Del Régimen del 78 se han dicho muchas cosas, a favor y cada vez más en contra, pero bastante menos acerca de sus bases sociales de legitimidad. Entre tanta interpretación de la salida de la dictadura centrada en los cambalaches políticos a cargo de élites económicas y de partidos, se echa en falta una mayor atención hacia las configuraciones sociales que lo hicieron posible y sus tendencias culturales de más largo plazo.

Incluso la más exigente sociología de la Transición tiene por fundamento el interclasismo, según se predica en especial del movimiento vecinal, las movilizaciones sociales de la Transición eran de trabajadores y clases medias por igual. El supuesto implícito es que en las oleadas de huelgas solidarias y movilizaciones ciudadanas de finales de los años setenta, que ejercieron de contexto reivindicativo del establecimiento de la democracia, el grueso de la sociedad actuaba como un bloque: los demócratas, los ciudadanos de a pie, la gente normal frente a minorías franquistas y nuevos arribistas moderados —eso sí, bien pertrechadas de recursos represivos y de seducción—. Nada que objetar a dicha perspectiva, excepto el exceso de sentido común que contiene; sentido común del Régimen del 78, quiero decir. Pues se trata de un mantra que asume tanto como deja sin caracterizar esas clases medias con las que, en la práctica, se identifica el conjunto del proceso y la cultura social resultante.

Parte de la hegemonía del Régimen del 78 se expresa, a fin de cuentas, en que seguimos pegados al lenguaje con el que la Transición se definió a sí misma en términos sociológicos. No hemos establecido del todo la distinción entre lo que hay de discurso, de ideología, tras la retórica de las clases medias posfranquistas, y lo que hay de análisis de la realidad social. En esto último hay además trampas a evitar. En rigor, la clase media no existe de un modo estructural, o al menos no puede definirse desde fuera de la configuración cultural que da valor a ese espacio intermedio que se dice que ocupa. Analizar la clase media comporta, por tanto, ante todo aislar el conjunto de valores con los que se identifica un estrato social variable en su densidad, pero que se supone situado entre los grandes acumuladores de medios de producción y renta y la población trabajadora que apenas subsiste de vender su trabajo a terceros.

La clase media ha sido, es y seguirá siendo seguramente durante algún tiempo el espejo en que se miran las sociedades en transición hacia eso que antes se llamaba a bombo y platillo modernización. Las distintas experiencias de desarrollo en estados periféricos han producido ideales de estatus social intermedio que en su día desdibujaron los contornos de los sistemas jurídicos tradicionales marcados por el privilegio y la desigualdad. También sabemos que los principales beneficiarios de los servicios públicos han sido, incluso en los ejemplos más avanzados de Estados del bienestar, las clases medias. Sin desmerecer la redistribución hacia los estratos inferiores, el grueso del ahorro para gasto privado ha beneficiado a los trabajadores que poseían mejores niveles salariales y capital social, a quienes los sociólogos menos exigentes suelen caracterizar como clases medias: profesionales liberales, altos empleados de empresas privadas y funcionarios de escalas medias y altas.

Ni el capitalismo social ni el socialismo real disminuyeron sino que incrementaron las capas sociales consideradas intermedias. También su estatus como fetiche. Dejaron no obstante sin resolver una típica encrucijada mesocrática: se tiende a identificar la sociedad moderna con una clase media en permanente expansión, pero persiste el desacuerdo entre franquearle el centro de la representación política o neutralizar su protagonismo directo. En ello se juega la legitimidad de los regímenes modernos.

Los anclajes y referentes culturales con que se modula el imaginario mesocrático tienen una historia, en ocasiones más larga que el cambio estructural. No en todas partes la construcción de la ciudadanía se ha expresado en una representación hegemónica de las clases medias, ni ésta ha reproducido un mismo esquema de dependencia del Estado o del mercado. Cuando Manuel Azaña pronunció aquello de: “Por fin en España gobiernan sus clases medias”, lo que estaba señalando era un problema de reconocimiento heredado del liberalismo que, por medio de la corrupción y del peso de las viejas oligarquías, postergaba una supuesta tendencia natural que debía dar a las clases medias la centralidad política. Entonces se aspiró a resolver esa distorsión a través de una república democrática en la que las clases medias figurasen por fin de forma expedita como representantes de la virtud cívica y el progreso. Esto sucedía, sin embargo, en un contexto en el que la auto-organización campesina y obrera estaba en condiciones de disputarle la hegemonía, y sobre un horizonte comunitario popular muy denso pero con escasa tradición ciudadana y alfabetización.

La larga dictadura de Franco adoptó, no obstante, como objetivo lograr la extensión de la cultura mesocrática vaciando por completo el protagonismo político directo de las clases medias. El sueño pareció comenzar a hacerse posible con los planes de desarrollo, auspiciados por una burocracia civil integrista en el terreno moral e ideológicamente reaccionaria. Lo paradójico del caso es que fue la oposición en el interior la que rápidamente adoptó el discurso de un futuro de clases medias cuyo avance, en palabras de Enrique Tierno Galván, reflejaba el final de los conflictos abiertos entre clases y la superación de una condición geo-histórica de periferia. El planteamiento disputaba al régimen la idea de que podía existir una verdadera mesocracia sin el protagonismo político de las clases medias en una democracia representativa.

El Régimen del 78 es el primero que parece haberse establecido como una mesocracia social y política en la modernidad española. El problema es que también la ha elevado a ideología, hasta el punto de aparecer como asunto de sentido común que no ha convocado apenas reflexión crítica. Al entrar en crisis el régimen, y hacerlo en medio de una crisis que está devolviendo a España a la periferia, el viejo problema del estatus de las clases medias se reabre por necesidad. Por el camino, el aumento exponencial de la desigualdad económica a escala global parecería venir a condenar al baúl de la historia los discursos mesocráticos. Y sin embargo, sucede todo lo contrario: de hecho, la retórica sobre las clases medias como sinónimo del centro simbólico y sagrado de la sociedad se ha exacerbado en los últimos años en todo Occidente. Así ha de ser desde el momento en que la articulación de una élite económica transnacional lo tiene muy difícil para alcanzar por sí sola legitimidad suficiente. Es ahí donde el concurso de un imaginario mesocrático de extensión mundial, basado en la emulación de la nueva plutocracia a cambio de la redistribución de las migajas de su consumo, se muestra funcional. Sin embargo, más temible aún que un mundo sencillamente fracturado entre dos sociedades sería una mesocracia movilizadora de los estatus sociales inferiores para fines espurios de reproducción del capitalismo especulativo y la exclusión ciudadana selectiva.

La incorporación de cada país a este nuevo señuelo depende de sus trayectorias socio-culturales. En España, sobre la destrucción de la auto-organización popular de los años treinta, el cambio estructural promovido por el régimen franquista produjo valores de clase media basados en una heladora mezcla de doble moral, mediocridad intelectual, dependencia del Estado y ostentación de estatus por la vía del mercado —esa “fea burguesía” que denominó Miguel Espinosa—. Pero a pesar de la reorientación que ha supuesto el 15-M y sus secuelas, la opción neomesocrática sigue siendo bastante factible debido a la influencia de la familia como vehículo o colchón del Estado del bienestar que hace que las desigualdades de empleo y salario intrafamiliares —sobre todo entre padres e hijos— puedan amortiguarse culturalmente por el concurso de un imaginario mesocrático reactivado.

Es posible que por primera vez esté al alcance una resignificación de “lo medio” capaz de apelar a contingentes amplios de la ciudadanía más conscientes de la virtud cívica, la escasez de recursos y la justicia en la redistribución.

Este imaginario de clase media de origen franquista está desde luego en crisis, lo cual quiere decir que las marchas atrás son tan impracticables como sus alternativas bastante azarosas. En lugar de tratar de ir en busca de un mundo perdido, se vuelve más razonable en este contexto activar una perspectiva muy propia de etapas de refundación de ciudadanía, consistente en comprender que las clases medias lo son, muy en primer término, dependiendo de la configuración de grupos inferiores, populares, de los que proceden. Y en este terreno se ha operado un cambio sin precedentes, con la superación del estigma de la alfabetización.

Ahora que los ciudadanos medios, no solo las clases medias, contamos con niveles culturales más elevados incluso que nuestros representantes económicos y políticos, se abre un terreno para la experimentación sobre imaginarios sociales susceptibles de ser instituidos. Pues es posible que por primera vez esté al alcance una resignificación de “lo medio” capaz de apelar a contingentes amplios de la ciudadanía más conscientes de la virtud cívica, la escasez de recursos y la justicia en la redistribución.

Mas aquí habría que tener en cuenta al menos un añadido. Sin duda es importante educar en valores de austeridad y coherencia en el mercado, así como recuperar culturas sociales subalternas y otras políticamente radicales que han adoptado en el pasado posturas morales o ideológicas críticas con la hegemonía mesocrática. Pero conviene también ir más allá de políticas individualizadoras —sea en el terreno de las rentas básicas y otras fórmulas de redistribución dignificadoras— y recuperar el empoderamiento colectivo, no necesariamente clasista pero sí comunitario a tono con la correosa cultura popular española. Seguramente no puede haber una sociedad moderna sin un lugar para las clases medias. Para reubicarla de un modo acorde a la magnitud de su crisis, además de garantías institucionales para evitar pérdidas excesivas de estatus, necesitamos avanzar en prácticas más allá del individualismo, el valor tal vez más elemental y telúrico, pero más cuestionable y contraproducente, de la clase media. Son asuntos que acompañarán este tiempo de postmesocracia.