Del crimen de Alcàsser a La Manada: juicio a la Inquisición patriarcal

Nerea Barjola

No quiero hablar de justicia porque no es mi justicia. Es la suya, y no hay forma alguna de que yo participe de ella, no la quiero, no me interesa, y si la nombro va a ser únicamente para juzgarla, para juzgaros a vosotros y aquí ya invertimos los términos.

La sentencia y posterior puesta en libertad de los 5 agresores de Iruña muestra claramente el estado de la cuestión: tenéis miedo, es más, estáis aterrorizados frente al avance del movimiento feminista y respondéis con violencia, y esto es algo que también sucedió en los 90 con el crimen de Alcàsser. Esta es la parte del relato de Iruña que quiero visibilizar. Vuestra reacción misógina tiene que ver con esto: por cada grito del Movimiento Feminista, por cada calle que reconquistamos o liberamos de vuestra mugre patriarcal, os sentís juzgados. Este tribunal feminista cuestiona vuestra autoridad y reaccionáis.

Ponéis en marcha la institución del terror sexual para lanzarnos un aviso. Si los violadores están en la calle es para decirnos claramente quién tiene derecho a estar en el espacio público y disfrutando de los San Fermines y quién no. Retomo una cita de G. Agamben que utilicé para analizar el juicio del crimen de Alcàsser: “(…) la pena no sigue al juicio, sino que este es él mismo la pena. Se podría decir incluso que toda la pena está en el juicio, que la pena impuesta –la prisión, el verdugo– solo interesan en la medida en que es, por decirlo así, una prolongación del juicio”. En este juicio, no se ha juzgado a los cinco violadores, se ha juzgado la palabra, las actitudes y los derechos de las mujeres. Esto es lo que ha sido condenado y esa es la pena impuesta.

En el juicio contra La Manada no se ha juzgado a los cinco violadores, se ha juzgado la palabra, las actitudes y los derechos de las mujeres. Esto es lo que ha sido condenado y esa es la pena impuesta.

El coro machista articula su discurso, perfectamente coordinado y al unísono proclama que la sentencia y la libertad condicional para los agresores están sujetas a derecho. Una falacia más que es posible desmontar desde la perspectiva feminista. Me sirvo de nuevo de una cita de Agamben que también apliqué para Alcàsser: “La realidad es que, como los juristas saben perfectamente, el derecho no tiende en última instancia al establecimiento de la justicia. Tampoco al de la verdad. Tiende exclusivamente a la celebración del juicio, con independencia de la verdad o de la justicia. Es algo que queda probado más allá de toda duda por la “fuerza de cosa juzgada” que se aplica también a una sentencia injusta. La producción de la res judicata, merced a la cual lo verdadero y lo justo son sustituidos por la sentencia, vale como verdad aunque sea a costa de su falsedad e injusticia; es el fin último del derecho”. Por lo tanto, el fin último del derecho patriarcal es la celebración del juicio, en el sentido estricto de juzgar a la compañera agredida y por extensión al resto de mujeres.

La “res” judicata, es decir, la “cosa” juzgada somos nosotras. Y el castigo también es para nosotras ¿Quién tiene reducido el libre tránsito? ¿A quién se le ha culpabilizado, investigado, y perseguido? ¿Quién ha sido expuesta públicamente como reo en el cadalso? El “derecho” es una herramienta patriarcal que os permite con impunidad salvaguardar el pacto entre hombres, el contrato sexual por el cual os repartís y salvaguardáis el libre acceso al cuerpo y la vida de las mujeres. El proceso judicial me interesa únicamente en la medida en que se configura como una prolongación de la pena o del castigo impuesto a las mujeres. En consecuencia, y siguiendo esta misma línea, el cambio del código penal no es un fin o logro en sí mismo, sino más bien una deriva con la que pretendéis despistarnos. Vuestra justicia no es otra cosa que un sistema sofisticado de protección hacia vosotros mismos. Y aquí está la clave, no nos protegéis a nosotras, os estáis protegiendo a vosotros mismos. Y NO, nos negamos a seguir protegiéndoos.

Hay un clamor feminista que os incomoda, lo perverso de vuestra inseguridad aflora en cada intento de denostar nuestras reivindicaciones. Estas estrategias de descrédito del movimiento no son nuevas, todo lo contrario, son tan cotidianas como las agresiones.

La “res” judicata, es decir, la “cosa” juzgada somos nosotras. ¿Quién tiene reducido el libre tránsito? ¿A quién se le ha culpabilizado, investigado, y perseguido?

Habéis asestado dos golpes como respuesta: el primero el voto particular, que os ha servido de cortina de humo para ocultar a dos magistrados que, al parecer, no saben la diferencia entre consentimiento y no consentimiento. Es vil que nos obliguéis a explicaros el consentimiento, sabéis perfectamentamente de lo que hablamos. Este cuestionamiento, simplemente el enunciado del mismo es violencia patriarcal. ¿Qué hacemos con estos magistrados? ¿No son el símil de los coleguitas que les reían las gracias a los agresores en el Whatsapp? El feminismo os imputa colaboración con banda organizada. Porque sí, estáis organizados, todos, magistrados y agresores.

El segundo, la salida de prisión de los violadores, que es la metáfora del golpe en la mesa. Generalmente, las movilizaciones sociales tienen como objetivo influir en la toma de decisiones de los poderes institucionales, los cuales, en su falso progresismo inoculado, suelen tener la deferencia de respetar mínimamente esa frase tan popular de “la soberanía reside en el pueblo”. Excepto, claro está, cuando esta reivindicación es feminista. En ese caso, el poder soberano se ve interpelado por una manada de mujeres a las que hay que cerrar la boca y culpabilizarlas -cómo no- de la decisión tomada poniendo por excusa el acoso y presión hacia el poder judicial. ¿La inquisición patriarcal juzgada? No, de ninguna manera. El pueblo solo es soberano si es masculino. Y el “acoso” solo tiene consecuencias si se ejerce contra vosotros.

Lo tenemos claro: nos llamáis histéricas en un intento de distraer la atención sobre vosotros mismos.

Por último, Alcàsser y la narrativa de la agresión sexual de Iruña comparten también el tratamiento de la noticia. Afortunadamente, hay medios de comunicación que han tratado el tema con perspectiva, pero una buena parte de ellos han convertido una agresión machista en un serial por capítulos. Banalizar la violencia sexual, convertirla en un suceso, en una noticia sin rigor analítico y sin contexto político feminista es construir violencia sexual. Cuando en mi trabajo afirmo que los medios de comunicación SON violencia sexual lo que estoy planteando es, que en la medida en la que se publican determinados detalles, se cuenta la noticia de forma que culpabiliza o responsabiliza a las mujeres de haber sido agredidas o incluso asesinadas, y se redactan avisos aleccionadores que coartan nuestra libertad, están produciendo y reproduciendo violencia sexual. Estáis ejerciendo violencia y divulgándola de manera masiva.

Lo tenemos claro: nos llamáis histéricas en un intento de distraer la atención sobre vosotros mismos.

Estáis en la calle, sí, pero nosotras también y me quedo con esta imagen: el movimiento feminista de Iruña, entrando en la plaza el día del chupinazo y desplegando una pancarta enorme de AUTODEFENTSA FEMINISTA. Nos podéis empujar, agredir, insultar, pero esa plaza es nuestra, la calle es nuestra, las fiestas son nuestras, NUESTRO CUERPO ES NUESTRO y esto ya es imparable. Así que, hermanas, el miedo está cambiando de bando. Y en nuestra justicia no habrá indultos, ni un paso atrás, son muchas nuestras compañeras agredidas y asesinadas.

Nos lanzáis un aviso, y nosotras os lanzamos otro: Estamos aquí, de frente y NO NOS VAIS PARAR.

Nerea Barjola feminista y autora del libro 'Microfísica sexista del poder: el caso de Alcàsser y la construcción del terror sexual'

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