Intervención de Daniel Carralero en la mesa de distribución de la renta, crecimiento económico y sostenibilidad ecológica de la Universidad de Podemos 2016

A pesar de la gravedad cada día más evidente de los problemas ambientales a los que nos enfrentamos como sociedad global, desde el comienzo de la crisis financiera se ha impuesto prácticamente a lo ancho de todo el espectro político la idea de que “la economía va primero, y cuando la arreglemos ya nos ocuparemos del medio ambiente”. Más allá de la denuncia de esta situación, o de la búsqueda de propuestas concretas para corregirla, vale la pena detenerse y reflexionar acerca de las implicaciones políticas que tiene el problema de la insostenibilidad de nuestro sistema productivo, y en concreto, acerca del relato que como ecologistas queremos utilizar para entender y explicar la situación política actual, y acerca de cómo podemos aprovechar las características sistémicas del problema para articular en ese relato la mayor parte de las reivindicaciones progresistas de carácter más general.

En el momento actual, se puede decir que el movimiento ecologista está en retroceso: después de la gran derrota que supuso la cumbre del clima de Copenhague de 2009 y en el contexto de crisis crónica que se ha impuesto al cabo de ocho años tras la caída de Lehman Brothers, el problema estructural al que se enfrenta nuestro modelo económico –normalmente presentado en torno al cambio climático- ha desaparecido de las portadas y de la lista de problemas que preocupan a la gente. Los motivos de esta situación son complejos, y muchos tienen que ver con la hegemonía cultural neoliberal, pero a mí me gustaría centrarme en uno, cuya importancia es a menudo pasada por alto: la propia idea que tenemos de lo que es el ecologismo, que como trataré de argumentar, creo que limita nuestra capacidad transformadora, incluso a nivel conceptual. De acuerdo con una definición tácita muy extendida, el problema ambiental sería el resultado de un desarrollo material más o menos neutro que al llegar a cierto grado comienza a deteriorar el medio ambiente. Así, el ecologismo sería el encargado de alertar y concienciar a la sociedad acerca del problema. Sin embargo, esta descripción está marcada ideológicamente, porque en ella la economía es algo externo al medio ambiente, el problema está supeditado a un cierto grado de desarrollo (es decir, sólo aparece en sociedades ricas), y en general está causado por el desconocimiento y la falta de conciencia. Se trata de un problema políticamente neutro.

Pero hay otra forma de pensar en el papel del ecologismo: siguiendo un arco que va desde la intuición de Walter Benjamin al análisis científico de Georgescu-Rötgen, podemos pensar que nuestro sistema productivo está en realidad dentro del sistema ambiental, y que funciona como una máquina descontrolada, guiada por reglas internas autorreferenciales y totalmente ajenas a los límites físicos que impone ese sistema ambiental, con los que choca continuamente. Esta imagen, que puede sonar un poco tremendista, está respalda por una cantidad abrumadora de evidencia científica: desde hace décadas, recibimos señales cada vez más alarmantes de fallo generalizado en muchos de los mecanismos de regulación del planeta Tierra, desde la regeneración de los ecosistemas terrestres y marinos al ciclo del nitrógeno o la autorregulación del clima planetario. Ciñéndonos al tema del clima –que es uno de los problemas más graves, pero no el único- el diagnóstico es de una claridad indiscutible: vamos directos a un calentamiento global de entre 3 y 4 grados, cuando el IPCC dice que en ningún caso debemos rebasar los 2 grados, e incluso la comunidad científica está empezando a discutir si ir más allá del grado y medio no es ya demasiado temerario. El tratamiento es igualmente claro y conciso: tenemos que reducir nuestras emisiones a una quinta parte de las actuales en los próximos 34 años. Tenemos que dejar en el suelo un tercio del petróleo conocido, la mitad del gas natural y más del 80% del carbón[1]. Para alcanzar estos objetivos, necesitamos una transformación radical de nuestro modelo productivo. Pero no sólo una transformación técnica, sino también una reorientación total de esas reglas internas que lo dirigen, y que hoy son las de la lógica económica neoliberal. Y aquí podemos empezar a ver las implicaciones políticas de la cuestión[2]: para evitar superar los dos grados en el calentamiento global, tenemos que tomar medidas drásticas. Hay que hacer cosas como relocalizar gran parte de la economía, reducir muchas formas de consumo o prohibir determinadas actividades particularmente dañinas y eso, a su vez, requiere reconstruir una esfera pública que verdaderamente trate de atajar el problema, imponiéndose a los intereses de las corporaciones, revertiendo las privatizaciones, planificando la utilización de los recursos y la transición energética y, en general, abandonando la idea de que el libre mercado puede resolver este problema por sí solo. Por usar la expresión de Naomi Klein, “esto lo cambia todo”. Porque básicamente significa que la Ciencia nos dice que tenemos menos de medio siglo para llevar a cabo lo que es prácticamente un programa de máximos de la izquierda, y que si no lo hacemos, sucederá una catástrofe a escala planetaria.

A partir de esta visión se puede construir un relato que supera la idea convencional de ecologismo en tres direcciones: en primer lugar, como ya he explicado, se apoya en una realidad que no se puede ocultar porque día a día va a ir irrumpiendo en nuestras vidas cada vez en mayor grado. En segundo lugar, se trata de un relato contra el que el pensamiento neoliberal no tiene argumentos. Y por último, entronca directamente con casi todos los ejes del pensamiento de izquierdas.

Voy a desarrollar algunos ejemplos de esto último, que me parece lo más importante. En primer lugar, si dejamos la visión limitada de la degradación del medio ambiente como resultado inevitable de un progreso anónimo y neutro, podemos reconfigurar el relato y mostrar que la historia del ecologismo es en realidad una sucesión de luchas en favor de la justicia social. La mayoría de los problemas ambientales de la Tierra se pueden interpretar en términos de un conflicto ecológico distributivo. Estos conflictos, de los que habla por ejemplo Alier[3], son aquellos en los que una minoría se apropia de los recursos ambientales y una mayoría tiene que hacerse cargo de los pasivos correspondientes. Aquí “recursos” y “pasivos” se debeen entender de una manera muy amplia: un caso muy sencillo es por ejemplo cuando una corporación transnacional extrae carbón a cielo abierto y se queda con el mineral, pero la población local pierde el territorio, los cultivos, el agua potable, la pesca, sufre graves enfermedades y ve destruido su patrimonio cultural. Estoy hablando, por ejemplo, de la situación de Colombia, uno de los principales productores mundiales de carbón. O el caso de Agua Zarca, tristemente célebre por el asesinato de Berta Cáceres, en el que la corporación china Sinohidro aprovecha un río para construir una presa y vender electricidad, y los indios lenca pierden su tierra, su forma de vida y su misma identidad como comunidad. Pero no hace falta irse a escenarios tan exóticos: en España tenemos multitud de casos. Desde las minas de Rio Tinto en 1888, con la guardia civil matando a tiros a decenas de campesinos que protestaban por la contaminación de las cosechas, a las expropiaciones forzadas que llevaron a cabo las eléctricas en la transición para construir centrales de carbón, hasta llegar a la activista de Greenpeace herida por un barco de la Armada cuando protestaba por las prospecciones de Repsol en Canarias el año pasado. En todos casos, hay una minoría privilegiada que se aprovecha del daño ambiental, y una mayoría que se ve perjudicada y que a menudo es reprimida por el poder cuando intenta protestar. Lo interesante desde el punto de vista ambiental es que cuando se ponen en la balanza los pasivos y los activos (con todas las aproximaciones necesarias para medir cosas como el valor de la salud o del patrimonio cultural), muchas de estas actividades no salen a cuenta, y nunca serían llevadas a cabo –con la consecuente reducción del daño ambiental- si la decisión se tomara verdaderamente entre todos los implicados, y no sólo por una élite que recibe todas las ventajas y casi ninguna de las desventajas. En ese sentido, este relato se extiende de manera muy natural a otros más generales de tipo no ambiental: el mismo tipo de conflicto existe cuando una minoría privilegiada decide privatizar el sistema de pensiones o la sanidad de un país –para reducir sus propios impuestos- o rescatar a los bancos responsables de la crisis financiera utilizando dinero público y endeudando desmesuradamente al Estado.

Así, llegamos la primera conclusión importante: sólo en la medida en que nuestras sociedades –y la sociedad global en su conjunto- dejen de ser cada vez más desiguales económica y políticamente será posible detener el deterioro del medio ambiente. La lucha por un modelo productivo sostenible pasa necesariamente por la creación de sociedades igualitarias. Y esto nos lleva a uno de los problemas centrales de la política ecológica moderna: hemos dicho que queremos reducir la desigualdad social, pero ¿cómo conseguir esto cuando nuestra economía está construida de tal modo que el empleo depende del crecimiento, y el crecimiento supone el aumento del consumo de recursos? Esto es un problema teórico importante y no voy a resolverlo aquí ahora, pero sí quisiera mostrar que en su análisis encontramos más elementos que ligar a nuestro relato transversal: en primer lugar, una salida a este problema es el “Green New Deal” propuesto por economistas neokeynesianos como Stiglitz o Pollin; es decir, el uso de programas de estímulo que reactiven la economía de manera selectiva, concentrándose en sectores que reduzcan el impacto ambiental de la sociedad, tales como las energías renovables, la eficiencia energética, etc. Esta manera de enfrentarnos a la crisis es probablemente de las más razonables que podemos pensar –desde luego, mucho más que la austeridad dogmática que propugna la Comisión Europea- pero plantea el problema de la financiación: si queremos que estos programas tengan la amplitud necesaria como para producir el tipo de cambios discutidos al principio, los recursos financieros necesarios serán inmensos. En una situación como la actual, parece evidente que un esfuerzo así no podrá lograrse mediante el endeudamiento público –que además plantea graves problemas ambientales por sí mismo-, de modo que sólo queda la opción de reunir esos recursos revirtiendo la tendencia de las últimas décadas a la concentración de la riqueza, y construyendo sociedades más equitativas. Así, la necesidad perentoria de financiar la transición de modelo productivo, se convierte en un argumento más para una reforma fiscal progresiva muy profunda. La otra manera clara de reactivar el empleo y el bienestar social sin aumentar el impacto ambiental es mediante el fomento de la economía reproductiva o de cuidados. La economía reproductiva incluye desde el trabajo necesario para la reproducción humana hasta todas las tareas de cuidados sociales, educación, sanidad, etc. que son necesarias para la propia continuidad de la sociedad, y por tanto sostiene la economía productiva del mismo modo en que la capacidad reproductiva de la Tierra sostiene el metabolismo económico. Sin embargo, debido a la organización patriarcal de nuestras sociedades, estas actividades -tradicionalmente asignadas a las mujeres- frecuentemente no son remuneradas, y gozan de un reconocimiento muy inferior al de otras actividades tradicionalmente masculinas. Así pues, la necesidad de fomentar la economía reproductiva –que pasa naturalmente por su revalorización y por el fin del reparto sexista de las actividades económicas- proporciona un punto de encuentro con las principales reivindicaciones de la economía feminista.

En definitiva, de la crisis de modelo productivo llegamos a un relato transversal, articulado en torno a la justicia social, el igualitarismo, la redistribución, el feminismo y el internacionalismo; cuyo punto de arranque está respaldado científicamente, y en el que cabe no sólo casi cualquier sensibilidad progresista, sino posiblemente sensibilidades no tan progresistas pero que compartan una preocupación real por el cambio climático o el agotamiento de los recursos. Un relato que, debido a su transversalidad, tiene el potencial crear un sentido de identidad compartida y disputar la hegemonía al Pensamiento Único, avanzando en la construcción de una suerte de populismo global de base ambiental.

Bien, y para terminar ¿cómo ponemos este discurso en marcha? Y, en realidad ¿por qué es tan importante el discurso? Para responder a ambas preguntas, resulta útil repasar la manera en la que se construyó la hegemonía vigente en la actualidad: Como cuenta Owen Jones[4], el discurso neoliberal que hoy es dominante fue creado en realidad a lo largo de los años 50 y 60, en una época en la que el pensamiento económico ortodoxo –keynesiano- consideraba a sus partidarios como radicales de extrema derecha. Sin embargo, cuando llegó la crisis del keynesianismo de finales de los 70, Friedman y los suyos tenían un discurso político de recambio bien acabado y dispuesto para ser puesto en circulación. En cierto modo, podemos pensar que la situación en la que nos encontramos presenta paralelismos: el discurso dominante presenta síntomas de agotamiento, que se verán exacerbados en la medida en que las disfunciones actuales continúen agravándose. En ese sentido, cabe esperar que en algún momento durante las próximas décadas, se alcanzará un punto de ruptura en el que el modelo productivo y su interacción con el medio ambiente van a estar en el centro. Lo que pase llegados a ese punto dependerá de la correlación de fuerzas y de la capacidad discursiva y organizativa de la izquierda: si seguimos en una situación similar a la actual, probablemente se aplicará una doctrina shock, y como sucedió ya con la crisis financiera, los mismos que causaron la crisis ambiental serán los encargados de escribir el relato colectivo y de imponer sus soluciones, lo que se traducirá en un discurso malthusiano y continuista, que no ponga en cuestión las estructuras políticas y económicas, y que conduzca a una profundización de la desigualdad y al empobrecimiento general. Un discurso que será necesariamente apuntalado por el nacionalismo autoritario, la xenofobia y la lucha por los recursos. En última instancia, un discurso que probablemente nos conducirá al colapso. Así pues, creo que una de las tareas prioritarias de la izquierda es trabajar para construir un relato que pueda enfrentarse a ese. Con esto no quiero decir que todos tengamos que dejar inmediatamente lo que estemos haciendo y dedicarnos al ecologismo, naturalmente. Lo que trato de decir es que cada uno de nosotros, desde su ámbito de militancia, debe preguntarse cómo puede hacer para integrar su lucha en esa lucha más general que estamos librando a una escala global. Yo, partiendo de mi ámbito –que es el de la energía y el medio ambiente- he llegado a esta síntesis y espero que pueda ser útil a otros, pero indudablemente puede haber otras similares. Lo importante es que si, llegado ese momento de crisis, hemos sido capaces de construir un discurso con la suficiente coherencia y amplitud, y hemos reunido la capacidad organizativa para hacer que ese discurso pase a ser el sentido común general, entonces ese punto de inflexión puede ser una oportunidad histórica para realizar un a modo de “doctrina shock” inversa, en la que podamos forzar las transformaciones verdaderamente revolucionarias que son necesarias y hoy nos parecen imposibles. Creo que ese es un horizonte por el que vale la pena luchar.

[1] Nature, https://www.ucl.ac.uk/news/news-articles/0115/070115-fossil-fuels

http://www.nature.com/articles/nature14016.epdf?referrer_access_token=yCPWpi99S9edti44_h6t9NRgN0jAjWel9jnR3ZoTv0MEzzy4wDRQte5fViQxiPJjJIfgcjxiQpfQtqwAkMQY0DkjoT7_E0MfKeLVGaj1XMMsDzXmRoXz5NBXveE8iDBc

[2] Naomi Klein, “Capitalism vs. Climate“, The Nation, 2011

[3] J. Martínez Alier, Rebelión.org (2005)

[4] Owen Jones, “El Establishment“.