El libro que escribimos Chantal Mouffe y yo reivindica una hipótesis teórica, pero también constituye un atrevido experimento: la exposición de esa hipótesis al calor de la discusión sobre un actor concreto y en desarrollo —la fuerza política Podemos en España— que bebe de ella. Ciertamente habría sido más sencillo sostener una discusión teórica con una vinculación sólo puntual con el devenir político o, en el otro extremo, una descripción de alguna iniciativa política con referencias teóricas a pie de página. Eso nos habría deparado o un libro sobre la “hipótesis populista”, u otro sobre el “fenómeno Podemos”. Nosotros decidimos, creo recordar que sin reflexionarlo mucho, caminar entre los dos precipicios: abjurando tanto de la especulación abstracta inmaculada y alejada de los conflictos reales —y sus contradicciones—, como de la mera descripción de la “politiquería” y la gestión, a menudo circular, de la actualidad y la coyuntura. Y el resultado es una reflexión y reivindicación, intelectual y militante, de: (I) una forma de entender la política a partir de la teoría de la hegemonía, (II) una propuesta para la reconstrucción de un proyecto emancipador y radicalmente democrático, que para nosotros pasa por comprender la intensidad populista de toda política transformadora; y (III) de una fuerza política que ha sacudido el escenario político español abriendo posibilidades de cambio en un sentido de justicia social, soberanía popular y democratización del sistema político.

El libro se publicó en España en vísperas del verano de 2015. Podemos cumplía un año desde su irrupción en las elecciones europeas del 25 de mayo de 2014. En ese tiempo habíamos dado ya pasos decisivos, y no sencillos, para construirnos como organización política en todo el territorio, en cada una de sus escalas. Y ello con un objetivo: construirnos, en un tiempo acelerado y al ritmo que marcaba el adversario, para llegar a las elecciones generales en condiciones de ser alternativa de mayorías y alternativa de poder. Eso implicó priorizar unas tareas sobre otras —notablemente, sobre aquellas de más lenta construcción cultural, articulación de movimiento popular o de una política de cuadros— para protagonizar un asalto acelerado en un ciclo electoral corto.

Al mismo tiempo, Podemos nace desde el comienzo con un rasgo definitivo: su atención prioritaria a la hegemonía y sus condiciones, así como a la lucha por instituir sentidos compartidos. En nuestra voluntad de ser fuerza hegemónica experimentamos un doble movimiento: por una parte, nuestro relato impregnó la agenda política española, politizando la crisis y proponiendo responsables y, por oposición, una posible voluntad popular nueva, de refundación nacional. La desigualdad, la sumisión a la política de ajuste de la Troika de Bruselas, el secuestro oligárquico de las instituciones o la endogamia, corrupción e incapacidad de las élites viejas pasaron a ser lugares comunes en las televisiones, declaraciones y conversaciones en la calle o lugares de trabajo. De entre todas estas conquistas discursivas, fue sin duda el término “casta” el que más penetró en el imaginario colectivo español, poniendo nombre así al ellos que se intuía claramente desde el inicio de las movilizaciones de 2011 y que necesitaba el proceso de construcción de un nuevo nosotros. La enorme sacudida cultural del movimiento del 15M, conocido como de “los indignados”, ya había sentado las condiciones para que la falta de respuesta institucional a cada vez más demandas y la crisis del sistema político devinieran en una articulación populista, que unificaba las insatisfacciones o anhelos frustrados en una nueva identidad popular. Todos los actores políticos, aún los más conservadores o inmovilistas, tuvieron que adaptarse a este cambio en el paisaje, y modificar su lenguaje, sus propuestas y aún sus estéticas para no parecer “viejos” frente a este creciente aunque disperso anhelo de “cambio”.

No obstante, al mismo tiempo que aceptaba superficialmente los nuevos tonos y parte de las nuevas demandas, el establishment, en una maniobra clásica de “revolución pasiva”, trataba de privarlos de su contenido antioligárquico y descargaba una vasta, persistente y sostenida campaña de miedo contra Podemos, que buscaba cortocircuitar la ola de simpatía ciudadana y evitar que ésta se convirtiera en apoyo explícito y voto. Esta campaña, pese a lo burdo de sus argumentos, no debe ser menospreciada: sin esta generación de miedo e incertidumbre, que asociaba a Podemos con terribles amenazas extremistas de otras latitudes u otros tiempos, nuestro apoyo y crecimiento habría sido aún más profundo, sobre todo entre los sectores de la población más reacios o menos proclives a los cambios —la ciudadanía de mayor edad o la de las zonas del interior. Las élites tradicionales en España aceptaban parcialmente la necesidad de cambio al tiempo que concentraban ingentes recursos en desprestigiar a la fuerza que lo había puesto a la orden del día.

La campaña electoral de las elecciones generales, así, llegó en un clima ensombrecido para Podemos, que acusaba el desgaste de un año y medio en la brecha de la política española y de los ataques recibidos, pero también de la dinámica política acelerada y sus contradicciones. No obstante, la campaña electoral fue capaz de derrotar ese clima inducido, de desmentir a analistas y encuestas que certificaban el fin de la anomalía, y de protagonizar una “remontada” que combinó el buen hacer en la contienda mediática y política con una épica y pasión políticas plebeyas por largo tiempo olvidadas en las asépticas competiciones electorales españolas. Como bien señala nuestro compañero Owen Jones en el prefacio a esta edición, lo que Podemos ponía en juego era un proceso de ilusionamiento e identificación popular, que tensionaba la política española y permitía atravesar transversalmente: (“los de abajo vs los de arriba”) sus posiciones tradicionales.

Podemos obtuvo, en una recta final ascendente, más de 5 millones de votos y un 21% del sufragio popular, siendo la tercera fuerza política española a un punto y medio del PSOE, y siendo la primera fuerza en el País Vasco y Catalunya, y segunda en algunas de las regiones de mayor peso económico y político, como Madrid o la Comunidad Valenciana. Las elecciones arrojaron un resultado complejo y contradictorio, propio de un tiempo de transición entre dos épocas políticas. Por una parte, el Partido Popular ganó ampliamente las elecciones, aunque sin los apoyos parlamentarios —ni siquiera con Ciudadanos, una fuerza de regeneracionismo neoliberal— para seguir gobernando. Además, los partidos tradicionales de la alternancia mantuvieron un poco más de la mitad de los votos, lo que, en un sistema electoral diseñado para tener efectos mayoritarios en las provincias menos pobladas, les aseguró las dos primeras posiciones en el parlamento.
Sin embargo, esos resultados han dibujado un sistema político inmerso en un profundo cambio, que por ahora se manifiesta en dos equilibrios inestables. Por una parte, el que se da entre las zonas urbanas —especialmente Madrid y las periferias— y la población joven y adulta, en las que ya se ha modificado drásticamente el sistema de partidos, poniendo los principales ayuntamientos de España (Madrid, Barcelona, Valencia, Cádiz o A Coruña) en manos del cambio político, y las zonas más rurales y entre las capas de población más envejecida, que suponen hoy el verdadero sostén de los partidos tradicionales. Y relacionado con este equilibrio, el “empate catastrófico” que hoy marca la política española, por el cual las fuerzas democrático-populares han abierto una brecha que hace imposible regresar atrás pero las fuerzas conservadoras, aunque no son capaces de operar la restauración, pueden de momento vetar o comprometer los avances del cambio, aunque no manteniendo indemne el juego de diferencias y el pluralismo interno al régimen. El momento se caracteriza porque ni la ruptura ni la restauración tienen suficiente fuerza para conducir el país y solventar el impasse, y todas las posibilidades de gobernabilidad pasan por compromisos entre fuerzas de distinto signo.

Sea cual sea el desenlace inmediato y el gobierno que se constituya, parece difícil negar que España se encuentra inmersa en un proceso de cambio político provocado por una situación de crisis de régimen en la que se agolparon la crisis de legitimidad de las élites y los partidos tradicionales, la crisis económica y social sobrevenida por las políticas de ajuste y el desgaste institucional y la oligarquización de nuestro sistema político. Esas condiciones facilitaron con el 15M una “situación populista” en España, de dicotomización simbólica entre el conjunto institucional y las élites y una multiplicidad de sectores y grupos con poco más en común que sus demandas frustradas y la desconfianza hacia los que mandan. El movimiento de los indignados sirvió para expresar y enmarcar los dolores, producir esa brecha y sacudir el “país oficial” mostrando la potencia del “país real”. Podemos leyó esas condiciones y propuso una articulación narrativa y un horizonte electoral e institucional a esa aspiración de cambio. Desde entonces ha dado pasos para construir cultural, afectiva y simbólicamente una nueva identidad política que nuclee una voluntad nacional-popular que haga, a su vez, de las razones de los de abajo las razones de un nuevo país y los cimientos de un nuevo bloque histórico. Esta es una historia en desarrollo mientras escribimos.

Al mismo tiempo, el desarrollo de un proyecto nacional-popular y democrático en un país de la Unión Europea nos remite a unas condiciones y posibilidades de desarrollo distintas a las que se dan en países en los que además se producen crisis de Estado —del monopolio de la violencia, de la gestión del territorio y de la producción de certidumbre por las administraciones públicas. Podríamos afirmar que la profundidad y rapidez de los procesos de cambio están en relación directa con el grado de colapso o descomposición institucional de una sociedad, pero también con la capacidad de los que trabajan por el cambio para, desde una posición de partida de subalternidad, construir pueblo y reordenar el mapa político de sus países.

Más allá de la experiencia de Podemos, que ni es extrapolable ni resuelve las cuestiones específicamente nacionales de cualquier proceso político, el libro busca contribuir a una nueva mirada que reúna los mejores esfuerzos y reflexiones para la construcción de hegemonía progresista, popular y emancipadora en Europa. Frente al avance oligárquico, que ha ido vaciando el contenido de los pactos sociales y constitucionales de posguerra, estrechando la soberanía popular —al tiempo que inflama el fantasma del “populismo”— y entregándole cada vez más parcelas de vida a poderes privados salvajes que no rinden cuentas ante nadie, es necesaria una recuperación de la política y sus pasiones para una revolución democrática que, como todas, siempre nace del “we the people”, la afirmación -construcción- de un pueblo que reclama la soberanía y un nuevo acuerdo social. Esta revitalización de la política implica pensar los componentes afectivos, míticos y culturales de toda construcción de identidades, y por tanto abandonar el fetichismo de las etiquetas y los programas en favor de una mayor atención a las metáforas y pasiones. Y, al mismo tiempo, los itinerarios y agendas de una posible “guerra de posiciones” al interior del Estado. Como decimos en el libro, se trata de imitar al neoliberalismo, pero a la inversa: construyendo mayorías nuevas para que los gobiernos progresistas por venir operen transformaciones y reformas tales que incluso cuando pierdan —y, eventualmente, siempre se pierde— sus adversarios tengan que gobernar de forma muy similar a como ellos mismos lo habrían hecho, porque hayan construido una cotidianeidad, un suelo cultural, unas administraciones públicas, una malla de tejido social y un modelo socio-económico que limite y estreche las posibilidades de involución oligárquica y por el contrario potencie las posibilidades de avance en un sentido democrático y popular.

Un último apunte a modo de cierre. Las modestas victorias que Podemos haya podido conseguir a lo largo de sus escasos dos años de vida han llegado por su habilidad para evitar la tentación, desoyendo consejos bienintencionados a izquierda y derecha, de buscar en viejos o nuevos manuales las recetas apropiadas para el escenario concreto en el que nacimos y seguimos creciendo. El reconocimiento de la contingencia como dato central de la política, de la necesidad de evaluar y repensar a cada momento el “qué hacer” sin caer por ello en el tacticismo cínico, es la mejor lección que podemos extraer de nuestra breve experiencia. Espero que el lector haya encontrado en las páginas precedentes no un manual, sino unas pistas.