El fútbol: un fenómeno total, masivo y global

Fernando Carrión M.

El fútbol es realmente el fenómeno más universal, mucho más que la democracia o la economía de mercado, de las que se ha dicho que ya no tienen fronteras, pero que no consiguen rivalizar con su extensión
Pascal Boniface

El fútbol es una de las prácticas sociales de identificación colectiva más importantes de la sociedad mundial actual, porque trasciende su condición de deporte para convertirse en un hecho social total –que tiene que ver con todos los elementos de la sociedad– donde la economía, la política, la cultura son expresiones que lo moldean e intentan apropiarse de él. Además porque rompe con los límites de su origen como actividad circunscrita a un territorio local, para convertirse en una actividad global, que antecedió a la globalización: tanto, que hoy el planeta es un solo estadio que congrega al mundo entero. Y adicionalmente, pasó de representar a un segmento social –de las élites– para hacerse masivo y popular,  rompiendo las fronteras étnicas, de clases sociales, de géneros y de grupos etareos.
En estos procesos, los medios de comunicación han sido clave, sobre todo la televisión y, ahora, las nuevas tecnologías de la comunicación (Google, Facebook, Instagram, Twitter).

 

La selección nacional

En esta dinámica incluyente del fútbol –de totalidad, masividad y globalidad– las sociedades nacionales tienden a retratarse y representarse, pero también a cohesionarse para dar sedimento al sentido de representación nacional, convirtiéndose en una máquina cultural productora de nacionalismo. La selección nacional es capaz de generar unidad nacional y también de reivindicar su diversidad. España se reunifica temporalmente ante el independentismo catalán con Piqué y Ramos en la defensa de su selección. Los futbolistas suizos de origen kosovar Granit Xhaka y Xherdan Shaqiri festejan el triunfo ante Serbia reivindicando su raíz albanesa de Kosovo, ex provincia Serbia. Gales, Escocia, Irlanda, Inglaterra que pertenecen al Reino Unido no compiten con la misma selección, porque se representan directamente ante la FIFA, que tiene 212 países en su nómina mientras en la ONU solo se llega a 193.

El estilo de juego se asemeja a la forma que vive esa comunidad política; el discurso, la narrativa y el relato periodístico tiene su sello distintivo nacionalista

La selección nacional es –supuestamente– depositaria de la soberanía de un país, en tanto representa al soberano, al pueblo. Por eso, los colores de la camiseta son los mismos de la bandera nacional, el estilo de juego se asemeja a la forma que vive esa comunidad política; el discurso, la narrativa y el relato periodístico tienen su sello distintivo nacionalista y el periodista es un militante que no puede ser objetivo, porque si lo es se convierte en traidor a la patria.

Es que el fútbol se presenta como un sistema de relaciones y representaciones que produce una integración simbólica de la sociedad, alrededor de los múltiples componentes que tiene, produce o atrae. Sin embargo hoy, por ejemplo, la camiseta se ha convertido en una vitrina de ilusiones económicas y nacionalistas que segmenta al mundo por razones de origen territorial o de mercado; mientras el gol se convierte en la única palabra que unifica al mundo y que es reconocida universalmente, en tanto encarna el objetivo o la meta que, finalmente, define el éxito o el fracaso nacional.

 

El fútbol, un espacio privilegiado del conflicto

Pero también por esta triple condición el fútbol se constituye en un ámbito donde se anidan múltiples conflictos, entre los que se puede mencionar: la disputa que germina alrededor del cuestionamiento al monopolio del fútbol blanco mestizo que surge desde fines de la década de los años setentas del siglo pasado, cuando la FIFA asume el principio de la universalización de este deporte, anclado en la lógica del mercado. Havelange en su discurso de posesión como presidente de la FIFA señala: “Vengo a vender un gran negocio llamado fútbol”; y lo hace de la mano de grandes empresas trasnacionales, con las que penetra en los lugares donde el fútbol no tenía presencia.

El racismo
Esta política encuentra terreno fértil en la emergencia, por un lado, del continente africano gracias a los procesos descolonización, y por otro, del mundo asiático que se encumbra debido a la fuerza de los denominados “tigres asiáticos”. El mercado del fútbol se internacionaliza, gracias a la exportación de futbolistas de África, Asia y América Latina hacia Europa, y con ello también la disputa interétnica. Francia, Inglaterra, Holanda se nutren de futbolistas de sus ex colonias y ellas mismas empiezan a tener presencia propia. Hoy en Rusia 2018 el 72 por ciento de los futbolistas de las 32 selecciones juegan en las ligas europeas. En el Barça hay 16 seleccionados procedentes de distintos países y el Madrid y el Manchester tienen 15. Esto quiere decir que Europa es la región de importación de futbolistas –o que regula el mercado mundial– y que los clubes más ricos del mundo son selecciones globales. Hoy la desigualdad puede ser una de las razones de la pérdida de la magia en el fútbol: la incertidumbre. Se hace lógico.

El machismo
Otro de los conflictos que se disputan dentro del fútbol es la significativa disputa con la organización patriarcal que caracteriza al fútbol mundial: el fútbol es de hombres, los que lo organizan, lo juegan y lo viven cotidianamente. Sin embargo en este siglo se vive una transformación radical, nacida en el contexto de las reivindicaciones feministas a nivel mundial, a las cuales el fútbol no puede ser ni es ajeno; mucho más con la exposición pública que tiene. Las mujeres luchan por la construcción de un espacio más democrático dentro de este deporte, de tal manera que puedan participar en los distintos ámbitos de la producción del fútbol (dirigencia, arbitraje, torneos, hinchadas, periodismo), dejar atrás las lógicas de la discriminación y salir de los roles tradicionales que se les ha asignado (publicidad, estereotipos, cantos machistas).

La geopolítica
Así mismo, hay un conflicto que se posiciona con la denominada geopolítica, en este caso, del fútbol, que adquiere su expresión más alta en el denominado FIFAGATE, a través de dos expresiones: por un lado, porque aparece una significativa disputa a la hegemonía europea y sudamericana en el fútbol mundial proveniente de tres nuevas regiones. Primero, los Estados Unidos que ya cuentan con un importante peso comercial en la FIFA a través de su financiamiento (Coca Cola, McDonald’s, VISA, Budweiser), del control patrimonial de varios clubes mundiales (Manchester United, Liverpool) y la importación de futbolistas. Segundo, la zona de los países árabes, que se convierte en importadora de futbolistas y en inversionista en algunos equipos de la premier como el Manchester City o Newcastle. Y tercero, China con su poderío económico y poblacional que hoy tiene una línea de financiamiento importante de la FIFA (Wanda, Vivo, Hisense Mengniu), la importación de entrenadores (Pelegrini, Scolari) y jugadores (Iniesta, Teves), así como la conversión del fútbol en un proyecto de Estado. Como resultado de ello, el próximo mundial de 2022 será en Catar, el siguiente de 2024 en Norte América (con su centro en EEUU) y no sería nada raro que el de 2028 se desarrollara en la República Popular de China.

 

Rusia 2018: el mundial de la política

Por otro lado, la geopolítica en el fútbol se expresa claramente en la designación de las sedes de Rusia 2018 y Catar 2022, que no fueron bien vistas por Occidente, debido no solo al cambio de hegemonía señalado, sino también a que rompieron con la tradición histórica de la organización de los mundiales: Europa occidental había organizado 10 copas y América Latina 7 (de las 20); mientras esta es la primera vez que se realiza en Europa del Este (Rusia), como también en el mundo árabe (Catar). La decisión de otorgar estas dos sedes se las hizo, según información de prensa, para ampliar la influencia territorial del fútbol (universalización) y por el peso asumido directamente por cada uno de los dos Estados.

Sin embargo esta decisión fue cuestionada por Occidente; más aún porque el presidente Vladímir Putin fue el que propuso la candidatura en 2009 y es el que organiza en la actualidad, nueve años después, mostrando un protagonismo personal indudable. A ello debe sumarse que Rusia ha tenido algunos problemas complejos con Europa y EEUU en estos últimos años: se denunciaron interferencias rusa en las elecciones presidenciales de los Estados Unidos y del proceso independentista en Cataluña, como tampoco se puede dejar de lado el envenenamiento de un ex espía ruso en Reino Unido con reclamos de lado y lado. A ello debe añadirse lo que algunos denominan la nueva guerra fría con los enfrentamientos alrededor de la anexión de Crimea a Rusia, del grave problema sirio y a la redefinición de los acuerdos de EEUU con Irán, entre otros.

La significativa presencia del fútbol le permite –en ciertos momentos– convertirse en un complemento y sustituto de la política

Rusia ha hecho del mundial una ventana hacia Occidente y le ha ido, hasta ahora, muy bien. Su proyección en lo futbolístico ha sido notable: del puesto 70 que ocupaba en la tabla FIFA al inicio del mundial, hasta el momento ha logrado superar la fase de grupos ubicándose entre los 16 mejores. La recepción de más de un millón de turistas ha sido un verdadero éxito y la proyección internacional de su imagen por los medios de comunicación es inigualable: este mundial lo verán 3.200 millones de personas.

Si el Mundial de Brasil 2014 se caracterizó por la movilizaciones sociales de sus connacionales por la corrupción, el despilfarro y el derroche; este de Rusia 2018 ha sido el del bueno manejo político de su líder y del propio país. Con lo ello se ha demostrado que la significativa presencia del fútbol le permite –en ciertos momentos– convertirse en un complemento y sustituto de la política. O, en algunos caso, incluso la política le traspasa ciertas responsabilidades al fútbol, cuando ella misma no puede asumirlas.

Fernando Carrión M. es académico de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, FLACSO.

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