“Sumisión”: así se titula la última novela de Michel Houellebecq publicada en enero de 2015 cuyo impacto mediático trascendió las fronteras del país galo. El nihilismo de François, personaje principal de la novela, supone una buena descripción del punto de partida sobre el que trabajan las nuevas identidades políticas emergentes en Europa. Me refiero a esa disgregación, esa angustia, ese malestar cuyo síntoma es el mercado de las singularidades. Nostalgia de puntos de referencia, de valores sustantivos y de comunidad.

La extrema derecha francesa ha comprendido bien este punto y juega hoy con la falta de horizonte, la crisis de expectativas y una suerte de añoranza difusa hacia los grandes relatos. Su retórica invita a la épica. Entraña una apelación a la ciudadanía para recuperar colectivamente todo aquello que se siente a la vez como importante y amenazado. De este modo, el discurso del Frente Nacional conecta con el Make America Great Again de Donald Trump o el “Nuevo Día de la Independencia” que presidió la campaña británica en los días previos al Brexit. El punto decisivo es que todos estos discursos convocan a un pueblo a hacer cosas grandes; y además le piden que lo haga estando junto. Aquí se entrelaza la narrativa épica con la pasión de pertenencia.

Protección y orden como claves del discurso lepenista

Desde hace semanas la expresión que preside los discursos del Frente Nacional es “poner Francia en orden”. Lejos queda el ímpetu antagonista de Jean-Marie Le Pen; lejos también todas aquellas declaraciones que le hacían pasar por el personaje cizañero de la política francesa. Ya no se busca confrontar de esa manera. Lo que prima ahora es transmitir la idea de que se vive un conflicto y que el FN es el único agente capaz de apaciguarlo. La formación lepenista se proyecta entonces como solución de protección y orden, y se afana en parecer lo suficientemente preparada para ello.

En un contexto en el que domina el miedo (al desclasamiento, al terrorismo, al futuro), la disputa principal es por monopolizar el camp o semántico de la protección. Palabras como orden, cuidado, estabilidad o conservación se convierten en suculentas golosinas de la lucha entre partidos. Hoy todos los partidos franceses compiten en el campo semántico del amparo. Lo inquietante es que posiblemente el FN lleve la delantera en ese terreno. Más aún si tenemos en cuenta el inmenso camino a la izquierda que le ha abierto la designación de François Fillon.

Por eso desde el pasado noviembre la extrema derecha francesa multiplica los guiños al mundo simbólico de la izquierda enfatizando el perfil neoliberal y conservador de François Fillon y subrayando la necesidad de oponer protección a “libre mercado”. La estrategia más inmediata pasa por enumerar el proyecto de desmantelamiento del Estado social que plantea el programa de François Fillon y recordar sus medidas anti-populares como primer ministro de Nicolas Sarkozy durante los años 2007-2012. El objetivo de fondo es presentar a

François Fillon como un agente del desorden, esto es, como aquel que viene a desmontar todos aquellos parapetos que aún protegen al pueblo francés de la gran tormenta. Fillon sería entonces algo así como un “iluminado” que, lejos de entender el contexto y las necesidades del país, querría aplicar “religiosamente” un programa de ortodoxia neoliberal.

Frente a él, Marine Le Pen aspira a encarnar el “sano sentido común” que clama por recuperar la seguridad perdida: en la calle, en los barrios, en las fronteras; pero también en el trabajo o en la manera de ser y vivir. “Quiero reinstaurar el orden en Francia en los próximos 5 años. Deseo recuperar el orden en la Justicia, permitiendo a la policía disponer de los medios y las instrucciones pertinentes para impedir que los criminales y delincuentes hagan daño. Deseo recuperar el orden en la Escuela. Deseo volver a poner orden en la Diplomacia. Deseo recuperar el orden en la Economía para volver a llenar de sentido al valor del trabajo. Quiero recuperar el orden en la organización territorial para luchar contra la desertificación de nuestras zonas rurales y nuestras periferias. Quieroreinstaurarlalaicidad en nuestra sociedad que, en los últimos años, no ha cesado de recular por culpa de los gobiernos de la UMP y del PS”.

La operación de la extrema derecha es interesante y peligrosa: hacer acopio del lenguaje republicano y reorientar ese sentido común dominante hacia posiciones propias del nacionalismo radical. Ocurre con la laicidad o el feminismo (que se usan para atacar a los musulmanes), pero también con el papel del Estado o los derechos sociales (que se reivindican por oposición a unas élites cosmopolitas y neoliberales). Lo decisivo es que, del mismo modo que el emperador Constantino al amparo del papa Julio I transformó las Fiestas Saturnales (paganas) en nuestra actual Navidad, así también el partido de Marine Le Pen toma valores muy celebrados por toda la sociedad francesa y los reconfigura a su gusto. El emperador Constantino se hizo cargo de unas fiestas muy queridas y celebradas por los romanos y, manteniéndolas, les dió un sentido completamente nuevo. Esta doble operación (primero acaparar, después resignificar) fue la base de su éxito. La prueba es que hoy ya nadie habla de Saturnales.

Es imposible saber qué habría ocurrido si en lugar de esta sutil apropiación, el papa Julio I y el emperador Constantino hubieran prohibido esta fiesta pagana, sancionado a quien la celebrara y tratado de sustituirla por otra nueva en una fecha distinta al 25 de diciembre. Probablemente no habría funcionado. Por eso cuando señalamos el factor anti-establishment para explicar el éxito de movimientos como el de Geert Wilders, Marine Le Pen, Hofer o Donald Trump, tenemos que reparar en este doble movimiento. El Frente Nacional es exitoso en su oposición al establishment no porque realice una labor impugnatoria global y sin concesiones, sino porque articula proposición y crítica en un intento de sustituir a las viejas élites por un proyecto de renovación del país que consiste básicamente en “recuperar lo perdido”. Ese mensaje, “Recuperar lo perdido” (a saber: la protección, la seguridad y los antiguos valores) funciona como superficie de inscripción a la que se suman toda una serie de reclamos de la sociedad francesa y, lo que es más importante, una miríada de sentimientos muy vagos de nostalgia y desamparo.

Es posible que la izquierda tenga dificultades o se sienta incómoda con el campo semántico de la protección, pero hoy buena parte de la ciudadanía europea demanda cobijo y certidumbre. Puede ser que una palabra como “seguridad” a muchos les suene ajena a nuestra tradición política. Sin embargo, existen otras palabras muy próximas a ella como “protección” y “cuidado” que constituyen en el presente un terreno de disputa política fundamental. Hoy en Europa quien esté en condiciones de encarnar mejor estos conceptos tendrá buena parte de la partida ganada.