Cincuenta sombras de Grey ha sido todo un fenómeno editorial y cinematográfico. Como acontecimiento sociológico quizás encierre claves interesantes para pensar cuestiones políticas relevantes. No es una de esas cuestiones la pregunta que tantas páginas ha ocupado sobre si Cincuenta sombras de Grey es o no es una historia patriarcal –pregunta poco interesante por lo obvio de la respuesta-. No se trata de que haya que decir sí o no a la novela, como tampoco de hacer con ésta un análisis referencial de lo que dice en vez de un análisis de lo que transmite y, sobre todo, de lo que produce. Quizás el “fenómeno Grey” ofrezca para la teoría feminista la oportunidad de pensar un problema que va más allá de lo que nos parece el relato en cuestión. Una mirada completa del asunto no debería dejar fuera de foco el hecho de que un producto de consumo masivo y popular haya desatado tantas críticas de estilo y que un producto de consumo masivo femenino haya puesto de acuerdo a tanta gente a la hora de conjurar sus peligros. Lo interesante no es sólo lo que explica el enorme volumen de opositores sino también lo que es capaz de dar cuenta de todos esos millones de consumidoras. Un análisis de largo alcance de lo que está en juego viene de la mano de una necesaria reflexión sobre el sexo y el deseo, tema que a menudo está demasiado ausente de los debates en el feminismo contemporáneo. Pensar los límites del deseo es imprescindible para toda crítica social y, aunque no revele a primera vista la urgencia política que tiene, la cuestión del deseo no puede dejar de estar en el horizonte de todo feminismo que reflexione sobre la hegemonía y aspire a construirla; de todo feminismo ganador.

Al margen del propio fenómeno comercial que la novela, y aun más la película, han traído consigo, no han sido muchas las críticas que han visto algo bueno en esta historia. La gran mayoría de los artículos, comentarios en redes, intervenciones en debates y hasta campañas -el relato en cuestión ha conseguido generar una polémica enorme- han sido críticas demoledoras o enmiendas a la totalidad. También desde el análisis feminista, que ha estado muy presente en la polémica, la mayoría de las críticas -con excepciones como el texto de María Castejón “¿Qué pasa si te gusta 50 sombras de Grey?” o el artículo “A mí me pone Christian” de Violeta Buckley- han sido rotundas.

Hay varias objeciones compartidas. Por ejemplo la que ha subrayado la pésima calidad literaria de la obra, pobre en las descripciones, paupérrima en el vocabulario, con pocos personajes y mal construidos. También han sido muchos y muchas quienes han llamado la atención sobre el carácter violento de la historia. Pero, más allá de esto, ¿Qué tiene Cincuenta sombras de Grey para ser objeto de tantas críticas? Es cierto que la novela es pésima, y que con ella se ha hecho una película horrenda. Es también evidente que no se trata de un relato en absoluto feminista, y conviene tomarse muy en serio la idealización de según qué amores, en un país en el que la violencia machista acaba con la vida de setenta mujeres cada año. Pero hablamos de una historia no muy distinta a otra cualquiera. Al fin y al cabo historias de amor romántico con toques de control y celos se estrenan todas las semanas en los cines sin que ninguna de ellas desencadene semejante reacción de opiniones y críticas. No se trata de que no sea necesario señalar la idealización del control masculino como prueba de amor, pero no deja de llamar la atención lo mucho que a este relato -cuya especificidad fundamental es que ha sido un relato para mujeres- se le ha exigido que sea educativo. Basta pararse a pensar en los grandes clásicos del cine erótico para encontrar mucha humillación como en Lunas de hiel, y mucho control masculino como en Nueve semanas y media. ¿Acaso no es El último tango en París una historia en cierto modo más violenta que Cincuenta sombras de Grey? Quizás porque eran películas para un público selecto e intelectual, quizás porque estaban hechas desde y para la mirada masculina, pero nadie puso en cuestión que esos relatos debieran dejar de ser salvajes, violentos y crudamente realistas para dedicarse a ser pedagógicos. El fin del erotismo no es el de educar. Y no olvidemos que la transgresión de las normas morales y el sexo sucio y cruel –muy especialmente el sadomasoquismo-ha sido siempre un aristocrático patrimonio de las élites y las clases altas, desde el Marqués de Sade hasta Lo frío y lo cruel.

Una mirada feminista no debería dejar de reparar en que el acceso de las mujeres al sexo y al deseo fue, es y seguirá siendo aún una anomalía que remueve algo profundo y enquistado e interrumpe abruptamente nuestra normalidad.

Que Cincuenta sombras de Grey haya sido un objeto de consumo no solo masivo sino al mismo tiempo específicamente femenino quizás explique por qué tanta severidad a la hora de juzgar un relato cuyo fin es llamar al deseo y, en definitiva, por qué tanto revuelo y escándalo por un contenido tan tímidamente transgresor. La cuestión fundamental de Cincuenta sombras de Grey no es tanto lo que dice sino para quién lo dice. Quizás esta pequeña transgresión es en realidad decisiva. Hay cierto error de tiro allí donde las críticas feministas se centran en examinar los pormenores del relato para encontrar, una vez más, una historia patriarcal –ni mucho más ni mucho menos que cualquier historia de Disney o telenovela de sobremesa-. Muchas de esas críticas han desatendido así lo que tiene de nuevo este fenómeno, además de haberse acoplado a la tónica dominante de sancionar el gusto y las tragaderas morales de las mujeres que han disfrutado con ello. Una mirada feminista no debería dejar de reparar en que el acceso de las mujeres al sexo y al deseo –como consumidoras y demandantes, y no como consumidas y demandadas- fue, es y seguirá siendo aún un cuerpo extraño en nuestro orden social, una anomalía que remueve algo profundo y enquistado e interrumpe abruptamente nuestra normalidad. Ninguna sociedad puede contemplar tranquila el acceso de las mujeres a sus fantasías y deseos sin generar contra ello ningún tipo de reacción alérgica.

La cuestión interesante es la que se plantea cuando nos preguntamos qué capacidad tiene Cincuenta sombras de Grey para aportar alguna vía de liberación sexual para las mujeres. Algunas objeciones han afirmado que, si bien es cierto que aparece el sadomasoquismo, el relato en cuestión seguiría siendo un relato enteramente convencional en la medida en que el sexo está integrado dentro de una clásica historia de amor romántico. Las prácticas sadomasoquistas aparecen asociadas a la sexualidad patologizada de un hombre que no sabe querer y que, una vez salvado por el amor de ella, acaba practicando sexo convencional. La chica, dicen algunos, no acepta una relación de sumisión sexual por placer, sino por amor. Sin embargo, quizás debiera importarnos, más que lo que el texto dice, lo que ha sido capaz de producir en la realidad: las mujeres no han consumido la novela por amor, sino porque la encontraban excitante y los efectos que ese consumo de fantasías ha tenido en la realidad no ha sido un incremento de la venta de anillos de boda, sino de la venta de objetos eróticos de ese sexo sadomasoquista que según el desenlace del guión habría quedado sancionado como enfermizo y necesario de superar.

En realidad algunas críticas a Cincuenta sombras de Grey van dirigidas al criterio de las mujeres que lo han leído y han sido capaces de disfrutar con él, críticas algunas de las cuales encierran dentro de sí una concepción paternalista por la cual se infantiliza a las lectoras y se acusa en esta búsqueda de erotismo más una sumisión que una liberación. Quizás es más razonable interpretar que las mujeres que han disfrutado con Cincuenta sombras de Grey no lo han leído ni por ser una obra maestra de la literatura, ni por ser un perfecto instrumento de alienación patriarcal y capitalista, sino que lo han hecho porque les resultaba excitante. Que un relato como este resulta excitante para la mayoría de las mujeres no es una tesis demasiado arriesgada teniendo en cuenta que las ventas han superado a las de Harry Potter.

Si para muchas mujeres estas son fantasías excitantes, deberíamos partir de ello antes que denunciarlo, y empezar a reflexionar sobre nuestros propios deseos, sus límites y su potencial liberador. No se entiende qué relevancia política podría tener confrontar los deseos mainstream con los deseos “genuinamente feministas” de algunas de nosotras, más allá de un ejercicio de mera autoafirmación. Más aun cuando ninguna mujer –tampoco las feministas- decidimos lo que deseamos. ¿Es casual que en un mundo patriarcal fuera ella la sumisa y él el amo? La respuesta es, obviamente, no. ¿Sería más transgresora una historia en la que una mujer mayor, migrante y empleada del hogar sodomiza a su propio jefe y le enseña los placeres del sexo anal? Es posible que en algún sentido. ¿Sería un relato así más excitante para la mayoría de las mujeres?, ¿Sería más liberador? Es bastante posible que no. Las fantasías son construcciones sociales y, como tales, efecto de un mundo en el que se dan determinadas relaciones de poder. ¿Significa esto que debemos transformar nuestras fantasías para cambiar el mundo? ¿Es una tarea política feminista modificar deseos?

La crítica a la concepción moderna de la subjetividad, a esa noción de sujeto inverosímil -y masculina-, forma parte del mejor pensamiento teórico feminista. Han sido muchas las y los teóricos que han identificado en el sujeto moderno, que se hace a sí mismo, la trampa nuclear de todo un proyecto político que es preciso desmontar. El feminismo ha sido uno más entre los frentes teóricos que han puesto de relieve que el sujeto está construido por mecanismos y fuerzas externas de las cuales él es el resultado. La importancia del deseo es central en la crítica del sujeto hiper racional, autotransparente y autoconstituido del liberalismo, y han sido justamente los autores que han venido a recordar el hecho incómodo de que los sujetos tienen deseos–Freud, Lacan o Deleuze- aquellos que más lúcidamente han problematizado la cuestión de la subjetividad.

Sin plantear el problema de la sujeción en toda su dificultad, no hay posibilidades de pensar la emancipación de modo verosímil. Al feminismo le toca mantener esa consciencia de la finitud que implica sabernos constituidos y muy especialmente, por lo que toca a los mecanismos de poder que queremos desactivar, poner sobre la mesa todo el problema que el deseo comporta y en toda su complejidad. El deseo de las mujeres es, por supuesto, un resultado no decidido ni deliberado que es producto de las relaciones de poder, evidentemente también del patriarcado. Muchas mujeres tienen fantasías de dominación y ningún proyecto emancipador que quepa considerar verosímil, puede consistir en impugnar esos deseos por su origen enemigo. Hay una concepción paradójicamente metafísica en toda pretensión de hacer ingeniería del deseo y justamente el feminismo está en condiciones privilegiadas para desenmascararla: nosotras más que nadie sabemos que no nos hacemos a nosotras mismas. Sabemos, eso sí, que hay mucho que cambiar en un mundo en el cual ellos son los ricos y nosotras las pobres, ellos los jefes y nosotras las empleadas. Y sabemos que cuando esas relaciones sean otras también serán otras las fantasías y los deseos. Y sí, por supuesto que ciertas modificaciones en ese efecto que es el deseo pueden ser a su vez causa de transformaciones sociales. Pero ninguna emancipación feminista será creíble si no cuenta con las mujeres reales. Quizá el deseo de la mayoría de las mujeres no esté tan avanzado como el de las consumidoras de postporno, pero que una gran cantidad de mujeres liberen su deseo, en vez de reprimirlo ¿podría ser en algún sentido peor? ¿Acaso es tarea del feminismo sancionar eso?

Es más que probable que la gran mayoría de las que han disfrutado con Cincuenta sombras de Grey no lo harían con la película que a la más vanguardista de las feministas nos hubiera gustado ver. Pero quizás seamos nosotras quienes debemos de tomar nota, porque lo problemático del asunto es que no se puede decidir el deseo sin arruinarlo por el camino. Por eso es más que cuestionable la capacidad liberadora del postporno, cuya consigna es la ruptura completa con las reglas del deseo constituido. Si Cincuenta sombras de Grey, un mero producto de consumo, ha tenido algún efecto en la liberación sexual de las mujeres –efecto colateral, casual y por ello completamente volátil- quizás el fenómeno sea la oportunidad para hacernos algunas preguntas necesarias sobre cuáles han sido las estrategias feministas en lo que a la liberación sexual se refiere, y cómo de exitosas han resultado ser. Porque mientras la vanguardia anda ocupada en fabricar un postporno esencialmente inhabilitado para ser mayoritariamente transformador, y mientras tantas críticas impugnan un producto que ha conectado con los deseos de millones de mujeres, el acceso al sexo -a la industria, al porno, a la literatura, al cómic erótico- sigue siendo mayoritariamente masculino. Se equivoca el feminismo si considera que la batalla fundamental es educar el deseo de las mujeres en vez de potenciarlo y emanciparlo de las condenas sociales.

En la lectura del fenómeno Grey se ha revelado una cierta ceguera a la hora de atender más a los contenidos de un relato que a los efectos que es capaz de producir en el mundo. Uno de ellos, en los que es llamativo que no hayamos reparado más, es que la llegada de Cincuenta sombras de Grey ha reactivado la venta de libros de literatura erótica. Tras Grey han resurgido, años después de su desaparición del mundo editorial, colecciones como La sonrisa vertical de la Editorial Tusquets. Quizás ahora más mujeres puedan leer excelentes obras de literatura erótica, mucho más raras, más pervertidas y salvajes que la historia que les ha abierto la puerta. Si eso es así, nos apresuremos cuando decimos que la llegada de Cincuenta sombras de Grey solo puede ser leída como una mala noticia para nosotras las feministas. O quizás simplemente ha ocurrido que muchas mujeres han alimentado sus fantasías, han confesado deseos escondidos, los han compartido entre sí, se han sentido reconocidas y representadas, y han mejorado su vida sexual. A Rouco Varela esto no le gusta. A cierta vanguardia del feminismo más refinado, tampoco.