Las palabras de José Julio Rodríguez Fernández (Ourense, 1948) se van desgranando despacio, como si hablar fuera para él sobre todo pensar, como si no pudiera distraerse de la importancia de decir bien lo quiere decir, como si quisiera recordar a cada momento la potencia y el peligro de las palabras, como si él hubiera aprendido también la disciplina del lenguaje.

Sin duda, tiene mucho que decir. Militar de carrera que alcanzó la máxima responsabilidad, general del ejército del Aire. Jefe del Estado Mayor de la Defensa en el gobierno de Zapatero, entre 2008 y 2011, de la mano de la ministra Carme Chacón. Además de su carrera militar, ha dedicado su vida al estudio y al conocimiento de distintas artes. Pero no es sólo su larga experiencia vital y profesional lo que le autoriza a hablar. Su profunda formación en distintos campos, su sensibilidad y su compromiso social le convierten en un testigo esencial de la historia de las últimas décadas.

El 23 de febrero de 1981 los militares se alzan contra el Gobierno de España en un intento de golpe de Estado, que se convertiría en el hecho fundacional del régimen democrático actual y que al mismo tiempo dibujó sus propios límites. ¿Cómo lo vivió?

Siempre he dicho que formalmente España pasó a ser una democracia en el 78, pero que realmente nos hicimos demócratas en el 81, tras el golpe de Estado. Fue un shock para toda la sociedad, también para los militares. Las Fuerzas Armadas son una institución muy conservadora, pero en el interior muchos estaban de acuerdo con el cambio que estábamos viviendo y en ese momento comprendieron que, si triunfaba el alzamiento, podíamos volver a retroceder décadas.

Yo estaba destinado en Valencia, en la base. Cuando llegó el momento, me di cuenta de que aquello era un golpe de Estado de libro. En Valencia, el golpe lo dio Milán del Bosh, que sacó los tanques a la calle y dejó a la base aislada, así que estuvimos pendientes de lo que iba ocurriendo, intentando escuchar la radio y enterarnos de qué ocurría fuera. Las radios sólo transmitían las bandas militares que había impuesto Milán del Bosch, pero por onda corta logramos escuchar alguna emisora de Madrid y la BBC. Nos dimos cuenta de que no era un golpe en toda España, sino que estaba localizado en Valencia y el Congreso de los Diputados. En ese momento, oímos a Rosa María Mateo e Iñaki Gabilondo, que eran periodistas de firmes convicciones democráticas, y nos tranquilizamos. Luego, llegó el discurso del rey. Fueron momentos muy duros, pues había mucho golpista en el Ejército. Eran muchos los que estaban de acuerdo con dar un golpe de timón.

Tras el golpe finaliza la Transición y comienza una nueva era en España con el gobierno de Felipe González, una etapa de progreso pero llena claro-oscuros. ¿Cómo fue el cambio en las Fuerzas Armadas?

Una cosa fue el paso formal a la democracia en los cuarteles, con la Constitución y las nuevas leyes impulsadas por el PSOE, pero el proceso más importante, y también más lento, fue el cambio de las mentalidades. Eso requirió una política de apertura hacia afuera, que los militares salieran de España y conocieran otros ejércitos democráticos. Como en otros aspectos, la entrada en la UE fue clave para consolidar la democracia en las Fuerzas Armadas.
El más reacio al cambio fue el Ejército de Tierra, que históricamente siempre había mirado hacia adentro, hacia el mantenimiento del orden interno, más que hacia la defensa del país. Fue por ello un cambio lento, que requirió el relevo generacional y una nueva mentalidad.

Inspirados en Portugal, en el interior de las Fuerzas Armadas también hubo una lucha por la consolidación de la democracia.

Por mis ideas,cuando hice el curso para comandante, sufrí una cierta represión y me enviaron a destinos que suponían una forma de castigo. Sin embargo, después del golpe, salí a manifestarme con el resto de la ciudadanía. En la manifestación de Valencia, llevaba a mi hija a hombros, tenía tres años, había nacido en el 78, igual que Pablo Iglesias. Como militar, me correspondía ser apartidista, pero no apolítico. Participé como un militar profesional en todos los debates que se daban en las Fuerzas Armadas defendiendo una línea progresista.

Pero, cuando fue realmente duro ser un demócrata en el Ejército, fue antes de 1978. Los militares de la UMD se jugaron su carrera y su vida. Ellos y también sus familias fueron víctimas de la represión del régimen. La UMD es la prueba de que no todos los militares eran iguales, hicieron una labor heroica y sufrieron las consecuencias. Después, ni fueron amnistiados ni reconocidos. Cuando el reconocimiento es tardío nunca es suficiente. Les dieron una medalla 30 años después, pero muchos no llegaron a verlo porque murieron antes.

Tras esa etapa socialista llegó el gobierno Aznar y, con él, la invasión de Irak y el ‘No a la guerra’.

Aznar tomó una decisión política de espaldas al pueblo. El “no a la guerra” fue unánime. El gesto del presidente Zapatero fue reconocido por todos, puesto que el Gobierno se había equivocado.

Yo participé en las manifestaciones en Madrid. Pensaba que era mi deber de ciudadano, pero no fui de uniforme ni hice ostentación de mi condición de militar. Como militar tienes que obedecer las órdenes y estar al servicio del poder civil y, si este dijo que había que participar en la guerra, a los militares no les quedaba otra opción. No fue mi caso porque el Ejército del Aire no participó en esas operaciones, así que yo pude manifestarme.

El Gobierno de Zapatero supuso una nueva oleada de progreso, sobre todo en materia cultural y social. Una ministra de Defensa embarazada y a usted le llega el encargo de ser JEMAD.

Para llegar a ese puesto influyeron muchos factores. En primer lugar, la suerte.La verdad es que me sentí muy cómodo en ese equipo, porque estaba muy bien definidos los límites entre lo político y lo militar. Creo que me gané la confianza de la ministra y del Gobierno. Creo que también que fue un periodo muy beneficioso para las Fuerzas Armadas, fue en esos años cuando, según el CIS, más aumentó su nivel de aceptación social.

Todo el capital generado por Zapatero en materia cultural y social se esfumó en un momento por la economía. Y es el momento en el que miles de jóvenes se reapropian de la política y toman las plazas. ¿Cómo vivió ese momento?

Cuando llega la crisis económica y el 15M me di cuenta de que había una desconexión entre los cuadros políticos y el resto de la sociedad. Para mí, ese movimiento fue muy significativo, me impactó y me hizo recuperar esa ilusión por la política que había tenido en los inicios de la democracia. Creo que la democracia es algo que tiene que estar vivo, pero hasta ese momento nos habíamos conformado con elegir a unos representantes. El 15M devolvió la ilusión y el sentido de la política a la gente joven. Yo no era joven, pero a mí también me lo devolvió todo esto.

En esos momentos, yo ya no era JEMAD, pero sí estaba sujeto al régimen militar porque estaba en la reserva. Me acercaba como curioso a la Puerta del Sol a ver el movimiento y conocía a amigos de mis hijos, que estaban allí también. Me pareció un movimiento muy rico. Le faltaba quizá,desde mi punto de vista, desde mi mentalidad, organización. Y ese fue el mérito de Podemos, trasladar las ideas a las instituciones. Organizarse no quiere decir despegarse de la sociedad, sino seguir ligado a ella.

Y de ahí a Podemos.

Como ciudadano, soy de Podemos desde su nacimiento, pero nunca pensé en entrar en política, hasta que, por una serie de contactos, alguien se me acerca y me ofrece esta posibilidad. Pensaba que, por razones de edad, ya no podía aportar nada a la política, pero pensé que, si me lo ofrecían, era porque podía contribuir a ese movimiento. Entonces, aún con muchas dudas, acepté y me entregué como militante. Me daba igual ir como diputado o lo que fuera, solo quería comprometerme con el proyecto. Y en eso sigo todavía.

¿Cómo ha sido su experiencia?

Yo sabía que mi decisión iba a producir sorpresa, pero no esas desmesuradas reacciones que vimos. Se me dedicó un Consejo de Ministros y una rueda de prensa de la Vicepresidenta. También me sorprendió la reacción de muchos compañeros. Pero, si esto ha servido para despertar tantas reacciones, es que mi decisión ha sido la acertada, a pesar del coste personal y familiar.

Coincidiendo con su incorporación al proyecto, asistimos a los atentados yihadistas en París, ahí Podemos jugó un papel valiente, manteniendo una posición a veces difícil de explicar en un momento como aquel.

Fue una posición que ahora, pasado el tiempo, se demuestra que fue la más correcta. Sí, fue valiente, porque estábamos casi en campaña y podía tener costes electorales, pero asumimos que las reacciones a estos acontecimientos no pueden ser viscerales, sino pensadas con la cabeza y teniendo en cuenta el largo plazo. Hoy sabemos que nuestra estrategia es la correcta. Hay que ir al fondo del problema: el tráfico de armas, la financiación de los grupos terroristas y el sufrimiento de la gente que está allí. La postura de Podemos fue muy valiente y asumimos que podía tener costes.

En este sentido, he ganado a nivel personal. El ser aceptado por un proyecto joven me ha rejuvenecido. Pero lo que más fuerza me ha dado ha sido ver a mucha gente con una dedicación tremenda, gente que trabaja 25 horas al día, que da mucho a cambio de nada. A nivel personal, ha sido muy enriquecedor. Por eso, colaboro en lo que se me pide y seguiré implicado en el proyecto. Estamos viviendo en España un momento histórico y tenemos que seguir con ilusión.

Uno de los conceptos que ha puesto en valor Podemos, y que marca la diferencia con anteriores experiencias políticas de cambio en España, es el de “patria”, una palabra que se refuerza y adquiere una nueva dimensión cuando usted la pronuncia.

Hay palabras que el uso las va desgastando, como son democracia, libertad y patria. Son palabras que las ha robado un sector determinado y las ha utilizado mal. Patria es estar cerca de la gente, no es una palabra que se pueda atribuir una institución o un determinado partido o grupo, que por creerse que es portador de valores eternos le pertenece. Utilizarla en los mítines como lo hacemos nosotros es lo correcto, porque le hablamos a ella, y no tenemos que dejarnos robar estas palabras. Son palabras muy ricas.

En este sentido, Podemos ha apostado por conjugar el concepto de patria con la apuesta por la plurinacionalidad.

Vivimos en un Estado plural cuya riqueza está en la diversidad. Y lo que tenemos que hacer es darle voz a toda la gente. Tener miedo a que la gente decida es tener miedo a la democracia y a tu propio pueblo. Las distintas nacionalidades, como la gallega, la vasca o la catalana, son el verdadero valor de la marca España.