugares restrictivos, no te hablo de españoles y de turistas, ni siquiera de gente del barrio y de fuera del barrio: somos productores –yo me considero un productor, produzco cultura– y consumidores. A mí el consumidor me da por culo, me da igual que sea de Getafe o de Zaragoza. ¿Pero sabes por qué me da por culo? Porque cuando hay tantos consumidores de todo el mundo yo no puedo producir, porque los precios de todo me suben. No puedo tomarme una cerveza porque me cuesta 2’50, no puedo pagar mi alquiler… Así que tiene que haber dos economías. Igual que hay una vivienda social y una vivienda no social en el mismo barrio, pues lo mismo con todo. Que haya un supermercado donde valgan menos las cosas, un bar donde valgan menos las cosas. Vida subvencionada y vida no subvencionada, para dos tipos de individuos. Esta es de hecho la única estructura que está funcionando en Estados Unidos con la vivienda: la renta estabilizada. En el mismo edificio hay viviendas que tienen renta estabilizada y otras que no, según tus ingresos. Algunos empezaron siendo para artistas, luego lo extendieron. Por un lado hay mezcla, que es positiva. Y luego tienes asegurado que mientras sigas produciendo, las cosas no van a ser gratis, pero vas a tener una garantía de posibilidad de vida.

Estaríamos hablando entonces de tres cosas: primero, generar alternativas para la comunidad…
Sí, espacios que no sean de consumo, que sean de producción cultural real.

Segundo, ponerle un límite a la lógica de mercado…
Pero no a todo el mercado, aquel que quiera subir los precios y vender sus apartamentos y sus noches a lo que quiera, que lo haga. Ahora bien, no tienen este beneficio, ni este beneficio, ni este beneficio. Es decir, si eres de beneficio público tienes una serie de compromisos, tienes que presentar una serie de acciones, y entonces, en una economía muy cara tú puedes sobrevivir.

Y este sería el tercer punto: generar unas condiciones de posibilidad de vida para los artistas y la gente de la cultura. ¿Cómo ves este panorama en España?
Es penoso. Hace cuatro años que creamos la plataforma del Fondo para las Artes, con Tomás Ruiz, del Ojo Atómico, que lleva trabajando en esto toda la vida, buscando diferentes alternativas para que haya infraestructura para los artistas. Hemos estado en conversaciones con el Ayuntamiento, reescribiendo las bases de las ayudas porque, ¿qué hacen? Dan dinero para la producción, que está muy bien, pero lo que yo necesito es infraestructura. No te estás dando cuenta de que no es un momento para hacer una gran pieza, lo que yo necesito es comer, no me des producción. Lo único que necesitan los artistas es tener unas condiciones, un espacio. Y ni siquiera es para todo el año, es cedido para un proyecto, como la performance de No violarás. Eso es genial, a mí me quita un peso… Puedo llegar y ponerme a trabajar. La producción la puedes abaratar, puedes buscar maneras, pero ayúdame con las facturas, porque no puedo. Hay que cambiar la mentalidad del proyecto, de la producción, del catálogo… ¿Para qué quiero yo un catálogo? Yo quiero trabajar. Está todo orientado a lo visible. No hay confianza en los artistas.

¿Cuál es tu relación con el mercado? Eres artista y produces, pero dices que los consumidores “te dan por el culo”
Pues ninguna, ahora mismo ninguna, me gano la vida de intérprete. Pero en los años 90 yo vendía obra, tenía una galería y vivía única y exclusivamente de mi trabajo. Eso ocurrió en un momento en que no había museos casi en España, el mercado no estaba copado. Ahora las fuerzas del mercado están muy organizadas. Esto es otro libro que está pendiente de salir, se llama El arte resort o la Historia del no-arte haciéndose pasar por arte. No entendía qué había pasado ahí: yo vivía de mi arte, de exposiciones, de conferencias y de la venta de mi obra. Tuve diez años de vivir así. Así que me puse a estudiar qué había pasado. Primero te deprimes y luego lo estudias. Y me di cuenta de cómo había cambiado el mercado del arte.

Las fuerzas del mercado del arte están muy organizadas ahora. Con la aparición del mercado secundario, que es el de las ferias, solo se vende aquel artista que se revende

La aparición del mercado secundario, que es el de las ferias: solo se vende aquel artista que se revende. De hecho, la persona que llevan a la feria es la misma que va a ir al museo. Hay una especie de circuito, pero para que todo esto funcione hay como artistas elegidos, que los cogen como artista-marca. Y en los 90 no era así: entonces tú hacías tu arte, estaba bien y lo vendías, punto. Era difícil, pero había hueco, la estructura no estaba así. Y luego también cambió que ahora por ejemplo el Ministerio de Cultura da ayudas a los galeristas. Esto ha sido el PP, antes no era así. Vamos a ver: una galería es una tienda, el elemento que genera bienes son los artistas. El artista es aquel que con este dinero [hace un gesto con dos dedos] consigue hacer una obra que puede tener un potencial así [abre los brazos], histórico. ¿Y tú estás dando dinero al galerista y no al generador? Es penoso, y esto está ocurriendo en todo el mundo, no solo en España, y es muy grave.

¿Hay algún espacio de la vida en el que esas estructuras del mercado no estén organizadas?
Muy difícil, ahora mismo. Mientras que antes era solo en cosas físicas (la casa, el coche, la ropa), luego ya ha ido al turismo, luego al arte, a la meditación, al pensamiento… Ha ido hacia lo intangible.

En esta línea, reflexionas sobre la casa y cómo del sueño del hogar pasamos a una nueva jaula
Es un problema de la propiedad. Lo ideal sería que no hubiera que tener propiedad. Este mundo hipotético que yo me planteo de tres niveles (aquí te cuesta 7 euros una cerveza, aquí 5 y aquí 0’50) te permite pasar por la vida de maneras diferentes. El que quiera propiedad pues muy bien, pero la propiedad significa que eres esclavo, así que, ¿cómo te las apañas para pasar por la vida sin tener propiedad? Esa me parece la mayor libertad posible.

Esto depende también de apuestas políticas y urbanas
Claro. Ahora mismo este modelo no se puede hacer a nivel individual salvo en comunidades pequeñas. Si esto se hace a nivel de ayuntamientos sería la hostia, y se puede hacer. Yo no estoy hablando de comunismo, es que haya A, B y C, y yo quiero ser C: no quiero gastar mucho, no quiero tener mucho, no quiero pertenencias. No quiero tener un local alquilado, qué pesadilla, yo quiero tener un sitio que pueda usar cuando lo necesite. Estar libre de carga es muy importante, y esto es todo un movimiento. Una persona con la que colaboro, con la que hice una obra, Polly Corber, que es actriz y había estudiado Ciencias Políticas, ha dejado Nueva York y lleva dos años viviendo en diferentes comunidades del mundo, autogestionadas, donde no existe el dinero, y documentando su trabajo. Esto se está tratando, y siempre desde un punto de vista abierto, diciendo: “Esto a lo mejor no puede ser todo, pero puede ser una parte de mi vida, algo gradual”. Lo que pasa es que existe en comunidades cerradas, y es necesario que sea en comunidades abiertas, que estén reguladas.

Si no el problema puede ser que se generen burbujas, una forma de salvación individual y no una alternativa para cualquiera, y se volverían a generar privilegios.
Tiene que ir por ahí. Es un modelo nuevo que se tiene que implementar. Yo estuve escribiendo sobre este modelo hace tiempo, sobre todo cuando trabajaba en arquitectura, porque me interesaban los no lugares y la apropiación de los no lugares, que eran privados, para usos públicos. Por ejemplo, los bajos de Azca al lado de El Corte Inglés, o los supermercados donde va la gente y te monta una especie de disco. Pero a niveles también más pequeños: la apropiación del espacio privado para un uso público de manera casual, desenfadada. Hasta que luego se dan cuenta y lo cortan.

Y luego tenemos lo opuesto, la ocupación del espacio público para usos privados…
¡Eso es horrible, es todo lo contrario! Lo de las plazas de Madrid… Empecé un blog sobre esto en 2005 porque no me lo podía creer. ¡Es que ya no tengo espacio público! Ni en el centro ni en casi ningún barrio. Pero esto es urbanismo, ha habido un cambio de la reglamentación. Había un porcentaje de ocupación de una terraza, que hasta el 2000 era del 15% y ahora es del 85%. Todas estas cosas no es que estén ocurriendo así como así, esto es legislación. Por eso el cambio tiene que venir desde el Estado, aunque tenga que haber también presión desde abajo.

Una última pregunta, ¿has vuelto al edificio de Harlem donde ocurrió la violación? ¿Ha cambiado el entorno?
No solo he vuelto, de hecho tengo allí mi estudio. Y sí, ha cambiado mucho. Está gentrificadísimo pero es superseguro. Yo estaba en un momento ‘intermedio’, en que el crimen estaba dentro de los propios edificios. Luego todo estalla. Lo que pasa es que siguen manteniendo la renta estabilizada en algunos edificios, así que la mezcla permanece. Igual hay un 40% de gente autóctona y un 60% de nueva. Y hay un movimiento vecinal muy fuerte, del que formo parte, para que se mantengan los barrios con el tema de las rentas estabilizadas y los espacios comerciales estabilizados. Yo creo que estas cosas se pueden cambiar a nivel de comunidad, pero no solo: cuando la comunidad hace mucha presión, entonces hay cambios gubernamentales. Trabajo de campo que produce cambios. Esa es otra cosa de España: aquí, ¿cuánto trabajo de este tipo se hace? Yo conozco grupos específicos, pero aquí cada uno va a lo suyo y luego nos beneficiamos todos. Estamos otra vez en lo de la comunidad. Las luchas son muy sectoriales, y menos mayoritarias de lo que veo en Estados Unidos. No hay una tradición, porque partimos de que el Gobierno debe ser ‘más bueno’ porque hay más control, mientras que en Estados Unidos estás acostumbrado a que esto sea el Lejano Oeste, a no esperar nada, esa es la gran diferencia. Hay un cambio de actitud ahí. Y aquí está cambiando, pero tiene que cambiar más.

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