Desde hace algunas semanas viene circulando en las redes sociales un meme titulado “Los ciclos económicos de Argentina”. Se trata de una caricatura, claro, pero quizás por eso mismo logra resumir el círculo vicioso que tiene atrapados a los argentinos desde hace más de 50 años. Según el chiste, cuando asume un gobierno popular se produce un crecimiento exponencial de la clase media; luego la clase media empieza a sentirse oligárquica y decide apoyar a la derecha. La derecha entonces destruye a la clase media y ésta, empobrecida, vota un gobierno popular. Cabría preguntarse si nos hallamos nuevamente en la fase del ciclo en la que los argentinos votan a la derecha porque han asumido el discurso del amo. O dicho de otra manera, cómo es posible que un amplio sector de las clases medias y populares apoye la candidatura de Macri, un proyecto político que apunta de manera evidente a su propia destrucción.

Si podemos aprender alguna lección de los sucesivos y provechosos fracasos de la izquierda es que tener razón no es suficiente para revertir las relaciones de fuerza y, menos aún, para transformar la autopercepción de la gente. Si bien nuestro aparato crítico nos puede ayudar a hacer un diagnóstico, es totalmente inoperante para transformar ese escenario. Una de las críticas que suele hacerse a la experiencia política argentina, y que se haría extensivo a otros países de América Latina, tiene que ver con la creencia de que los populismos actuales se limitarían a una redistribución de la riqueza y que esto no sería suficiente para un verdadero proceso emancipador. No es este el lugar para explicar en detalle lo que sucede en cada proceso, pero si pensamos el caso argentino esta acusación es tajantemente falsa. A lo largo de estos años, el Frente para la Victoria no solo ha abogado por la construcción de derechos civiles y colectivos, sino que ha llevado a cabo un importante trabajo pedagógico para que tales conquistas sean experimentadas por los mismos colectivos que las reclamaban. Es verdad que todas estas apuestas han contribuido a un proceso democratizador y también es cierto que mucha gente se ha sentido interpelada y gracias a ello hoy se identifica con el proyecto. ¿Pero qué pasa con esa gran parte que, a pesar de haber sido beneficiada con estas conquistas, experimenta un rechazo visceral? Cuando alguien percibe la asignación universal por hijo, la política de derechos humanos, la ley de medios audiovisuales, la aprobación del matrimonio igualitario, la ley de fertilización asistida, la ley de identidad de género, la recuperación de la soberanía energética, económica y social –por citar algunos ejemplos–, como cosas vaciadas de sentido que ya nada tienen que ver con su propia cotidianidad es porque hemos perdido una batalla. El hecho de que la gente escuche esta lista de logros como una cosa abstracta, que no les atañe, ya es una derrota pedagógica y estética.

Curiosamente, tratar de desenredar este nudo ideológico mediante la persuasión racional genera el efecto contrario que uno desearía lograr y, en últimas, cualquier ejercicio pedagógico automáticamente nos pone en el lugar de la conciencia lúcida, clausurando cualquier instancia de negociación. Este fracaso de la mayéutica apunta a la constatación de que la batalla se juega ante todo en el campo de la estética, es decir, es una guerra que transcurre en el terreno de la sensibilidad, de los afectos y las identificaciones libidinales. Y nombrar este terreno no supone dejar en segundo plano el lugar de la política, al contrario, es aquí donde se juega el momento político por excelencia, el momento contingente de la decisión. Esto lo sabe muy bien la derecha y por eso viene tomando la delantera desde hace muchos años. Si queremos hacernos una idea de por qué tanta gente elige al candidato de la derecha hace falta entender que Macri es para muchos el espejo deformado en el que desean reflejarse.

Probablemente comprender qué nos dice este espejo nos ayude a interrumpir ese círculo vicioso al que hacíamos referencia al inicio del texto. El dispositivo Macri es la negación sintomática y sofisticada de la política. Cambiemos, slogan y coalición de partidos al que representa, no es otra cosa que una abigarrada consigna capaz de prometer una cosa y su contrario: la continuidad de los logros del kichnerismo mediante una ruptura radical con este. ¿Por qué tiene tanto éxito esta consigna contradictoria? Una respuesta fácil sería afirmar que la gente es estúpida y se deja engañar por la estética naif y buena onda de la campaña de Macri, ¿pero y si las cosas son mucho más complicadas y resulta que esa consigna abigarrada expresa mejor que nada el deseo de mucha gente? Es como si dijeran, no somos tontos, sabemos que nos hemos beneficiado de estos logros pero no queremos vernos identificados con ese imaginario plebeyo y popular, sino que deseamos sentirnos parte de aquello que nunca pudimos experimentar como propio. Y resulta que viene una fuerza política que nos da tranquilidad, que no busca confrontar ni poner sobre la mesa las dificultades cotidianas que supone mantener todos estos logros, sino que simplemente nos promete su sostenimiento a la vez que nos ayuda a creer en que somos algo distinto. Esto es, diríamos nosotros, los libera de la obligación de hacerse cargo de su propio deseo. Es como si el juego de la parresia se encontrase invertido por completo: La verdad del kichnerismo resulta un lugar incómodo, no hace más que evidenciar la fragilidad de la propia existencia. Expone nuestra propia contingencia y nos obliga a una elección. El tono de Macri, en cambio, niega por completo esa contingencia que nos configura y nos invita al goce de nuestro propio síntoma. Su estética emprendedora y su discurso postideológico sugieren la imagen de un individuo sin fisuras y sin restos, una forma inmunitaria en la que el individuo fantasea un repliegue perfecto sobre sí mismo. Y esta forma de fantasear no es otra cosa que el grado cero de la ideología neoliberal, la creencia de que mis propios logros individuales van a seguir existiendo. Me pregunto si acaso el mecanismo de sublimación que opera aquí no es el mismo que nos permite habitar la Tierra sin estar pensando a cada rato sobre su contingencia radical. A pesar de los desarrollos científicos, estamos expuestos a cualquier tipo de catástrofe cósmica. Sin embargo, la mayoría del tiempo vivimos como si esto no tuviera que ver con nosotros. Estar conscientes de que en cualquier momento la Tierra puede perecer, volverse algo insoportable. ¿No sucederá lo mismo con la sublimación de la política? La creencia de que nuestra forma de vida es más frágil de lo que pensábamos y que depende de un montón de decisiones y factores que no podemos controlar hace que prefiramos no pensar en todo ello y hacer como si la política no tuviera que ver con nosotros. El deseo del olvido de lo político es el lugar preciso donde logra consolidarse la derecha argentina y el espacio donde resulta urgente intervenir. La tarea no es nada fácil, ya que supone la aceptación de las malas noticias, algo que mucha gente prefiere no experimentar. ¿Cómo hacer para que prefiramos las malas noticias a los cantos de sirenas de nuestros propios verdugos? ¿Cómo persuadir de que las malas noticias es lo mejor que podemos escuchar si queremos forjar una forma propia de vivir en común? ¿Cómo mostrar que aunque no lo asumamos el problema sigue ahí, delante de nosotros, y que aceptarlo es la primera parte del trabajo político?

Ante todo es necesario no claudicar y seguir dando la batalla por la memoria, ya que ésta, lejos de liberarnos del síntoma social que nos constituye, ayuda a un trabajo diferente. Y es aquí donde entra a jugar la construcción del deseo propio. Todos los que no cedemos al chantaje del neoliberalismo tenemos las responsabilidad de mantener viva la memoria de nuestro pueblo, la sensibilidad suficiente como para conectar con esas fuerzas reactivas y orientarlas hacia otro lugar, hacer del deseo propio la construcción de un deseo colectivo. Quizá la lección no venga de la teoría crítica, sino de todos esos ciudadanos, personas anónimas que decidieron reunirse con otros amigos para persuadir a los vecinos del barrio, que eligieron subirse a un colectivo y contar su historia de vida a los demás, que optan reunirse como universitarios en las plazas y exponer los logros sociales de sus investigaciones, que apuestan como minorías de género hacer actos públicos y contar todos las conquistas de los últimos años o que simplemente ponen el cuerpo en la batalla contra el olvido.

Hoy la Argentina se ha mostrado como el espacio de una encrucijada que no dejará de darse en todos aquellos países donde exista una alternativa al imperio del miedo, el olvido y la resignación. Hoy Macri no es sino uno de los miles de rostros en los que se camufla el gran capital internacional, un dispositivo estético llamado Mauricio Rodas en Ecuador, Albert Rivera en España, Enrique Peñalosa en Colombia, Marina Silva en Brasil, Enrique Peña Nieto en México. En la supuesta era del capitalismo líquido y del fin de las fronteras es necesario más que nunca identificar al enemigo, ponerle nombre y apellido y combatirlo con nuestras mejores armas: nuestro terco e irrenunciable amor a la vida.