Resulta imposible hablar del Régimen del 78, en un sentido amplio y a la vez preciso, sin considerar sus aspectos políticos, institucionales y económicos, desde la coronación de Juan Carlos I —en adelante JC1— hasta la victoria socialista de 1982, pasando por los Pactos de la Moncloa, el golpe de febrero y el relato modernizador de consenso que fue implantado por y a través de los medios de comunicación con consecuencias enormes. Sin embargo, es necesario abordar una contradicción fundamental: ningún país puede modernizarse de la noche a la mañana, por mucha voluntad que sus gobernantes pongan, o por esmerados que sean los esfuerzos de las personas, que lo fueron, por “dejar atrás la pesadilla”. Al mismo tiempo que se sucedían los hitos de consolidación de una cierta manera de entender la política y su relación con la sociedad, tenían lugar movimientos de contestación de desigual naturaleza, ubicación geográfica y eficacia, tanto a nivel sindical como en el de los movimientos sociales, las contraculturas y los partidos políticos.

En este contexto, parece claro que el Régimen del 78 desarrolla también algo que podríamos llamar una “estructura de sentimiento”, es decir, formas de conciencia práctica diferentes, aunque no independientes, de las formas oficiales de conciencia; “formas de presencia” y de experiencia que no necesitan de una clasificación formal o institucional para ser eficaces. Se trata de “significados y valores tal como son vividos y sentidos activamente”.1 Las estructuras de sentimiento del R78 se conforman en torno a muchísimos factores, entre los cuales hay uno que tiene particular interés: su política de imágenes que encarnan y difunden una cierta manera de hacer y sentir. Para investigar esta dimensión desde un punto de vista político, planteamos esta serie de Escenas del Régimen del 78 que inauguramos con tres imágenes importantes de la monarquía en España.

Noviembre de 1975. Franco ha muerto y España se prepara para algo diferente que nadie termina de imaginar. Las calles están llenas de personas y de melancolía. Muchas de ellas votarán pronto cosas muy diferentes. Algunas se sentirán decepcionadas, poco después, por la Ley para la Reforma Política, pero en ese momento el rey acaba de jurar los principios del Movimiento y no está claro si Franco ha muerto para formar parte de la historia o se ha reencarnado en los españoles que lloran su pérdida y en su aparente sucesor, JC1.

Aunque no es extraño que muchas personas se reúnan en torno a un acontecimiento de esta clase en un momento de crisis económica e institucional profunda, sí llama la atención una cierta combinación entre júbilo, incertidumbre, esperanza y miedo —a la democracia con toda seguridad, pero quizá también a la mera prolongación del franquismo por otros medios—. No sabemos mucho sobre quienes acuden, pero lo que sí queda claro es que conforman una multitud heterogénea. ¿Qué pueblo llena las calles de Madrid?, ¿quiere algo en concreto?, ¿estabilidad?, ¿identidad en el cambio?, ¿continuidad? La hipótesis JC1 es de raigambre franquista, pero parece interpelar a muchos más. Es una apuesta arriesgada, dicen algunas élites del franquismo. Es una apuesta vacía, dicen las fuerzas de izquierda y algunas otras que no lo son. Lo que es seguro es que se trata de una apuesta insuficiente, como sabremos pronto, que necesita de algo más que una cara. Pero la cara ya está sobre la mesa: son los inicios de ese rey campechano, cercano, privilegiadamente amable y amablemente privilegiado, el rey de Europa y del cambio que esta supone, la cara del éxito como país mucho antes del milagro económico, el rey demócrata de la noche del 23 de febrero, y de tantas facetas más. El rey de las calles llenas, sin duda, ¿pero llenas de qué y de quiénes?, ¿abarrotadas para celebrar lo nuevo o para identificarse melancólicamente con el general muerto a través de su sucesor? Probablemente, ni un extremo ni otro.2

Una generación que ha crecido en transición política y económica, que se mira ahora en espejos antes utópicos y que atrae a personas de otros países tanto como se desplaza ella misma a dichos lugares.

Muchos años después, asentados ya en el imaginario español la figura de JC1, el Estado de las autonomías y Europa, el país alcanzará un umbral simbólico diferente: 1992. De todas las decisiones de la Casa Real en ese momento histórico, hay una especialmente memorable: la elección de su hijo como abanderado de España en la ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos de Barcelona. Es obvio que los juegos suponen un hito oficial clave para el relato modernizador. Barcelona es posa guapa para el mundo. España se abre a una lógica económico-cultural indisociable del urbanismo espectáculo y del circuito de grandes eventos. Y quien abandera este imaginario es precisamente el hijo del campechano, también privilegiado, qué duda cabe, pero hecho de otra pasta: Felipe de Borbón —en adelante F6—.

Imposible no confiar en esta España en ciernes. Una generación que ha crecido en transición política y económica, que se mira ahora en espejos antes utópicos y que atrae a personas de otros países tanto como se desplaza ella misma a dichos lugares. Hay una extraña continuidad entre la puesta de largo del joven F6 y aquella idea de Zapatero, según la cual, Italia había sido superada y Francia estaba a punto de ceder ante la pujante España. Quizá ZP se refería precisamente al deporte, aunque no lo supiera.

Pero hay otro aspecto que merece la pena destacar: Barcelona 92 es, además de una gigantesca operación urbanística-comercialcultural, un evento deportivo. Y quien abandera esa España deportiva, la de las medallas de Urdangarin —hoy conocemos otras destrezas del susodicho— o Fermín Cacho —el único deportista célebre de su generación afín al PSOE—, es F6. Quien de alguna manera encarna este anhelo deportivo-popular, que casi siempre ha destacado por su neutralidad partidista y por tener una suerte de ADN apolítico, es nada menos que F6. No es campechano pero está muy preparado, y sobre todo está en el meollo del imaginario popular, nada menos que en Barcelona, en unos Juegos Olímpicos, y en 1992.

Porta la bandera, obviamente, pero el patriotismo que expresa no es el mismo, pongamos por caso, que el de la imponente bandera que Aznar tuvo a bien plantar en la Plaza de Colón, sino uno de índole sentimental y cultural. Un patriotismo que no solamente se expresa como conciencia oficial, sino que opera de otra manera, si se quiere, más fina y más molecular. Una decisión de la Casa Real sin duda exitosa. ¿Por qué F6? Quizá no fuera una cuestión de Estado, pero era desde luego una cuestión de Régimen.

F6 accedió al trono después de la crisis financiera de 2009 y del final del relato de la modernización española, el milagro económico y la España pulcramente bipartidista. Ha tenido lugar el 15-M y las calles no están llenas. Esto no se explica por el 15-M, pero sí resulta imposible no comparar ambas proclamaciones. Lo interesante de F6, en todo caso, no es que ya no sea el rey de las calles llenas, sino que se trata del rey más preparado de la historia de nuestro país, sin duda cuenta con un perfil más digital que su padre, rey gestor, rey empresario y rey administrador del futuro —lo contrario de ese rey conseguidor que era JC1—. Es perfecto para el puesto, pero no llena las calles. ¿Tiene esto más que ver con el desprestigio de la institución debido a la crisis de Régimen que con él mismo? Probablemente. ¿Simboliza F6 el mismo relato que su padre, pero adaptado a la nueva fase económica? No del todo. Nunca uno puede encarnar, al menos al 100%, la manifestación superficial de otra cosa.

Está por ver qué perfiles adoptará la hipótesis F6: por el momento insiste en la modernización, pero mucho menos en la austeridad, y si lo hace es en clave de virtud individual. Queda algo del rey abanderado, sólo que la bandera ya no encabeza un cortejo triunfal. Su política personal de imágenes es impecable, profesional pero sin olvidar la amabilidad del padre. Sin embargo, lo es en una coyuntura que le concede mucho menos margen, tanto a él como al aparato comunicativo del que sí dispuso JC1. Sobre todo, su nombramiento se enmarca en una crisis de sentido del R78 a la que este, por mucho que el relevo estuviera planeado, no puede sustraerse. La hipótesis F6 no debe considerarse, por estos motivos, ni fracasada de antemano ni necesariamente triunfal. Es otra escena, otro factor, otro poder, otro síntoma, una imagen más dentro del largo y ancho campo de fuerzas en el que pensamos, vivimos y hacemos política.

1 R. Williams, Marxismo y literatura, trad. G. David, Buenos Aires, Las Cuarenta, 2009 p. 180.

2 A. Medina habla de la manera en que el régimen franquista se organizó en torno a la melancolía como motor histórico y discursivo en “Teatro de posesión: política de la melancolía en la España franquista”, Arizona Journal of Hispanic Studies, volumen 4, 2000.