El Pacto Feminista que está por venir

Sofía Castañón
Foto: Irene Lingua

Estoy en la Sala Lázaro Dou. Llevo una camiseta de tirantes y estoy muerta de frío. Afuera, Madrid está ardiendo pero el aire acondicionado de las puertas del Congreso hacia dentro me ha tenido estornudando dos semanas. A mi alrededor diputadas y algún diputado de la mayor parte de grupos parlamentarios de la Cámara han elevado la voz hace rato. Se pisan, cuesta poner orden. Junto a mí, Pam ha desistido de pelearlo. ¿El qué? Tengo una sensación profunda de extrañamiento. Vuelvo atrás.

2016. Inicio de una legislatura que resulta ser breve e irrelevante. La víspera de prometer el cargo, estoy con Marta, Laura, Nico y Juan. Qué viene a partir de ese momento. Qué queremos hacer. Ojalá en la Comisión de Igualdad todas las mujeres nos pongamos de acuerdo porque urge hacer algo contundente con la violencia machista. Al día siguiente, prometo por “les nueses güeles y les nueses fíes” (nuestras abuelas y nuestras hijas, en la lengua que hablo con mi abuela y también con mi hijo). Es una declaración de intenciones, porque nos queremos vivas. Llevamos en esa legislatura breve una proposición no de ley para que ampliemos el concepto de violencia de género al Convenio de Estambul y se salga del ámbito de pareja y expareja. No sale adelante por oposición de PSOE y PP.

2016, unos meses después y otra legislatura —que a día de hoy no es breve, pero hay quienes buscan que sea también irrelevante— el PP y el PSOE llevan a la Cámara la propuesta de una Subcomisión por un Pacto de Estado en materia de violencia de género. En febrero de 2017 arranca el trabajo, que pasa por escuchar a casi 70 comparecientes (personas expertas a las que hemos invitado, de manera ponderada —esto es, en función de la representación de cada cual—, los grupos parlamentarios). La Subcomisión es a puerta cerrada por reglamento. Podría haber sido pública si todos los grupos hubiera estado de acuerdo. El Grupo Popular se negó.

“Ojalá en la Comisión de Igualdad todas las mujeres nos pongamos de acuerdo porque urge hacer algo contundente con la violencia machista”.

Comienza entonces una especie de máster en violencias machistas que convierte los días de la semana (a veces el ritmo era casi de lunes a viernes, en cuanto no había pleno se programaban sesiones que podían durar entre tres y cinco horas) en conocimiento exhaustivo del dolor. Juezas, fiscalas, juristas, psicólogas, activistas, feministas históricas, analistas, expertas en medios de comunicación, en violencia simbólica, una trabajadora de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, una superviviente de intento de asesinato, cargos institucionales. Repienso esta última frase. En realidad, el máster tiene que ver con dolor, con miedo, con inseguridad, con situaciones de impotencia. El máster dice: “violaron a una mujer introduciéndole piñas en la vagina, pero como era migrante lo que ocurrió es que la administración la dejó sola y la quiso mandar a su país de origen”. El máster dice: “doce puñaladas, y sobreviví y no tenía ni para un colchón, tuvieron que hacer los vecinos una colecta porque el mío se lo habían llevado porque estaba lleno de mi propia sangre”. El máster dice: “muchos oficiales hemos puesto dinero de nuestro bolsillo para pagar hoteles porque después de denunciar a su marido no teníamos dónde pudieran pasar la noche y no podíamos dejar que volvieran a casa, porque su vida estaba en peligro”. El máster dice falta de sensibilidad, de formación, de recursos. El máster dice que hay que revisar la ley de 2004 pero que mayor problema es lo poco que esta ley se ha puesto en funcionamiento. El máster dice educación, formación, garantías, recursos. Todo el rato.

Y no, después de esa especie de máster, esos meses de conocimiento en profundidad a través de personas expertas de todos los ámbitos, no vas a ver las cosas igual. No hablo de que ante algunos relatos, te saltan las lágrimas, que ocurre, claro. Me refiero más a una toma de conciencia profunda de cuál es el peligro, la posibilidad continua. De la suerte de que esto no te ocurra a ti. O debería decir, el privilegio, porque es transversal, sí, pero también ayuda. Me paso sesiones preguntándome “¿todavía alguien cree que esto le pasa a las demás?”. Miro a las mujeres de esa subcomisión y no acierto a responderme. Cruzo la mirada con Pam y parece que me lee el pensamiento. Nos entendemos. Pensamos en lo que está por venir.

Lo que está por venir es la negociación de las medidas del informe. Lo que tiene que recoger. Lo que no. Se opta por el acuerdo unánime. Esto es, nada irá en el informe que no sea aceptado por todos los grupos parlamentarios. Pensémoslo en lo práctico: no entrará la derogación de la Ley Montoro para devolver las competencias a los ayuntamientos (sólo que se devolverán las que tienen que ver con violencia de género). No entrará la garantía habitacional, que supere el concepto de casas de acogida. No entrará la ratificación del convenio 189 de la OIT, que pueda dar garantías a las trabajadoras domésticas. Puedo seguir con la enumeración, pero de verdad es muy larga. Lo unánime se parece a un té sin teína: puedes beberlo como si fuera a hacer el efecto del té, pero no es verdad.

Todo esto ocurre con un tácito acuerdo no verbal de silencio. Nosotras somos las que sacamos la puntilla a todo. Nosotras somos las que planteamos aquello que nadie ha pensado, la pregunta incómoda, las que usamos de otra manera el lenguaje y los conceptos. No es aposta, claro. Ocurre. Además, nosotras somos las jóvenes (también la compañera de Compromís, que además suele tener intervenciones en esa misma línea). Esto tampoco es aposta, esto también ocurre. Queremos hacerlo todo bien, no poner en peligro la negociación. “Ser buenas diputadas”. Y no damos declaraciones a la salida. No contamos lo que está pasando. Queremos ser buenas diputadas y esa sala se vuelve opaca y fuera de ella nos quedamos sin voz, con todo lo que eso nos revuelve. Pero queremos sacar nuestras medidas, queremos que esto sirva, no ponerlo en peligro.

“Nosotras somos las que planteamos aquello que nadie ha pensado, la pregunta incómoda, las que usamos de otra manera el lenguaje y los conceptos. No es aposta, claro. Ocurre”.

Tras mucho debate, muchas discusiones —tan acaloradas que a veces tenemos que parar y darnos media hora, y otras veces tenemos que parar y darnos varios días—, tras muchas trampas por parte del Grupo Popular que nos dice durante semanas que está elaborando el informe para que desde ese texto hagamos las enmiendas y resulta ser mentira, y de nuevo más recesos, más prórrogas; llegamos a un borrador que genera consenso. Un consenso que sin embargo sabemos que no sirve para solucionar de verdad el problema de la violencia machista. Un consenso al que llamarlo de Pacto de Estado, con lo que ello implica, le va grande. Vemos cuatro problemas fundamentales. Uno. No sabemos con qué recursos ni en qué tiempo esas más de doscientas medidas se van a llevar a cabo, fuera de algunas vaguedades que no son compromiso ni son nada. Dos. Las medidas se ocupan de la punta del iceberg, la violencia, pero no hay medidas de igualdad que acometan las causas que originan esa violencia. Tres. Aunque se citen los tipos de violencia contra las mujeres que hay, las medidas no sirven más que para el que ya teníamos reconocido por ley, el que se ejerce en el ámbito de pareja o ex pareja. Y cuatro. No se cuenta realmente con quien han hecho que estemos hablando y trabajando ese informe durante meses: el movimiento feminista. No nos parece suficiente, no queremos una foto sonriendo con algo que la gente lleva pidiendo y en lo que ha estado meses confiando porque nos va la vida en ello. Así no.

Nos reunimos con mujeres de distintos colectivos a las que habíamos ido consultando, contando, con las que habíamos compartido jornadas de trabajo, las que formaban parte de lo que nosotras estábamos haciendo y defendiendo. Les dijimos cómo lo veíamos, pero que en última instancia nosotras hacíamos lo que ellas considerasen, porque a eso vinimos, a ser vehículo en la institución. Nos dijeron que ese Pacto así, sin recursos claros, sin calendario, sin medidas de igualdad, sin ampliar de verdad el concepto de violencia machista en lo que importa (la protección, la sensibilización, la prevención…) no servía.

En democracia, un pacto tiene que ser más que un acuerdo. Tiene que ser una decisión, o un conjunto de decisiones. Desde esa certeza facilitamos en la propia subcomisión que el Pacto saliera pero nos abstuvimos en aquel extraño mes de julio de 2017, durante una sesión que tenía algo de fin de curso que me ponía nerviosa, parecía que tras tanto trabajo nos daban las vacaciones en el cole. Pero tras tantísimo trabajo (presentamos al texto cuarenta y cuatro votos particulares que incluían una enmienda a la totalidad que sirviera para hacer recapacitar al resto de grupos) no habíamos obtenido el resultado que esperábamos. El balance era, cuando menos, agridulce: todas las medidas son, de ejecutarse, avances sobre lo que hay, pero no solucionan el problema.

Con esa misma voz, tras un mes y medio en el que todas dijimos que Juana estaba en nuestra casa y con la mirada ya puesta en el juicio de la manada que estaba por llegar, con puntos violeta en las fiestas de multitud de ciudades; con esa voz, dijimos de nuevo que el Pacto era insuficiente el 28 de septiembre en el pleno del Congreso. Y tras todos los ataques, críticas y reproches, el tiempo ha ido pasando y nosotras podríamos tener síndrome de Casandra: el gobierno no ha puesto en marcha ni una sola de esas medidas que, en teoría, casi todas tenían que estar funcionando con modificaciones legislativas a los seis meses. Y aquí los seis meses casi vencidos y silencio, con ruido ocasional cuando le toca comparecer a la Ministra de Igualdad, con ruido disonante cuando responde el Ministro de Interior al verse entre las cuerdas, con ruido blanco cuando el Ministro de Justicia es preguntado e intenta dormir a las piedras para que nadie se dé cuenta de que no va a responder.

2017. Quisiéramos que esta historia fuera otra, con otro final. Lo pienso cuando voy sola por la calle. Lo pienso cuando donde vivo están buscando a varias mujeres desaparecidas. Lo pienso cuando de alguna conversación deduces que hay cosas que no van en esa relación que sin embargo se busca justificar y temes, y maldices esa oportunidad perdida. Pero son sensaciones. Son ciertas. Pero quedarme con eso sólo es un sesgo. No vinimos aquí a hacer crónica de derrotas épicas, lo siento. Sería demasiado cómodo y no toca, porque ahora se puede hacer más que cantar lo que pudo ser y no fue.

2018. Llueve pero de la ventana de esta ciudad del norte llega un barullo alegre. A unos días de la Huelga Feminista, hay canciones en el aire que anuncian otros tiempos, nuevos acuerdos de una sociedad que une generaciones y luchas, aprendizajes y preguntas, miradas y frases, lemas y reflexiones. Acuerdos nuevos para el país feminista que nos viene. Lo decía Ada Colau, “las personas que estamos en política tenemos que estar a la altura”. No hemos llegado ni de lejos a la última pantalla de lo que sea (pacto, informe, cuestión de estado) que nos dé derechos, libertad, alegría y vida a las mujeres de este país, a las mujeres de todos los países.

Sofía Castañón es Secretaria de Feminismos Interseccional y LGTBI de Podemos Diputada por Asturias

Post navigation

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario.
Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies