Vivimos tiempos de cambio, no solo de las correlaciones de fuerza en las instituciones, sino también de los modos de hacer política: sus estilos, contenidos, agentes y lugares. La irrupción pública de muchas mujeres con protagonismo político, la relevancia de una agenda de contenidos feministas como parte de un proyecto político transformador para todos y todas, junto con formas de hacer que desplazan la figura tradicional del liderazgo vertical, estereotipadamente asumida como “masculino”, han reabierto la vieja pregunta por la “feminización de la política”. ¿Nos sirve este término para pensar en una práctica política a la altura de los retos de los tiempos que corren? Con la intención de abordar estas cuestiones en un formato de diálogo hemos trasladado tres preguntas iguales a cinco personas diferentes en su relación con Podemos. Todas ellas comparten la apuesta por hacer de la mirada feminista una herramienta útil para la política que pone en el centro una transformación profunda del conjunto de la sociedad.

  1. SOBRE EL CONCEPTO.

Clara Serra

Entiendo que la feminización de la política tiene que ver no sólo con la mayor presencia de las mujeres en la política sino también con la llegada de cuestiones y temas nuevos. Son dos cosas diferentes pero ambas están relacionadas y, por eso, no dejaría de enfatizar que la feminización de la política está ligada a que haya más mujeres en el espacio público. Eso lleva aparejadas consecuencias fundamentales para la política misma; que estemos todos y todas es la manera más eficaz de que estén representados todos los problemas y en una política hecha por hombres han faltado problemas fundamentales. Somos las mujeres las que estamos sobrerrepresentadas en el espacio privado de los cuidados, las que somos más capaces de provocar, con nuestra llegada al espacio público, una transformación de las prioridades políticas. Feminizar la política es traer al debate público y arrojar luz sobre aquellas cuestiones que han permanecido ocultas justamente por haber estado feminizadas, es decir, por haber sido llevadas a cabo por mujeres en la invisibilidad. Eso que hay que traer al centro de las prioridades políticas es la vida y el cuidado de las personas, lo que tiene que ver con las necesidades fundamentales que tenemos todos y todas y que, por lo tanto, no deberían haber estado fuera del conjunto de preocupaciones fundamentales de la política. Feminizar la política es restituir una ausencia que hacía a la política sorda a problemas comunes de todos y de todas.

Creo que con el concepto de feminización conviene tener ciertas cautelas antiesencialistas. Es fundamental que cuando defendamos la feminización de la política nos guardemos de aceptar con ello que hay algo así como una forma de hacer política que les corresponde propiamente a las mujeres. Obviamente no se trata de una cuestión biológica, eso es evidente, pero tendría también cuidado con ligarlo a algo así como una “cultura de las mujeres”. Cuando hablamos de liderazgos femeninos y los ponemos en valor no nos referimos a una forma de liderar que le correspondería a las mujeres, como si se tratara del modo femenino de hacerlo, al lado de otra forma de liderar que sería propia de los hombres. Los liderazgos que se construyen a través de la colaboración no son mejores para las mujeres, son mejores liderazgos sin más. Feminizar la política es quizás más bien des-masculinizarla, y son esas formas viejas de hacer política, formas masculinizadas, las que a veces hacen a los liderazgos incapaces y débiles.

Por otra parte, las mujeres tenemos muchas cosas que aportar cuando feminizamos la política, pero también tenemos aún mucho que reclamar y conquistar dentro de lo que la cultura masculina ha reservado en exclusiva para los hombres. Haríamos muy mal negocio si aceptáramos una distribución de cualidades para la política por la cual nuestras cualidades –la cooperación y la empatía– se debieran a la cultura en la que hemos sido pasivamente educadas como mujeres y, en cambio, las cualidades “masculinas” –la táctica y la estrategia– siguieran reservadas para ellos. Las mujeres que son excelentes políticas lo son no por el paquete cultural que han recibido, no por haber sido educadas así, sino también por sus propias decisiones y elecciones, porque tienen inteligencia política y porque, por ello, saben elegir las formas más eficaces de liderar. Es clave que no regalemos la inteligencia y la estrategia a los hombres mientras reclamamos, para las mujeres, una cultura recibida.

Justa Montero

En los discursos, la feminización de la política tiene distintos significados. El más primario es el que se refiere al objetivo de una mayor presencia de mujeres en las instituciones de representación política. Una acepción que se basa en la excepción (las mujeres) a la regla (los varones), y busca el efecto estético de una corrección política formal que evite el anacronismo que supone, en pleno siglo XXI, las fotos en blanco y negro. Pero no rompe el estereotipo hegemónico del ser mujer, no cambia la ética y por tanto ni introduce cambios en las formas de hacer política ni trasciende a modificar las condiciones de vida de las mujeres.

Frente a esas fotos en blanco y negro salpicadas de algo de color, algunas de esas instituciones nos devuelven hoy otra imagen y apuntan otro discurso. La disputa de significados está servida. Es la imagen de la irrupción de más mujeres y, muy particularmente, de más mujeres jóvenes, que han crecido en entornos más igualitarios que los de sus predecesoras, y están marcadas por la experiencia del 15-M y el impulso de una pasión colectiva por lograr una sociedad justa.

Con ellas el concepto se va ampliando y la feminización de la política define una voluntad de cambiar las formas de practicarla. Formas teñidas de mayor horizontalidad, participativas, colaborativas; valores aprendidos en el trabajo de cuidados que realizan, o en algún movimiento social. Y se abren paso con dificultad frente a las formas de la masculinidad hegemónica: agresiva, impositiva, testosterónica, con disponibilidad absoluta para la política porque son “otras” quienes realizan el trabajo de cuidados y doméstico que lo hace posible.

Así se empieza a entrelazar la estética y la ética, pero no es suficiente. En mi opinión para que la feminización de la política sea útil para los cambios a los que aspiramos, además de que más mujeres y personas LGTBI se incorporen a la política con nuevas formas de hacerla, que seduzcan al resto de mujeres y hombres, requiere otros dos aspectos.

En primer lugar, que provoque un revolcón en los contenidos, porque si la nueva política pone en el centro a las personas y la satisfacción de sus necesidades, tendrá que ser feminista en sus valores, discursos, propuestas y prácticas.

Y en segundo lugar que evite una visión reduccionista de la política que la limita a su acepción institucional e incorpore lo que la ciudadanía organizada y movilizada plantea y propone para disputar la hegemonía social y cultural. Porque las mujeres venimos haciendo política desde prácticas colectivas, como las PAH, el movimiento feminista, ecologista y muchos otros espacios que promueven cambios importantes en las vidas de las personas. Y no es algo nuevo.

Xulio Ferreiro

Feminizar la política es ir mucho más allá de la paridad, mucho más allá de garantizar el acceso en condiciones de igualdad de las mujeres a los espacios de responsabilidad, algo que, por cierto, todavía estamos lejos de conseguir, aunque no dejamos de intentarlo y de buscar nuevos mecanismos —tecnologías democráticas— que lo aseguren. Feminizar la política, cómo no, pasa porque las mujeres dejen de estar sobrerrepresentadas en el trabajo doméstico y los cuidados e invisibilizadas en el poder, pero tiene que ver también con hacer de la política otra cosa. Hacer de la política un lugar para la cooperación y no para la competición, un lugar de complejidad en el que es posible, y deseable, hacer preguntas y pedir ayuda. Feminizar podría significar hacer de la política un verbo, un “hacer juntas”, un organizar juntas la vida en común, y no un atributo calcificado de unos pocos. Hacer de la política algo compatible con la vida, conciliable en el sentido más amplio: con la familia, con el descanso, con la lectura, con las amistades.

Feminizar la política tiene que ver con introducir otras gramáticas en el lenguaje: la de los afectos, las emociones o la empatía. Tiene que ver con producir formas de participación política en las que la escucha activa, y no únicamente el puro decir ensimismado de los más capaces, tenga un lugar preferente. Tiene que ver con tejer otra relación con la palabra. Una política feminizada ha de ser una política que cuide de lo que el escritor Manuel Rivas llama “as voces baixas”, las voces bajas de la historia, que son muchas y muy diferentes entre sí. En todas partes: en las instituciones, en el tercer sector, en tu asociación de vecinas, en nuestras organizaciones políticas. Y tiene que ver, por supuesto, con la construcción de nuevos liderazgos y de otra gestión democrática —esto es vital— de esos liderazgos.

¿El riesgo? Es evidente, a la vista de mi propia respuesta; que nos dejemos llevar por la idealización del concepto, que lo convirtamos en un fetiche y acabemos por perder de vista tanto su potencia transformadora como sus contradicciones. Y que en esa sublimación nos olvidemos de hacer los deberes, claro.

Ángela Rodríguez Pam

Feminizar la política es algo que estamos haciendo con mucho esfuerzo, quizás no con suficiente éxito y no tanto como debiéramos. Feminizar la política tiene que ver con el cambio de paradigma que estamos viviendo en formas, contenidos, voces y horizontes en la política; en definitiva, implica muchas cosas diferentes e incluso, algunas de ellas, contradictorias.

Por un lado feminizar la política es, evidentemente, hacer que más mujeres estemos en los espacios públicos. No sólo se trata de hacer que nuestras organizaciones sean más paritarias, o incluso que haya en sus cargos más mujeres que hombres, sino que las mujeres ocupemos aquellos puestos a los que no hemos tenido acceso a lo largo de la historia, o lo que es lo mismo, que lideremos. Esto último tiene la suficiente potencia y calado como para ser el motor fundamental de ese cambio de paradigma del que hablábamos. Es algo muy simple y brutal: las mujeres no estábamos (lo suficiente) y nuestra presencia (de forma al menos paritaria) se ha convertido en condición sine qua non para que el espacio político que colectivamente ocupemos tenga legitimidad suficiente.

Pero no puede ser solo eso. No cabe duda de que es bueno que ocupemos puestos de visibilidad, como también lo es que haya alcaldesas y secretarias generales, pero no nos podemos quedar ahí. No conviene olvidar, por ejemplo, las lógicas y semánticas que ejercemos en la política —nuestro savoir faire, por decirlo de alguna manera. Tampoco podemos desentendernos de los contenidos de las políticas que queremos llevar a cabo. Ambas están muy relacionadas, pues no cabe duda de que hacer nuestras vidas más vivibles y devolverles dignidad tiene que ver en un plano semántico con feminizarlas, en tanto que asociamos esto último con otorgarle un mayor peso a aspectos como los cuidados, la conciliación o economizar el tiempo. A su vez, este plano semántico se relaciona con otro estético: hablar en un tono de voz maternal, sereno y tranquilo. Los dos anteriores cobran sentido cuando aparece un tercer plano, el de los contenidos, el de las políticas para la igualdad. La cosa se complica cuando asumimos que aquí hay dos o tres planos diferenciados, y es curioso porque son, sobre todo, los hombres quienes últimamente han querido reconocer cosas separables. Para las feministas, feministizar la política consiste en implementar aquellas políticas que son capaces de hacer la vida más vivible. Sin embargo, existe un cierto convencimiento en esto que llamamos nueva política de que feminizar la política tiene que ver, en cierta forma, mucho más y en primer lugar con esos planos semánticos y estéticos comentados, siendo esto lo que desemboca de algún modo en ese tercer plano de contenidos. Resumiendo; por un lado hay quien dice que la irrupción de las mujeres hace que sea posible y necesario hablar de conciliación; por otro, quienes defienden que, debido a que el feminismo se ha convertido ya en un punto de partida inesquivable, más mujeres hacemos política y esto hace que vayan desapareciendo o siendo señaladas como viejas esas masculinas formas en las que gritar y enfadarse tiene que ver con tener razón.

Ahora en los actos de campaña hacemos anti-mítines, hablamos de nuestros hijos y nuestras madres, lloramos y no señalamos al cielo sino que nos agarramos el corazón con la mano. Quizás el mayor riesgo sea pensar que esto es de lo que va feminizar la política. Como feminista, estoy muy de acuerdo en usar feminizar en lugar de feministizar, si es que esto sirve para que todas y todos, populistas e izquierdistas, hombres y mujeres, hablemos mucho de conciliación, igualdad y evitemos que sigan los asesinatos machistas. Pero el riesgo está ahí; pensar que feminizar la política es simplemente algo estético, comunicativo, y que puede no tener que ver con hacer políticas feministas. Y, con todo, este no sería el peor riesgo, aún incluso asumiendo que el término es el que mejor engloba todo eso que es feminizar, en las tripas de los espacios políticos lo masculino sigue muy presente cuando se toman decisiones fuera de los espacios colectivos, que sigue siendo casi siempre. El poder sigue siendo masculino y solitario. Creo, después de todo, que feminizar la política es un relato que hacemos en contraposición a esa vieja política de pocos. Si estamos las mujeres también, estamos todas y todos. Feminizar la política es sobre todo democratizarla.

Silvia L. Gil

La feminización de la política es la extensión de la práctica feminista al conjunto diverso de lo político. Para desentrañar el sentido de esta afirmación, lo primero que debe considerarse es que la práctica no es lo contrario a la teoría, sino un conjunto de saberes, discursos y modos de hacer materializados en situaciones concretas. Una práctica resulta inseparable de los momentos históricos y de las ubicaciones particulares en las que se inscribe. Y lo político no se refiere a lo institucional ni a la representación partidista. Se trata de la expresión de la capacidad humana para modificar las cosas.

En segundo término, su uso debe comprenderse vinculado más al desarrollo de los movimientos feministas –discursos, metodologías, problemáticas– que con una esencia femenina. Lo femenino puede oscurecer contenidos, proyectando una determinada figuración normativa de la Mujer sobre todas las mujeres. No producir nuevas exclusiones pasa por interrogar dichos contenidos, abrir el importante debate sobre cómo una sociedad prefigura lo femenino. ¿Qué imaginarios damos por sentado? ¿Qué cuerpos los encarnan y cuáles no? Los movimientos feministas han tratado de cuestionar esas imposiciones preguntando siempre: ¿Cómo es que una mujer llega a ser lo que es? ¿A través de qué dispositivos de poder y enunciados persistentes logra consolidarse la categoría de lo femenino como si fuese natural?

Por último, no se trata de que haya más mujeres en las instituciones o en los espacios de organización política. No cabe duda de que es importante a nivel simbólico la presencia de mujeres en un mundo dominado por hombres. No debemos dejar de insistir en ello. El hecho de que las regidoras de las dos principales ciudades del país sean mujeres disloca las creencias sobre los papeles asignados, como aquellos por lo que las mujeres deberían mantenerse en el hogar. Sin embargo, esto no puede constituir el epicentro de nuestra imaginación política. Y ello por dos motivos, uno más obvio que otro. Si no existen algo así como valores naturalmente femeninos, y tampoco algo que automáticamente los convierta en buenos, la presencia de mujeres no garantizará per se el cambio. Tenemos infinidad de ejemplos en la política actual de mujeres que se posicionan del lado del poder o que en nombre de determinada feminidad justifican interpretaciones reaccionarias del cuidado –recato, sumisión, vuelta al hogar, doble jornada o incluso aborto–.

Si apelar a valores dados puede ser una trampa, entonces deben ser procurados. Aquí cobra sentido el motivo menos obvio al que nos referíamos: al desencializar la feminización de la política, pasamos de una lógica descriptiva –donde se contabilizan las mujeres presentes o se presuponen cualidades innatas no cuestionadas– a una creativa, donde debemos poner a circular nuevos valores. Pero hacerlo no desde el vacío, sino escuchando, retomando y multiplicando los conocimientos y herramientas que brindan las prácticas feministas, así como los saberes de quienes habitan posiciones de subalternidad.

2. SOBRE LA SITUACIÓN ACTUAL.

Clara Serra

Creo que este último año se ha producido una significativa transformación de las prioridades políticas que ha consistido en poner los problemas cotidianos de la gente real en el centro del debate, también los de las mujeres. Para Podemos ha sido fundamental apostar por hablar de los cuidados desde su comienzo y hemos conseguido hacer que otros partidos nos siguieran en esto, colocando en la agenda política temas como los permisos de paternidad y maternidad, el acceso universal a la educación infantil, la atención a la dependencia, la conciliación laboral y personal o familiar, etc. La perspectiva crítica que el feminismo aporta al análisis social y económico ha vertebrado un discurso y unas propuestas que Podemos ha colocado en el centro y que, además, ha conseguido hacer ganadoras y hegemónicas. A día de hoy, podemos decir que están en la agenda política cuestiones que antes eran completamente invisibles, y eso se debe a una apuesta feminista de Podemos que ha sido capaz de cambiar ya muchas cosas, cosas que tienen difícil vuelta atrás. Siempre he pensado que Podemos era y es una herramienta capaz de transportar cuestiones feministas que han permanecido en el margen hacia el epicentro de la política y que ese debía ser el objetivo estratégico del Área de Igualdad.

Dificultades, por supuesto, seguimos teniendo muchas. Eso sí, creo que a veces nos olvidamos de celebrar los éxitos y lo cierto es que en un camino tan largo y accidentado como el que tenemos por delante las mujeres feministas que queremos cambiar la política no nos podemos permitir no bailar y sonreír cuando tenemos motivos para ello. No podemos dejar de criticar y denunciar los obstáculos y los retrocesos, pero esa denuncia será más efectiva si también sabemos reconocer los logros y celebrar los avances de los que podemos estar orgullosas. La alegría es a veces políticamente más transformadora que el enfado.

Justa Montero

Esos procesos de ida y vuelta, tienen en la situación actual, una enorme potencialidad. La existencia de referentes políticos alternativos, mujeres que llevan el feminismo al espacio público, en posiciones de poder para nombrar, para establecer políticas y prioridades; que defienden de forma valiente, decidida y de corazón la vida digna de las mujeres frente a la violencia machista, frente a la precarización de sus vidas, y la negación del derecho a decidir; que reclaman recomponer su vida fragmentada por esa forma masculina de entender la política, donde lo personal no es político; que huyen de la trampa de la “meritocracia” y reconocen y legitiman a otras mujeres, y la dimensión que introduce el feminismo en la búsqueda de cambios en la situación de todas las mujeres.

Ellas dan legitimidad a los esfuerzos de tantísimas otras mujeres que desde muchos espacios, de forma solidaria y colectiva plantan cara al individualismo atroz del neoliberalismo y al machismo en todas sus manifestaciones.

Y marca también la importancia de las mujeres movilizadas y organizadas, porque no sería posible la presencia de tantas mujeres en los espacios de poder político sin esas experiencias colectivas desde las que se les da autoridad por medio de una perspectiva necesariamente crítica, donde el ser mujer no es una garantía para el “Sí nos representan” si no va acompañada de políticas de transformación.

En el momento actual los riesgos para una feminización de la política son de muy diverso tipo. Uno de los efectos de la involución democrática, de la ofensiva patriarcal que acompaña a las políticas austericidas, es el intento de profundizar y naturalizar las desigualdades entre mujeres y hombres. Es decir, de reasignar valores asociados a la feminidad y masculinidad hegemónica a mujeres y hombres —como si de categorías irreductibles se tratara y prescindiendo de otras identidades—, donde esos valores “femeninos” se identifiquen con procesos de desvalorización y discriminación de las mujeres en lo político, lo social y lo simbólico, siguiendo el proceso inverso con aquellas que definen la masculinidad.

Esto plantea el reto de tener que movernos entre la tensión de rechazar elementos negativos de los valores tipificados como femeninos, por los efectos que tiene en la situación de las mujeres, y resignificar los que tienen una potencialidad positiva para el cambio, que deberían ser generalizables también para los hombres.

Hay otros riesgos en esta feminización, el de la integración por un sistema que ha demostrado fehacientemente su fuerte capacidad para ello, asimilando los aspectos más estéticos y frenando todo lo que apunte a cambios reales para las mujeres.

Y dificultades no faltan porque, pese a los cambios, el machismo está bien presente en la vida política: la condescendencia masculina, propia de quienes no están dispuestos a aceptar a mujeres con voz propia, ni liderazgos femeninos/feministas; la complicidad para invisibilizar la “agencia” de las mujeres (en las instituciones y en los movimientos); el machismo reactivo y violento que desvaloriza y ridiculiza a las mujeres, que las maltrata y que avala la impunidad de todo ello.

Xulio Ferreiro

La feminización de la política está en el código fuente de la revolución democrática en curso. Es tarea de todos y todas, ya lo hacíamos fuera de los ayuntamientos, en los movimientos, en nuestros propios procesos municipalistas, pero son ellas, son algunas de nuestras compañeras, las que están empujando con más fuerza. Y se lo agradezco, porque no es fácil. Cuando accedes a las instituciones como lo hemos hecho nosotros, además de un proyecto político y una emergencia gestionas también una expectativa, un deseo, y ese deseo no está hecho exactamente a tu medida. La sed de cambio es nuestra, en efecto, pero la percepción que la gente tiene de lo que un representante puede y debe hacer, lo que espera de ti a fin de cuentas, es una construcción del adversario. Lo han hecho ellos durante veinte, treinta años en los que no se ha movido una brizna de hierba. Y entonces llegas y dices: ahora lo haremos de otra manera, ya veréis. Muy bien, ¿y mientras tanto? Mientras tanto hay que apañárselas, porque los ayuntamientos no cierran nunca, son la democracia más próxima, la de primera necesidad, 24 horas, siete días a la semana. Eso es lo que no siempre se ve. Para que uno concilie, otro deja de hacerlo. Para liberar horarios que antes también le pertenecían a la política institucional —las comidas, las cenas, el horario en el que tus hijos van al cole, la última franja de la tarde—, hay que maximizar el rendimiento de otros. Ocurre lo mismo en las organizaciones. No siempre es compatible ir rápido con ir lejos. Cuidar las voces bajas, escuchar, como decía antes, a veces exige reducir una o dos marchas. Tengamos paciencia. Estamos haciendo lo que había que hacer. Juntas. Y con alegría.

Ángela Rodríguez Pam

Hay algo que me parece escandalosamente peligroso que es poder llegar a pensar que Soraya Sáenz de Santamaría o Susana Díaz son elementos a tener en consideración a la hora de valorar positivamente el nivel que actualmente tenemos de feminización de la política. La situación de partida era y es lo suficientemente precaria como para que la simple aparición de mujeres hablando de cuestiones de Estado en prime time se considere feminizar la política. Esto aparte de ser un riesgo muy grande, el cual creo que tiene que ver con eso que antes comentaba que feminizar no siempre equivale a feministizar, ofrece una gran oportunidad que es absolutamente ganadora. Son los hombres los que dan ahora también pasos adelante para poner en valor esas semánticas femeninas. Son también los hombres quienes hablan desde lo pequeño y lo cotidiano de lo social. Para mí es un orgullo enorme compartir espacios políticos con hombres que trabajan por los cuidados y la conciliación, a todas luces esto ha generado un discurso que nos hace ganar a todos y todas, pero sobre todo nos ha dado un poco de razón a las feministas cuando decíamos que la igualdad no era sólo cosa de mujeres.

Por supuesto esto tiene sus riesgos. Recuerdo los minutos finales del discurso de Pablo en la Caja Mágica en la campaña de las pasadas elecciones en el que se emocionaba y no podía evitar llorar recordando el sufrimiento que habían supuesto las políticas tristes y corruptas de los últimos años. Recuerdo también que lloré al ver las lágrimas de Ada Colau hablando de su hijo Luca y del poco tiempo que pasaba con él. De hecho, solíamos comentar en campaña hasta qué punto habíamos incorporado las emociones y los cuidados en política; resultaba maravilloso ver cada vez más niños y niñas correteando mientras esperaban a que acabásemos los actos. Fui consciente del gran riesgo que corríamos cuando escuché a mi madre decir que por fin Iglesias no sonaba agresivo. De algún modo siniestro se vinculó la emotividad a la feminidad y esto, a su vez, se convirtió en una máquina de emoción, alegría y votos. Desde luego da que pensar. Por una parte, me niego a asumir que esta es la gran aportación de las mujeres a la construcción de nuevos liderazgos y, por otra, no puedo evitar pensar que cuando veo a Rita Maestre o a Yolanda Díaz brillar, hay algo de eso, mujeres que emocionan.

Silvia L. Gil

La potencia de la feminización de la política radica en dos aspectos. Por una parte, se refiere a una victoria: el feminismo se ha convertido en un lugar más común. Se ha impuesto el prerrequisito de la igualdad, reivindicaciones antes marginales se han hecho ineludibles y los sentidos del ser mujer se han ampliado (expectativas vitales más allá de la familia, cuerpos disidentes que escapan a los marcos convencionales de comprensión del género, incorporación de saberes ligados históricamente a las mujeres y propuestas que se vuelven parada ineludible –por ejemplo, el asunto del cuidado–). Esta extensión del feminismo no se expresa necesariamente en términos de una ideología feminista. Incluso parecería que para que pueda extenderse necesita deshacerse de los aspectos más codificados o identitarios.

Por otra parte, se refiere al desafío de incorporar las lecciones feministas en la política. Cabría preguntarse, por tanto, cuál de tantas lecciones resulta relevante en nuestro tiempo. Y la primera sería hacer de las diferencias un asunto central. En otras palabras, permanecer alerta a los efectos de exclusión producidos por las categorías sexuales, raciales o de clase con las que se maneja una sociedad. La política debe ser una práctica que ensanche constantemente sus fronteras, creando espacios políticos que en lugar de constreñir u homogeneizar habiliten las diferencias. La segunda lección consistiría en poner el cuerpo. Históricamente, la política se ha interpretado más como un discurso que como un afecto en el que los modos de ser –también el género o la sexualidad– se ponen en juego. Es fundamental que los estilos no reproduzcan las figuras masculinizadas dominantes. Tercera: parcialidad e inacabamiento. Los feminismos enseñan al respecto que cabe un hacer no heroico, que, en lugar de impulsar proyectos de emancipación totalizantes –pensables solo desde posiciones desencarnadas– piensa el compromiso en el mundo donde cada individuo o colectividad están enraizados. Esto no significa abandonar el acceso a lo general ni ceder al relativismo; pero sí una crítica a los absolutos y a las posiciones definitivas –tan propicias para las batallas identitarias–. Y cuarta: situar el cuidado en el centro. No se trata de reproducir relaciones de cuidado generadas en la desigualdad –hay que preguntar siempre: cuidar, sí, pero, ¿en qué condiciones: sobre qué interpretaciones culturales del cuidado, desde qué estratificaciones sexuales?–. El cuidado debe entenderse como una palanca para la transformación: el capitalismo globalizado se sostiene sobre cantidades enormes de trabajo invisible organizado según una ideología heteropatriarcal. La economía no puede desmontarse sin desmontar esa ideología.

3. SOBRE EL CAMBIO DESEABLE Y SUS AGENTES.

Clara Serra

Confío y deseo que el futuro sea la feminización de la política y que ésta sea, como ha dicho Ada Colau, una fuerza imparable. Creo que vendrá de la mano de mujeres, pero no sólo. También de hombres con una manera nueva y diferente de hacer política, convencidos de que eso que llamamos “feminización” es ahora la apuesta ganadora.

Feminizaremos la política si las mujeres estamos más presentes y si las feministas tenemos más protagonismo pero, también, si somos capaces de hacerlo bien. Y es que nosotras también podemos hacerlo mejor o peor, tenemos responsabilidad no solo en los éxitos sino también en los fracasos en el avance de una política feminizada y feminista. Mirando hacia el futuro diría que nos toca a las feministas seguir reflexionando sobre cómo hacer que el feminismo y la transformación que éste es capaz de producir en la política sea un proyecto de mayorías.

Yo tengo claro que Podemos no será mi proyecto si no es feminista, ahora bien, creo que el feminismo tiene muchas cosas que importar de Podemos. Podemos es un proyecto que aspira a ganar y creo que nuestro feminismo debe aspirar también a ganar, allí donde ganar significa ser un proyecto de mayorías que consiga colocarse en el centro y reordenar o rearticular la política desde ese centro. Conseguiremos cambiar la política y feminizarla si hacemos un feminismo ganador. Un feminismo, por ejemplo, que hable para las mayorías y, por tanto, que hable el lenguaje de la mayoría de la gente, que se haga entender, que parta de los consensos sociales y que aspire a transformar el sentido común, pero siempre con un pie en el sentido común existente. Un feminismo estratégico, esto es, que entienda la política como un juego que se da en el tiempo, que debe pensarse en el largo plazo y que está compuesto de diferentes fases, un feminismo que sepa elegir las batallas, que sea consciente de que no se gana todo desde el principio, que no pueden darse todas las batallas juntas, que unas conquistas nos ponen en mejores condiciones para abordar otras que no ganaríamos sin esos pasos previos, que a veces toca renunciar a dar algunas peleas para asegurar posiciones en otros terrenos y que, poco a poco, con inteligencia, con estrategia y con un plan a largo plazo es como podemos ganar. Eso es hacer política. Creo que es fundamental construir un feminismo que no impugne siempre, que no sea siempre en negativo, que no sea destituyente, que no se mantenga siempre en la crítica, que no se regodee en las malas noticias, en las decepciones, en los fracasos, un feminismo que no se aísle del proyecto político general, que no se convierta en algo separado, que no se vuelva un cuerpo extraño con lógicas propias. Necesitamos un feminismo comprometido e implicado en el proyecto de cambio general al que pertenecemos si queremos que sea transversal a dicho proyecto, necesitamos feministas implicadas en el proceso y no aisladas en espacios feministas o corremos el riesgo de ser una pieza marginal de este proceso de cambio. Necesitamos un feminismo imbricado y entrelazado con el discurso, la estrategia política, las apuestas y los retos de Podemos. Sólo si hacemos un “feminismo Podemos” haremos de este un proyecto político feminista.

Por último, necesitamos un feminismo que tome buena nota de algo que siempre ha estado presente en Podemos: no colocarnos allí donde el enemigo nos quiere. Forma parte de eso que entiendo por feminismo ganador; pensar cómo escapar de los clichés, las caricaturas, los encasillamientos, los tópicos en los que el feminismo ha sido colocado. Cómo escapar de esos lugares en los que las inercias colocan a las feministas, inercias del enemigo, sin duda, pero inercias que nos vuelven más impotentes. Escapar de esos lugares comunes donde el enemigo nos quiere colocar pasa por repensarnos con inteligencia, con estrategia, con la mirada larga y con la consciencia de que nuestra tarea es a largo plazo y tiene muchas fases.

Feminizar la política es, para mí, incorporar a la política cosas que han sido ajenas a ella, cosas que tienen que ver con lo que las mujeres somos capaces de traer e incorporar –los cuidados–, cosas que feminizan la política. Ahora bien, no habrá una verdadera revolución en la política si nosotras no entramos en ella de lleno y en plenas condiciones, es decir, con todos los recursos y las herramientas que forman parte inseparablemente del campo político. Feminizar la política pasa, por tanto, por desmasculinizar esas cosas que se nos han negado: la táctica, la estrategia, la inteligencia también son nuestras. Por eso debemos feminizar la política con un feminismo estratégico. Porque no podemos permitirnos no ganar.

Justa Montero

El horizonte de futuro pasa por encontrar una salida a la crisis económica y al régimen político que suponga un cambio radical, profundo del sistema. Urge, por tanto, materializar propuestas que respondan a los problemas globales y a los de la vida cotidiana, capaz de satisfacer el bienestar de las personas.

En estos procesos, las mujeres, las personas LGTBI, las y los inmigrantes, precarizados, afectados por las hipotecas, son parte de los actores y actrices que aportan elementos imprescindibles para esa nueva cultura política tan necesaria. Dan cuerpo a una ciudadanía movilizada y organizada que, confluyendo, impulsa una radicalización de la democracia, obliga a tratar lo que hasta ahora había sido invisibilizado y reclama la universalidad de los derechos desde el respeto a la diversidad y singularidad de las y los sujetos.

Si en este camino la nueva política instala en el centro de su discurso la feminización y, por tanto, se traduce en políticas reales de cambio para las mujeres, se abrirán nuevos horizontes de futuro para todas, lo que supondría una necesaria y extraordinaria manifestación del “Sí se puede”.

Xulio Ferreiro

El virus está inoculado, el proceso de cambio es imparable. Un ejemplo: Ada Colau no tiene vuelta atrás, decida lo que decida hacer Ada con su vida; su contribución, en este sentido, está hecha, y tendrá un recorrido larguísimo que todavía no somos capaces de anticipar con claridad. Como no tienen vuelta atrás las nuevas formas de organización y participación política, aunque unas plataformas desaparezcan y otras cambien de nombre o muten o corrijan su personalidad jurídica en las siguientes elecciones. Amador Fernández-Savater utilizaba una metáfora interesante para referirse a las transformaciones desencadenadas por el 15-M: el clima, el clima 15-M. En efecto, muchos de estos cambios tienen esa naturaleza meteorológica, no siempre visible pero constante, que permea y va calando y conquistando nuevas parcelas del sentido común. Si hacemos los deberes, quien venga detrás de nosotros tendrá que administrar una expectativa distinta a la estamos administrando nosotros. No tendrá que dar explicaciones si un alcalde quiere conciliar la carga de trabajo diaria con llevar e ir a buscar a sus hijos al colegio. Al revés, tendrá que darlas si no lo permite. Y habremos ganado. Otra vez.

Ana Rodríguez Pam

La feminización de la política es ya un hecho, no hay retorno posible en ello, lo dijimos y lo repetiremos hasta que sea una buena anécdota de un pasado peor: nunca más un país sin nosotras. Pero queda camino por recorrer. El horizonte pasa por la naturalización de todo esto. Aún hay feministas a las que les molesta que este movimiento se convierta en mainstream. Yo sólo espero que eso pase cuanto antes y las cosas de verdad cambien hasta tal punto que no sea interesante hacer una entrevista sobre este tema, porque ya lo hayamos ganado para todos y todas. Entre tanto, muchas más alcaldesas, muchas más lideresas, muchos menos gritos, mucha más alegría.

Silvia L. Gil

Cuando la feminización de la política se piensa en estos términos, inmediatamente deja de ser un asunto solo de mujeres –de su presencia, valores o cualidades–: interpela las fronteras de los espacios políticos que creamos, las representaciones de género naturalizadas en una sociedad, las normas sexuales inscritas en los cuerpos, la organización socioeconómica en su conjunto o la ausencia de democracia en el interior de los hogares. Nos encontramos, más que con la extensión de lo femenino, ante una apuesta política indispensable de nuestro tiempo por reconstruir la vida común desde otros criterios ético-políticos.

Por último, cabe preguntar, ¿por qué ahora esta reverberación del feminismo, inconcebible hace solo unos años? Vamos a lanzar una hipótesis: las condiciones actuales del capitalismo exigen algo de los feminismos. Pero no en el sentido de disponer de un ideario programático o de diseño institucional, sino en el de su capacidad para activar una política diferente; que recupera el cuerpo como lugar de resistencia, insiste en la profunda conexión entre poder y sujeto, piensa el cuidado de la vida en toda su diversidad, articula micropolítica con esferas globales, posibilita nuevos protagonismos, expresa las diferencias y piensa la vida común desde ellas.

El colapso civilizatorio lo es también de los valores masculinizados que han ido ligados a una determinada compresión del mundo –desarrollo, progreso, razón, dominio, individualismo–. Experimentamos su agotamiento en los efectos devastadores sobre la vida, y en un día a día más y más insostenible. Los feminismos ensayan visiones alternativas; intuiciones y propuestas tejidas por procesos, diálogos y afectos, movilizados en diferentes niveles para contrarrestar las políticas neoliberales. Necesitamos estas otras miradas. Por ello, más que feminización, quizá se trata de un necesario devenir feminista de la política