Es el lenguaje, estúpida (y es suyo)

Alba González Sanz

Cuando el bueno de Felipe V guardó su porra de centralizar el reino y miró alrededor, descubrió que ni Madrid era París ni el trono ya asegurado olía a Versalles. Si la primera impronta borbónica en España consistió en trece años de guerra, podríamos decir que lo que siguió fue un trasplante de estructuras, modos y costumbres del norte de Pirineos a la nueva corte. Soplaban vientos de razón en la ciencia y tocaba, entonces, ponerlos a soplar a favor. La Real Academia Española de la Lengua se fundó en 1713 con esa divisa resumida —limpiar, fijar, dar esplendor— en un contexto en el que además de unificar las formas de gobierno del nuevo territorio, era preciso impulsar y normativizar un idioma. Sí, los afanes por la lengua nunca han sido del todo neutros.

Más de trescientos años después, la RAE sigue siendo una institución con cierto poder y no poca polémica. La más sonada, que arrastramos desde 1853 con la escritora hispano-cubana Gertrudis Gómez de Avellaneda, es la que negó el acceso de las mujeres a sus sillones sin más razón que la costumbre ni más argumentos que algunas perlas de la misoginia patria. Una actitud recurrente también en otras instituciones que debemos al impulso ilustrado de los sucesivos monarcas de aquella casa: tampoco la Sociedad Económica de Amigos del País ni su sucesor, el Ateneo de Madrid, fueron proclives a las faldas si no era como excepción o como adorno en fiestas de guardar. El Ateneo, más sabio en vientos y mareas, hizo socia a Emilia Pardo Bazán en 1905, en un zasca consciente a la vecina Academia.

Hablamos de hablar, al fin y al cabo, y por mucho que se haya pretendido hacer pasar por neutra la labor de fijar y limpiar el lenguaje, si algo nos enseña el diccionario es que consigna mentalidades, ideologías e inercias que no suelen ser inocentes

En nuestra época, tras abrirse la veda de las mujeres con Carmen Conde en 1978, a la discusión sobre la escasez de académicas se ha sumado en las últimas décadas la referida al uso no sexista e inclusivo del lenguaje, que alimenta titulares y tribunas con una fuerza sorprendente. Hablamos de hablar, al fin y al cabo, y por mucho que se haya pretendido hacer pasar por neutra la labor de fijar y limpiar el lenguaje, si algo nos enseña el diccionario es que consigna mentalidades, ideologías e inercias que no suelen ser inocentes. La posibilidad de nombrar y de nombrarse puede leerse, en realidad, como la capacidad de hacerse inteligible para un sistema. Que la palabra “alcaldesa” se definiese como “la mujer del alcalde” hasta hace no mucho solo significa que la ciudadanía política de las mujeres en España no era, no es, plena. Ocultar a la mayoría de la sociedad esa conexión, escondida en la presunta verdad de la filología, nos aboca a una reflexión política que, desde el feminismo, tenemos que abordar con mayor amplitud de miras que el mero cambio de algunas acepciones.

Sí, voy a ser polémica. No ganamos nada, en cuanto a la función de preservar e historiar el lenguaje —que, política al margen, es muy importante—, si el diccionario borra tras la palabra “fácil” el significado específico que el adjetivo adquiría junto a la palabra “mujer”. Pienso en las filólogas del futuro y en quienes tengan que interpretar nuestra época por sus textos. El ejercicio realmente útil para una reparación de este uso del idioma serían marcas de lectura que maticen la definición: fácil, mujer: (machista) expresión empleada para denostar desde la perspectiva patriarcal-conservadora a aquella mujer que hace uso de su libertad sexual. ¿Llenaríamos el diccionario de “machistas”? Es posible, pero también hay unos cuantos “en desuso” y nos parece oportuno que se nos aclare que es un empleo antiguo de los términos o cuál es el idioma original de procedencia.

¿Qué pasa con la RAE? Pasa el estatus, en términos de Bourdieu: el entramado de alta cultura que confiere a ciertos sujetos un aura de legitimidad intelectual imprescindible para apuntalar esas estructuras e inercias poco favorables al pensamiento heterodoxo (valga el feminista, el libertario, el no centralista, el poco católico). Y, como hablamos de hablar y de la importancia del derecho a la palabra, no molestan las columnas de Marías contra el feminismo en tanto que aportes a esa misoginia vernácula, sino como refuerzos de un sistema de poder del que el buen señor forma parte. A mí no me importa Marías por errar dos o tres conceptos básicos de las ciencias del momento, sino por esa impunidad de quien tiene la sartén por el mango y trata de escaldar todo aquello que altere su poder.

La RAE es una pieza fundamental, un pilar maestro, que sostiene la condición imperfecta de la ciudadanía femenina

Como bien sabía Felipe V, no basta con reprimir, unificar las leyes e invocar esa “nueva planta” que en los papeles genera la estructura. Es necesario que el poder descienda por toda ella, por los espacios más insospechados, para que sea pleno. No estoy diciendo, ni mucho menos, que el libro secreto sobre el que juran los señores académicos se proponga erradicar el feminismo o los derechos de ciudadanía de las mujeres. Pero sí que la RAE es una pieza fundamental, un pilar maestro, que sostiene la condición imperfecta de la ciudadanía femenina, portada sobre el cuerpo de una forma que se mide en la cantidad de violencia que se ejerce contra él.. Un recordatorio constante de que mientras no rompamos el contrato de los hombres en tanto que legisladores y dueños del capital, la esfera de lo público no será nuestra.

A España le sucede, como diagnosticó Concepción Arenal ya en 1883, que no tiene una opinión pública formada e informada, capaz de ir más allá de la arenga o tuit de incendio. En este asunto tienen mucho que ver el vivan las caenas, los Borbones y todo un siglo, el XIX, que recomiendo leer, por lo menos, a través de Galdós. Aquí la gente difícilmente cambia el voto o el parecer sobre algunos asuntos capitales. Y ciertas instituciones hacen más difícil lo que debería ser su cometido, escondiendo bajo falsa neutralidad científica su papel protagonista en la costumbre. La costumbre, muy española, de la “misoginia gramatical” –que censuraba María Lejárraga en 1931 al exponer el caso de cómo las españolas accedieron a la universidad (a quien redactó la ley se le olvidó prohibírselo, así que por breve tiempo cupieron en la palabra “españoles”, en un supuesto genérico que pronto dejó de ser tal, por real orden)– nos sigue sirviendo hoy. Puede que decir “niñas y niños” redunde contra la economía del lenguaje (y, sinceramente, ¿a quién le importa lo que nos cueste decir algo si lo que de verdad queremos es decirlo mejor?), pero lo contrario, ese masculino genérico “niños”, acostumbra a las pequeñas, desde el principio, a medir el mundo en el silencio de lo que no se nombra, apéndices de otro que es, en realidad, el uno, la medida, el centro. Si el genérico, la generalidad, la norma, es la medida del varón, la reproducción social en la institución domestica sin tregua, sin dificultad y con esplendor a la mitad de la ciudadanía.

Un país que concibe “alcaldesa” como femenino de “alcalde”, persona electa que gobierna una ciudad, no es el mismo país que bajo ese femenino alberga sólo una adscripción relacional vinculada al matrimonio con un cargo público

Escribió la catedrática de literatura española Noël Valis, precisamente a propósito de un episodio nacional de Galdós, que lo que hacemos con el lenguaje nos lo hacemos a nosotras mismas y a las demás personas. La forma en la que nos expresamos no es inocua, pues un país que concibe “alcaldesa” como femenino de “alcalde”, persona electa que gobierna una ciudad, no es el mismo país que bajo ese femenino alberga sólo una adscripción relacional vinculada al matrimonio con un cargo público. Por aportar otro ejemplo común: la burla con la que podemos tomarnos unas “almóndigas” o unas “cocretas” refleja un clasismo que también nos habla del sistema educativo y de castas de un país en el que amplias capas de la ciudadanía no se benefician de una educación que les permita emplear correctamente su lengua. Lo que hacemos con el lenguaje es lo que nos hacemos a nosotras mismas… o lo que nos han hecho. Y, quizás como filóloga, de esas acciones quiero huellas en un diccionario, catálogos de infamia e injusticia que nos permitan no olvidar el camino recorrido.

Porque hablamos de hablar, y en el uso y la textura del lenguaje nos va, si no la vida, sí las condiciones de dignidad en que podemos vivirla. A este artículo que se propone señalar que no hablamos de algún significado que pueda ofender en lo inmediato, sino de comprender cómo el poder también es el de hablar y contarse, podemos sumar la vigente situación de la libertad de expresión en ese territorio unificado a porrazos. La ecuación trasciende con mucho la crítica articulada desde el feminismo para recordarnos otra cosa que la poesía, por cierto, viene cultivando en las últimas décadas con gusto: tan importante como la tierra es acceder al lenguaje del amo, destruirlo, hacerlo habitable. Cambiar una palabra, quitar una estatua, exigir la reparación inmediata de una ofensa borrándola del mapa hace flaco favor, pienso, a la causa del feminismo y sí un es un gran aporte al lenguaje del amo, que nos concede gracias mientras se beneficia de la reparación por amnesia. Expliquemos el poder, lo que subyace a un “portavoza”, lo que somos como pueblo cuando medio diccionario asocia de forma irresoluble que aquella que goza y disfruta con libertad de su cuerpo es un ser a despreciar, exterminar o no respetar. Cuando alguien se ría, todavía hoy, del “miembros y miembras”, pensémoslo así. Quizás ese día estemos más cerca de que importe poco o nada el error de juicio y la opinión estrafalaria de cualquier Javier Marías.

Alba González Sanz es filóloga y Doctora en Género y Diversidad

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