El momento feminista: Yo por ellas, madre, y ellas por mí

Ángela Vázquez, Maria Teresa Pérez, Laura Arroyo y Laura Bejarano
Foto: Mariña Sánchez Testas

Dice Dolores Juliano en su libro “Tomar la palabra” que el silencio tiene la capacidad de deslegitimar opciones alternativas, que lo que no se expresa no existe -en clara alusión a Steiner- y que la estigmatización ofrece mejores posibilidades de reconocimiento que el silencio. Pues bien, este 8 de marzo la ruptura del silencio fue atronadora, las inexistentes alzaron la voz para dejar de ser subalternas y empezar a ser, reclamando que este mundo no será justo hasta que la triada de dimensiones reconocimiento, redistribución y representatividad sea efectiva.

Parece que el clima social en el que nos encontramos hace prever una primavera de movilizaciones en la que diferentes sectores sociales tomarán el espacio público. Ya alzan la voz sin miedo sectores heterogéneos que se sienten excluidos del relato que el Gobierno enarbola: mujeres, pensionistas, migrantes… una mayoría que ha sostenido y sostiene sobre sus hombros las consecuencias de la crisis ante un Gobierno incapaz de dar respuestas. Un gobierno que hace de la inacción su estrategia de huida hacia adelante con la esperanza de que el ciclo de movilizaciones se desinfle por sí solo.

Ahora bien, debemos tener en cuenta que si la legitimidad del 15M radicó en que tuvo a toda una maquinaria institucional en contra, ahora el Estado se ha dado cuenta de que “no le van a quedar más huevos” que sumarse a la revolución feminista –¡qué linda paradoja!–.

Está por ver la forma en que la “institucionalidad” busca relacionarse con esta revolución. Hasta ahora en nuestro país los intentos de neutralizar y desarticular el proyecto emancipador feminista a través de una corriente liberal han sido bastante torpes. Quizás por la contribución de las formadoras de opinión que han puesto el foco, no sólo en su situación laboral, sino también en la crisis de los cuidados y en el trabajo invisibilizado. Quizás porque a diferencia de otros países europeos como Francia, en España la crisis ha golpeado y pauperizado a aquellas jóvenes universitarias que podrían haber encabezado la vanguardia liberal. Quizás, porque al verse desbordadas, las élites liberales no acertaron en su estrategia, primero afirmaron que se trataba de un movimiento antisistema y después buscaron la división intentando posicionarlo como movimiento exclusivo de clases medias profesionales. En definitiva, generaron una disonancia que retroalimentó la movilización.

En España estas élites no han conseguido parcelar las diferentes dimensiones a las que interpela el movimiento feminista. No han conseguido priorizar aquella dimensión que asocia la igualdad exclusivamente con los derechos sociales ligados al trabajo asalariado que los Estados de Bienestar europeos, con visión androcéntrica, normalizaron. ¿Quiere decir esto que el movimiento feminista en España está inmunizado? Rotundamente no, máxime teniendo en cuenta la estrategia del Gobierno para ganar tiempo. Cuando Nancy Fraser nos invita a releer a Polanyi, a repensar la crisis actual como una segunda gran transformación, lo hace a sabiendas de que no podemos caer ni en el reduccionismo de los mercados, ni en la romantización de la sociedad.

¡Escucha, hermana, aquí está tu manada!

La inmensa movilización de la huelga feminista del 8M es un hito histórico más en un movimiento imparable que parece haberse tornado irreversible. Su capacidad para interpelar a mujeres de diferente clase, edad, origen o religión y de proyectar un horizonte de esperanza, permite establecer las bases discursivas para, a partir de un diálogo intergeneracional, pensar el proyecto de país que queremos en torno a demandas tan amplias, pero tan poderosas políticamente, como más democracia e igualdad.

La potencialidad del discurso del movimiento feminista radica en su capacidad para impugnar los pilares básicos del sistema. Con un lenguaje inclusivo que se aleja del lenguaje militante, apelando a la cotidianidad y la subjetividad que atraviesa a la mayorías de las mujeres y que es percibida como injusta, consigue politizar el dolor individual convirtiéndolo en un conflicto colectivo. Esto nos permite pensar en la construcción de un proyecto esperanzador de país que se exprese como un proyecto en común, esto es: nos permite poder pasar del individualismo neoliberal a la idea de una sociedad que cuida, protege y no deja a nadie atrás.

Apelando a la cotidianidad y la subjetividad que atraviesa a la mayorías de las mujeres y que es percibida como injusta, el feminismo consigue politizar el dolor individual convirtiéndolo en un conflicto colectivo

Es por esta capacidad de colectivizar el conflicto que el movimiento feminista emerge como una lucha ilusionante que congrega amplias demandas y reivindicaciones, que hermana –nunca mejor dicho– a todo tipo de mujeres que son conscientes de cómo la crisis nos golpeó con especial dureza. Con la llegada de la crisis en 2008 vimos cómo las políticas de austeridad y recortes fueron encaminadas al desmantelamiento de nuestro, ya de por sí, precario Estado Social. Tenemos un Estado Social de tipo familista que se caracteriza por ser las familias y los hogares el agente principal en la provisión de cuidados, esencialmente para mayores y niños. El Gobierno de Zapatero, que había impulsado políticas innovadoras en nuestro país y puso en la agenda política temas como la igualdad y la dependencia, recortó toda esa estructura a partir de la segunda legislatura. Unos recortes que golpearon duramente a las mujeres que ya no estamos dispuestas a asumir como natural la renuncia a nuestras carreras laborales y proyectos personales para ser meras cuidadoras y, sobre todo, que no queremos para nuestras hijas y nietas las misma situación de desigualdad que nosotras y nuestras madres vivimos.

La crisis de régimen evidenció que nuestro Estado Social no genera condiciones reales de desarrollo de vida digna y hoy es el feminismo el que está problematizando nuestro sistema, planteando alternativas para reorganizarlo y democratizarlo. Lo que está señalando el movimiento feminista en nuestro país es que si el sistema sólo es sostenible a cambio de que las mujeres sufran una brecha salarial de las más altas de Europa, de que tengan que renunciar a cuidar a sus hijos e hijas o de que estén condenadas a dobles y triples jornadas y, a pesar de todo ello, tengan salarios y pensiones mucho más bajos, el sistema no nos sirve y tenemos que cambiarlo. Por eso, repetimos, la lucha feminista es la lucha por la construcción de un nuevo sujeto colectivo. Un nuevo sujeto colectivo que pone el acento en lo comunitario, en mirar por el bien común, que quiere que la gente vuelva a mirarse, que nunca vuelva a excluirse a nadie.

Del movimiento al momento feminista

Algo notorio a todas luces es que se está abriendo un momento político interesante donde el feminismo es protagonista. Un momento que tiene ciertas similitudes con el clima político vivido durante el estallido del 15M. En aquel mayo del 2011 vivimos una mezcla de indignación por lo que estaba ocurriendo y de ilusión por la movilización de la gente que era capaz de participar activamente en la construcción de un nuevo modelo de país y de sociedad en común que pusiera a la mayoría en el centro.

Hoy comprobamos que existen razones para creer en una repetición de esa mezcla de sentimientos. Una repetición ilusionante de la combinación de variables que suman. Por un lado, la indignación expresada, hoy en día, por la movilización masiva de los y las pensionistas que han salido a las calles a decirle –gritarle– al Gobierno que no piensan resignarse y, por otro lado, la masiva participación e impacto de la jornada del 8 de marzo que se expresa en clave de ilusión, expectativa y posibilidades de cambio. Una movilización, además, caracterizada por una visión comunitaria, sorora y en defensa de lo colectivo.

Como hemos señalado anteriormente, somos las mujeres quienes, cuando el Estado no se ocupa o deja de proporcionar y garantizar servicios básicos, asumimos de manera invisible la responsabilidad titánica de hacer que el mundo gire. No es casual que, frente al quiebre del Estado de Bienestar y a la falta de confianza en el papel del Estado como garante de determinadas certezas y seguridades, sea el movimiento feminista el que enarbole la vanguardia de las movilizaciones y lo haga en clave de ilusión así como de cuestionamiento al sistema en general.

Ya no hay vuelta atrás

Si algo tenemos claro es que el 8 de marzo constituyó un punto de inflexión. El sentir del día 8 fue la ilusión, el del nueve la constatación: esto ya no tiene vuelta atrás.

Hoy el feminismo representa otra manera de abordar lo social y de hacer política, no solo para proteger y conquistar los derechos de las mujeres, sino para hacer frente a la crisis de régimen y pensar en un nuevo proyecto de país más justo y democrático. Frente al individualismo y un sistema basado en la competitividad, el feminismo lucha por un país que ponga lo colectivo en el centro de la política defendiendo una vida que merezca la pena vivir. Una alternativa a un sistema que hasta ahora nos excluía, una alternativa a un sistema que nos parece injusto y que queremos cambiar.

Frente al individualismo y un sistema basado en la competitividad, el feminismo lucha por un país que ponga lo colectivo en el centro de la política defendiendo una vida que merezca la pena vivir.

Tanto el movimiento feminista como las movilizaciones de los y las pensionistas están abriendo una ventana de oportunidad para establecer un diálogo intergeneracional que permita sentar las bases de un proyecto de país. Esta ventana de oportunidad posibilita disputar el concepto de familia, una institución que ha servido de cohesión social ante el desplome del Estado de Bienestar. La familia, no desde la visión monolítica del catolicismo, sino entendida como una diversidad de modelos. Disputar las familias implica generar las condiciones necesarias para una igualdad real desde demandas concretas como la racionalización de los tiempos del trabajo, la renta básica, el desarrollo de políticas que garanticen los cuidados de la infancia y los mayores, los permisos de maternidad y paternidad iguales e intransferibles o las políticas de dependencia. Es desde la disputa del concepto de familia desde donde se puede reconstruir también el pacto intergeneracional como núcleo articulador de este nuevo proyecto de país feminista.

Son las madres y abuelas quienes no van a permitir que sus hijas no puedan tener una vida en igualdad. Son las jóvenes quienes van a luchar porque sus abuelas, con todo lo que han trabajado, no tengan pensiones de mierda. Son las abuelas quienes se manifiestan para que sus nietas puedan tener una pensión pública. Somos todas y todos quienes debemos luchar para que las próximas generaciones sigan sabiendo que la sanidad pública, la educación pública, los derechos laborales y los salarios dignos y un sistema de pensiones público, son derechos fundamentales.

Muchos son los logros y largo el camino por recorrer. España necesita un nuevo pacto social intergeneracional-feminista para un nuevo país más justo, libre y democrático. Se siente en el aire que esta primavera vamos bien.

 

To be continued

Era una extraña primavera
en la que
nos enamorábamos todo el tiempo porque
muchas mujeres eran un milagro
y algunos hombres un gozoso misterio

una extraña primavera de tardes tan largas esperando
una palabra dulce
de olvidar las tristezas de invierno
de salvar la belleza, lo vivo

y en la espera los libros
los cantos
y las revoluciones

(porque quién escribe o canta o lucha si no es en el
torbellino del amor)

una extraña primavera en que nevó entre flores
en la que parecía
de pronto que sí
que esta vez sí

que íbamos bien.

(Laura Casielles. Breve historia de algunas cosas)

 


			

Ángela Vázquez, Maria Teresa Pérez, Laura Arroyo y Laura Bejarano es parte del equipo de análisis político de la Secretaría General de Podemos

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