Internet y las redes sociales ya han transformado la forma de hacer y entender la política, convirtiéndose en un espacio en el que además de quedar plasmada nuestra vida cotidiana, se abren las puertas al debate y la reflexión colectiva, donde todo el mundo tiene voz a priori. Y decimos a priori porque en ellas siempre se reproducen e incluso refuerzan los mismos roles y conflictos que encontramos en otros ámbitos de lo social, son un espejo que los refleja, reproduce y multiplica de manera inmediata. Lo que ocurre entonces es que, a la vez que se convierten en una herramienta de empoderamiento, las redes sociales favorecen que las relaciones de poder muten para sostenerse.

¿Y quiénes son los sujetos que las habitan? Pues lo cierto es que se parecen mucho a los que encontramos por la calles, en el trabajo o en clase, pero son de una manera diferente. Cuando llegan al mundo de las redes son más libres y están más encerrados. Son más libres porque tienen el don del anonimato, pueden decir lo que quieran sin temor a ser señalados, no necesitan ser “políticamente correctos”, pueden dar rienda suelta a sus impulsos y prejuicios. Pero también están encerrados y no lo saben en una pequeña comunidad de gente que se sigue mutuamente, que se refuerza y retroalimenta, y que cree que todos piensan como ellos, que “eso” es el mundo.

Las consecuencias de esto se comprenden mucho mejor a partir de ejemplos específicos. Uno, que puede ser el más claro de todos, es cómo el machismo se reproduce y toma forma(s) concreta(s) en internet y las redes sociales.

Cuando hablamos de machismo en internet no solo hablamos de las formas explícitas y más evidentes. Ahí estarían los machitrolls que recurren a los topicazos, chistes profundamente ofensivos, (“¿En qué se parecen las mujeres a los semáforos? En que después de las 12 nadie las respeta”) campañas de acoso hacia mujeres o páginas feministas, etc. Estos son fáciles de identificar y a nadie se le escapan, no nos interesan. Hablamos de formas mucho más sutiles y, por tanto, más peligrosas, que consiguen situarse en el terreno del sentido común y se hacen pasar por neutrales. El “macho sutil”, puede ser aquel que no se posiciona en ninguno de los dos polos del conflicto porque, supuestamente, no va con él. Porque no es “ni machista, ni feminista, pero…”. Y sí, siempre hay algún “pero”, o un “yo creo en la igualdad, por eso ayudo a mi mujer en casa”, “estoy en contra de las cuotas, de las listas cremallera”, “de que las tías no paguéis para entrar en la discoteca… ”.

Pero en esta categoría caben todavía más hombres, porque también incluye al que dice “ves el machismo por todas partes, eres una exagerada”. Aquí un buen ejemplo podría ser el famoso tuit del señor Joaquín Leguina: “En España, si dices que hay muchas denuncias por violencia de género que son falsas, eres un machista”, –aunque duela incluir a Leguina en el saco de los machistas sutiles–. Así como a aquellos que se declaran totalmente feministas y copan los debates en Facebook obviando los comentarios de mujeres –el macho intelectual, vaya–, y los mejores de todos: aquellos que saben mucho mejor que cualquier mujer lo que es ser feminista, como el afamado youtuber JPelirrojo, que tuiteó hace poco: “Para mí, las mujeres que defienden el maquillaje o los tacones es como el esclavo que defiende sus cadenas pensando que le dan libertad”. Los machitrolls, con su estilo orangutanesco, son ruidosos y ofensivos, pero no tan peligrosos como los encantadores, atentos y casi imbatibles machos sutiles. Porque sí, las redes sociales se han convertido en un espacio crucial para la disputa por el sentido común, y solo estos últimos son capaces de entrar en el juego.

¿La buena noticia? Que no todo está perdido. Que aunque estos especímenes que abundan en el mundo virtual parezcan invencibles, no lo son. Existen numerosas herramientas que nos permitirán desarmarles y mostrar su cara oculta, también en internet. Pero de todas, nuestra favorita es el humor.

El humor es una gran arma contrahegemónica, porque para que algo tenga gracia tiene que tener una pata en el sentido común. Esto nos permite rearticular el orden hegemónico, es decir, arrastrarlo y construir un nuevo sentido común. La cómica y youtuber argentina Malena Pichot lleva años reivindicando el humor como una herramienta de transformación que también puede ser feminista. Aquí un ejemplo: “Me dicen malfollada. Pero, un momento… ¿los hombres nos follan mal y el insulto es para nosotras? ¿Cómo le dieron vuelta?”. ¡Boom! Y aquí otro: “¿De verdad tengo que estar todo el rato explicando que ya sé que no todos los hombres violan? Porque cuando alguien necesita aclarar algo muy obvio yo pienso lo contrario, da más miedo: Hola, este es mi perro, no me lo estoy follando. ¿Seguro? ¡Me da la impresión de que sí!”.

Y es que ridiculizar sus discursos y estrategias, utilizar el humor, la ironía, es la mejor forma de desarticular, a la vez que identificar, los mecanismos sutiles de dominación masculina. Desmontamos estereotipos y roles, generamos personajes con los que ningún hombre querría identificarse (como “los suavones” que nos oprimen a través del lloriqueo y que tan bien describe el videoblog El conejo de Alicia1), nos rebelamos contra aquello que supuestamente se espera de nosotras y propiciamos espacios extremadamente potentes de identificación y complicidad entre mujeres. En esto último, Moderna de Pueblo es toda una experta.

En cualquier caso, hay una cosa que queda clara, y es que en las redes, como en las calles, podemos y debemos hacer política, porque entrar en la disputa por el sentido común es algo a lo que no podemos renunciar. Aquí la imaginación y, sobre todo, el buen humor, son nuestras armas más poderosas. Porque si queremos un país sin machismo nos toca atrevernos, ser audaces, pero también reírnos. Porque el camino es largo, y queda mucho terreno por conquistar.