Cultura para una vida que merezca ser vivida

Sarah Babiker

Las imágenes son elocuentes. En la primera: dos hombres a los lados y una mujer en el centro posan de frente. Visten ropas sobrias, erguidos, con los brazos cruzados y una expresión facial severa, casi borde. Detrás de ellos, el plató, un poco oscuro, moderadamente hortera, con neones suaves que arañan la penumbra. En la segunda ya están los concursantes. También son tres: ubicados detrás de atrios individuales que sostienen modernos ordenadores. Las tres personas de la primera imagen aparecen ahora sentadas tras una mesa circular. En la superficie exterior se lee “Masterpiece” inscrito como en mármol falso, un toque tan sobrio y hortera como todo lo demás. A la izquierda de la pantalla: escritores consagrados. A la derecha, nerviosos ante sus teclados, dispuestos a mostrar sus habilidades, seducir, convencer, los aspirantes a novelistas. Tendrán que poner lo mejor de sí mismos en juego, enfrentar dificultades, lucir estilo y originalidad, vencer la tensión para llegar a lo más alto, a la fama, al éxito, ¡al reconocimiento! Es el talent show definitivo, ¡la creación literaria hecha emoción! Una oportunidad para dar el salto del anonimato al bestsellerismo.

Quería arrancar estas breves notas sobre cultura y precariedad con una distopía un poco loca. Un reality con escritores como sujetos, creando ante el escrutinio del fervoroso público, intercambiando arrumacos y bloqueos, moldeando su prosa bajo la guía de un enérgico mentor. La energía bien distribuida, un tanto para invocar sus musas, otro tanto para ganase el favor de la audiencia. Sabía que como distopía no era nada original, lo que no sospechaba era que el escenario nada tenía de distópico. El concurso existió, lo emitió la Rai3 italiana en 2013. Parece que el invento no fue tan emocionante, que la espectacularización no puede con todo y que ver a gente escribir rápido, sus textos proyectados en una pantalla gigante, y los severos jueces comentando forma y fondo, no conquistó más que a un 3% de rating. Fue otra cifra la que muchos medios destacaron: las 5.000 novelas inéditas que llegaron al programa. La carta de presentación de otras tantas personas anónimas que pujaron por entrar en aquel plató, en aquella dinámica de reality show, con la esperanza de publicar su obra.

La maravilla se obra en centros vecinales, espacios culturales, bibliotecas públicas, en el salón de un pequeño apartamento o en torno a la mesa de un bar. La maravilla se obra allá donde se le dé el espacio y los recursos

Mucha gente escribe: compone con mimo humildes historias o se desparrama en grandes gestas. Esculpe metáforas que expanden sentidos, describen una imagen con pulso de fotógrafo. Mucha gente escribe relatos que nadie imagina, conjuga memoria y sueño. Algunos crean sagas épicas para niñas que no quieren irse a la cama. Adolescentes componen por las noches poemas que les harán adultos. Sin neón, ni focos, ni grandes atriles, ni locos presupuestos. Hay cosas que no leeremos nunca, otras se leen e intercambian a cada rato. Cultura cotidiana, literatura que cuida. La maravilla se obra en centros vecinales, espacios culturales, bibliotecas públicas, en el salón de un pequeño apartamento o en torno a la mesa de un bar. La maravilla se obra allá donde se le dé el espacio y los recursos.

Que el reality italiano no cuajara frustró su exportación a otros países europeos. Podríamos haberlo experimentado aquí. Por ahora talent shows no nos faltan, el país estuvo bastante enloquecido con el último Operación Triunfo, que amplió su público enormemente. El formato fue aplaudido por traer a músicos y músicas más diversos, y abordar temas como el feminismo o el bullying en sus sesiones. En consecuencia se activó un debate interesante en la izquierda: “¿No somos elitistas si infravaloramos un fenómeno social, un producto de cultura popular que difunde valores y muestra jóvenes con ideas progresistas?”, preguntaban algunos. “¿Acaso no es legítimo criticar un formato televisivo basado en la competición?”, contestaban otros. Es poco edificante opinar sobre los gustos de la gente, o centrar el debate en las personas que participan en estos programas u otros. Pero cabe reflexionar sobre cómo este tipo de programas ponen en el centro la competencia, el triunfo de quien destaca, el poder de eliminar del público. Y lo que esto implica en cómo entendemos el ámbito de la cultura. Ese mensaje implícito que te dice: “Si tienes talento podrás ganar, te distinguirás de la masa. Hay demasiada gente cantando, componiendo, escribiendo, bailando”. El objetivo es diferenciarse. Pero no diferenciarse de cualquier modo: diferenciarse para parecerte a lo que el mercado demande.

La lógica del concurso, de la concurrencia, impregna el mundo de la creación, en el que los recursos son tan pocos que acceder a ellos implica grandes pugnas. Un mercado donde hay mucha más oferta que demanda, donde ser bueno no basta, es un contexto que no invita a alegrarse porque haya mucha gente creando, sino a alarmarse por lo difícil que será despuntar. Y no es solo una cuestión de ego: es una cuestión de poder o no poder. Un mecanismo de supervivencia como autora, como escritora, como músico. Con la cultura abandonada a su suerte, competir por recursos se convierte en el único mecanismo de supervivencia. Es lo que pasa cuando dejas un derecho humano al arbitrio del mercado.

Sí, la Cultura es un Derecho Humano. No es un lugar común, lo afirma en concreto el artículo 15 del Pacto Internacional de Derechos Económicos Sociales y Culturales de 1966, que define el derecho de toda persona a participar en la vida cultural; la obligación de los Estados a aportar medidas para la conservación, el desarrollo y la difusión de la ciencia y de la cultura y garantizar libertad para la investigación científica y para la actividad creadora.

El sentido común de la derecha se basa un poco en la fábula de la hormiga y la cigarra, el arte de unos se subvenciona con el duro trabajo de otros. Quien quiera vivir del arte, que se busque la vida. Es la lógica que sustenta el discurso antisubvenciones, muy crítico con el cine español, por ejemplo, vistos en conjunto como gente que vive de ayudas, petulantes parásitos. Convertir la cultura en un bien superfluo, subirle el IVA, racanear presupuestos, restarle recursos a los centros culturales públicos, subcontratar las actividades culturales a empresas oportunistas, monitorear y censurar las manifestaciones artísticas son bofetadas contra la democracia cultural. Responde a una ideología pero va más allá de eso, pues es una violación de los derechos humanos.

Los derechos económicos sociales y culturales necesitan de la intervención del Estado, de políticas públicas que nivelen el acceso a la cultura. “La cultura procede de la comunidad entera y a ella debe regresar. No puede ser privilegio de elites ni en cuanto a su producción ni en cuanto a sus beneficios. La democracia cultural supone la más amplia participación del individuo y la sociedad en el proceso de creación de bienes culturales, en la toma de decisiones que conciernen a la vida cultural y en la difusión y disfrute de la misma”, afirma la Declaración sobre Políticas Culturales de la UNESCO de 1982. “Es imprescindible establecer las condiciones sociales y culturales que faciliten, estimulen y garanticen la creación artística e intelectual, sin discriminaciones de carácter político, ideológico, económico y social”, concluye.

Pensar en la Cultura como derecho humano nos aleja del paradigma de la competencia y del enfoque en la individualidad. Desplaza la mirada de la industria cultural hacia la democracia cultural. El arte y la creación artística no son una salida individual, sino un bien colectivo.

Pensar en la Cultura como derecho humano nos aleja del paradigma de la competencia y del enfoque en la individualidad. Desplaza la mirada de la industria cultural hacia la democracia cultural. El arte y la creación artística no son una salida individual, sino un bien colectivo. Con o sin Estado, la gente crea, porque lo necesita. No hay que buscar la cultura popular en un producto fabricado con millones de euros. La cultura popular se vive en la calle, son las danzas que bailan grupos folclóricos en los parques, las bandas musicales que subsisten tocando en bares y salas, los coros en los barrios, las pequeñas compañías de teatro que pueblan centros culturales y salas alternativas, las miles de personas que se presentan a concursos literarios, los cuentacuentos improvisados en las tardes de verano, las grafiteras perfeccionistas, los raperos que desafían la censura. La cultura popular son los clubes de lectura en espacios activistas, los recitales de poesía, los festivales de teatro hechos con cuatro duros e infinitas ganas. Es la cultura, como la poesía, necesaria como el pan de cada día, de la que hablaba Gabriel Celaya. Cómo defenderla en un escenario en el que hasta el pan literal se nos disputa.

Vivir del arte nunca fue fácil, cada vez lo es menos. Imagine, por ejemplo, que como los concursantes del Masterpiece del inicio quiere ser novelista. Quizás alguien le haya recomendado un libro muy finito que se llama Para ser novelista, de John Gardner. Parece un autor sincero, tras abordar limpiamente cuestiones de técnica y estilo, dedica un capítulo a lo de ganarse las habichuelas. Resumiendo, para ser novelista conviene: 1, tener un trabajo relajado que no quite muchas horas para poder centrarse en la creación, o mejor, alguna renta, y 2, poder trabajar muchas horas en solitario (no tener que cuidar a nadie, vaya, el cuarto propio).

Si la precarización actual, la autoexplotación, la disponibilidad continua a la que nos someten los trabajos nos dejan poco tiempo para los cuidados, el acceso a la cultura y la producción de productos culturales está vedada a una parte importante de la sociedad. No se trata de que todo el mundo pueda vivir de lo que escribe, compone o crea. Se trata más bien de no tener que ganarse la vida en unas condiciones que expulsen a la cultura de nuestro alcance. De pensar en la cultura no como producto o mercado para destacar, sino como condición necesaria para vivir vidas que merezcan la pena ser vividas.

Sarah Babiker es periodista

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