Existe un vínculo muy grande entre régimen y cultura por aquí abajo. Tal vez, más de lo estadístico e higiénico. Indicio de la profundidad de este vínculo: a finales de los 60, un joven crack, Samuel P. Huntington, hace un par de informes para la Trilateral sobre el futuro político español. Por una lado explica cómo sería la futura constitución española ─sin alejarse mucho del resultado, en lo que es otro dato, glups, inquietante─ y, por otro lado, explica una serie de cambios sociales que tienen que producirse para llegar a este fin. Lo llamativo es que en estos cambios sociales aparecen, al menos, dos cambios culturales, dos cambios de la percepción de los ciudadanos. Les señalaré un par. Los jóvenes titulados poseen un optimismo, una confianza en el futuro y una vitalidad que debe de ser corregida. Y, otro: en la actualidad ─él habla de los 60, les recuerdo─ los periodistas se sienten propietarios de su diario, algo que tendría que corregirse y que, de hecho, zas, se corrigió en breve. Y por todo lo alto.

Este vínculo entre régimen y cultura, entre la necesidad de modular una determinada cultura para modular, a su vez, una y solo una de las democracias posibles, provoca una originalidad europea de la que hemos hablado mucho todos los autores del libro CT y los lectores a los que hemos conseguido vender la moto de nuestro concepto. Nuestra originalidad cultural en Europa es el carácter vertical de nuestra cultura. Lo llamativo, lo inesperado, lo no previsto, es que esa capacidad vertical para establecer marcos ha ido aparentemente desapareciendo. Y en muy poco tiempo. Ejemplo y metáfora: en quince días de mayo de 2011 se produce una cosa que no había pasado nunca: la incapacidad del Estado de denominar un fenómeno. Denominar no es moco de pavo. Quien denomina, quien señala, quien consigue fijar los marcos, gana y parte 10 casillas después de la casilla de salida. Si seguimos la prensa de esos primeros quince días, los usuarios de ese fenómeno eran, la primera semana, “violentos”. Un gran término. Y, hasta esa fecha, inapelable. Con ese término se había acabado con muchos procesos ─o pocos procesos, o los que hubo en fin─ en los treinta y cinco años anteriores. No se pudo colar este concepto. La cultura vertical lo intentó, y esto también es poco habitual, con un segundo vocablo. Los violentos acampados en Sol y Catalunya pasaron a ser “radicales”. Pero tampoco coló este concepto, que fue un seriamente contestado. O, peor, ignorado, que es lo peor que le puede pasar a un concepto cuando sale de la boca de tu cara. Se ensayó entonces con el palabro “antisistema” ─un invento barcelonés del 98, emitido por la oficina de prensa del Gobierno Civil local, por cierto─. Pero tampoco coló. No tuvo fortuna. La sociedad no consideró tampoco dicha aportación léxica. Finalmente, se escogió una palabra tan inocua como “indignados”, que, por lo visto, aludía a un libro que ninguno de los acampados, por cierto, leyó. Esto ya es una colleja muy gorda por parte de una sociedad a un Estado que, por primera vez, no puede poner nombres a lo que las personas ven.

Y otro ejemplo. Instituto Vicens Vives: desaparece el uso de la palabra “violencia”. Os acordaréis que hubo una rueda de prensa en la que un comisario utilizó todo el vocabulario habitual para aludir e imaginar un problema en tanto que violento. Esto, tan solo unos meses antes, hubiera bastado para marginar un tema. No fue posible. El concepto desapareció. Y con él, el comportamiento de la policía hacia lo que el régimen señalaba como violento hasta hacía poco.

Y otro. Gamonal, donde desaparece ese llenapistas denominado ETA. Os acordaréis que todos los disturbios de Gamonal estaban protagonizados, en un primer momento, por “filoetarras”, aerotransportados, se supone, por las Fuerzas Aéreas Abertzales desde Bilbao a Burgos para protestar por la urbanización de un barrio. La cultura vertical del Régimen encara incapaz de ver -es decir, de comprender-, que un ciudadano de Burgos, antigua capital del Estado, fuera capaz de cuestionar la democracia, el urbanismo, la realidad, sin un contubernio geopolítico. El día en que eso murió, en que ETA fue incapaz de explicar, incluso, una política municipal, fue la metáfora del fin de muchas otras cosas. Del uso de un vocabulario, del uso de una lógica, del uso, vamos, de una cultura, que hasta entonces había sido un éxito. Y un chollo.

Actualmente el Estado carece, en términos culturales -y quizás también en términos políticos incluso, en un grado que es difícil de evaluar- de lo que Weber llamaba imperium. El Estado carece hoy de una de sus grandes atribuciones –y, sin duda, la más original en el contexto europeo-. La legitimidad para emitir y modular cultura en nombre de la cohesión, la capacidad para, en nombre de la democracia, la convivencia y bla-bla-bla, pensar varios segundos antes que nosotros y facilitarnos el límite de lo posible a partir de léxico y lógica. Esto es la pera. Pero es, incluso, algo más si pensamos que, en ausencia de ese modelo cultural, hasta hace poco hegemónico, el Estado no puede o se ha olvidado de plantear cualquier otro. De hecho, parece que, por ahora, no tiene otro. La ulterior generación de líderes del Régimen: Rajoy, Mas, Sánchez… ─una nueva generación, en el sentido biológico, no intelectual-, son personas poco capacitadas para liderar otra cosa que no sea una cultura. Su único conocimiento es, simplemente, el conocimiento cultural del régimen, el de sus mecanismos culturales hasta hace poco infalibles. Su carrera, posiblemente se ciña a eso, al conocimiento de las reglas culturales del juego y, con ello, la posesión de una capacidad de movilización y creación de realidad a través de declaraciones, una capacidad de crear marcos, para utilizarlos, para ofrecer a la sociedad una agenda política, que ya no es posible utilizar. Esa capacidad, por cierto, ha existido aún en Catalunya hasta hace muy poco. Pero en formato estertores. No creo que tampoco tenga ocasión de vivir una gran edad de oro. Posiblemente, no tendrá ni siquiera ocasión de morir con elegancia y dignidad.

Desaparece esa unión entre régimen y cultura. Por fin. Lo que, a su vez, no tiene por qué ser necesariamente bueno. La cultura hegemónica ─y aquí ya entramos en el palabro que parece ser clave en esta reunión─, está desapareciendo a toda castaña, ¿significa eso también que desaparece el régimen que construyó, por primera vez en la historia local, esta hegemonía, esta relación entre cultura y Estado en España? Pues tampoco está claro. Hay un proceso constituyente en marcha iniciado por la sociedad, sí. Era imposible y hoy existe, con la sencillez aparente con la que una hoja o un anillo existen. Pero también es cierto que hay otro proceso constituyente en marcha, iniciado por el Estado en 2012 con la “reforma exprés”. Es muy posible que este proceso se quiera culminar con una reforma federal a partir del único tema discutible en el régimen y en su cultura –esa cultura que dominaba al dedillo-, que era/es el tema territorial, adecuando, en ese trance, la Constitución a los cambios de 2012 que son muchos y llamativos. El más llamativo es que el Estado deja de crear bienestar para pasar a pagar deuda, que es quizás todo lo contrario. Es, en fin, el fin del bienestar, la forma de la democracia en Europa. Es, vamos, una involución democrática que, por fuerza, se debe fijar por escrito.

Se puede hacer eso sin cultura hegemónica, y se puede hacer eso, incluso, sin democracia, como apunta la configuración del pack legislativo de seguridad que está dibujando el régimen –ley mordaza y reformas del código penal y de la legislación antiterrorista, del que las prensa local ha hablado relativamente poco, y del que la ONU se ha referido con preocupación, y del que The Guardian ha descrito como dictatorial-. El anterior orador ha hablado de que hay una unidad, un pacto no escrito, en que la solución o el marco europeo sea en todo momento democrático. Sí, es verdad. Pero es que, socorro, el marco mundial es democrático. Corea del Norte, por ejemplo, es una “democracia popular”, el franquismo era una “democracia orgánica”, la Antártida tal vez es, a su vez, una democracia de pingüinos. Todo es democracia. No hay oposición en el mundo a esa palabra. Lo que no implica que no la haya, y feroz, hacia esa dinámica. Democracia es la palabra más sometida a violencia en estos cien años, y espero que nosotros podamos seguir sometiéndola a tensión. Pero, por ejemplo, en Hungría -un estado democrático, al parecer, como la copa de un pino-, la democracia es una palabra hipotética y en su límite semántico. Ser judío en Hungría ahora es, en fin, muy mala ocurrencia. La democracia se acerca también a ser una palabra sin significante razonable en Polonia. Y, al parecer, en Ucrania. Todo ello ilustra que la Unión Europea no tiene especial interés en la defensa y el desarrollo del concepto democracia, pero sí, y mucho, en el uso y la potenciación de la palabra. Algo, por otra parte, normal, si pensamos que la UE no es una institución democrática.

Os invito a ver toda la evolución de este final de régimen con cara de póquer y sin creer que el fin de una cultura vertical y asombrosamente poderosa suponga, por fuerza, el inicio de lo que cabría esperar: una cultura descentralizada, sin centro, y en la que sea fácil nuestro sueño democrático. Combatir este régimen, nacido en la Guerra Fría, con una lógica de Guerra Fría, y que ha sido incapaz de defender la democracia, es también crear una cultura nueva, que nos defienda del Estado, que no sea fácil de volver a ser raptada por el Estado.