La decadencia del neoliberalismo contemporáneo se experimenta como un retorno de lo político. Si prestamos atención a la forma de este retorno, a la brecha interna que se abre tras este fracaso epocal, descubrimos que se organiza bajo la forma del momento populista. Y la configuración de este momento se expresa tanto como un conjunto disperso de demandas de los de abajo, como un rechazo y temor inconfesado por los de arriba. Esto nos recuerda a lo que decía Marx en el Manifiesto comunista, cuando afirmaba que el estigma hacia el comunismo es el reconocimiento inconfesado del poder que tiene para transformar las relaciones de fuerzas en el campo de la política. Pero lejos de considerar al populismo como una forma “salvífica” de la política, cuyo peligro reiteraría todos los errores de la pulsión mortífera del comunismo, es preciso comprender que este momento populista tiene dos rostros: uno reactivo e inmunitario, otro emancipador e inclusivo. Existe una delgada línea que separa a uno de otro, pero lo cierto es que resulta problemático inscribir esta división en las clásicas coordenadas de izquierda-derecha. Considero que esta nominación muestra signos de agotamiento, a la vez supondría introducirle al populismo un lastre que nunca le fue propio. Y digo que expresa signos de agotamiento histórico porque además de que la gente no se siente parte de este legado –resulta estéril forzar a los pueblos hacia una forma de identificación en la que no se reconocen-, los registros de la izquierda y la derecha se han disuelto en un juego especular y difuso. Usualmente la izquierda se ha reconocido en la consigna del “cambio” y la de derecha en la forma de la “conservación”. Del lado de la izquierda es curioso que esta búsqueda del cambio constante se haya traducido, paradójicamente, en un repliegue identitario, una especie de conservación de las esencias del cambio verdadero. Y el reverso de esta actitud ha sido la de convertir toda transformación política materialmente existente en algo insuficiente, falaz y engañoso. Una forma de la sospecha que termina por asumir la lógica acusatoria y paranoide hacia todo aquello que no está a la altura del deseo propio. Por otra parte, esta voluntad de cambio permanente ha expresado serias dificultades para conservar lo instituido, a la vez que ha prevalecido la pulsión disgregadora en múltiples identidades diferenciadoras incapaces de articular con lo otro. Del lado de la derecha llama la atención la capacidad que ha tenido para apropiarse de los recursos de la izquierda, al punto de hegemonizar la consigna del cambio como un sentimiento difuso de realización privada e individual. Tan es así que este término se ha convertido en varios de los eslóganes de campaña de la derecha latinoamericana. Su mayor conquista ha consistido en lograr una identificación entre la propia insatisfacción privada y el anhelo difuso de un cambio abstracto y carente de cualquier anclaje en la realidad. Así, el cambio por el cambio se muestra como el motor del goce capitalista que sostiene a las subjetividades contemporáneas. Por todo esto, creo que si bien el juego cambio-conservación ha dado mucho de sí y en algún momento fue clave para perfilar las alternativas políticas, considero que hoy no sirve para inscribir el lugar de la actual disputa.

Ahora bien, aunque asuma el carácter problemático de esta diferencia entre populismo de izquierda y de derecha, comparto con Chantal Mouffe la necesidad de hacer una distinción. Por eso es que más arriba he mencionado la existencia de dos pulsiones organizando al actual momento populista: una reactiva y otra emancipadora. Estas dos pulsiones no son sino aquello que advertía Gramsci cuando nos hablaba de la coexistencia contradictoria de fuerzas reactivas y emancipadoras habitando en la cultura popular. Como el rostro de Jano, estas dos direcciones deben ser pensadas en toda su radicalidad, puesto que ello ayuda a comprender mejor por qué frustrados votantes de Sanders han volcado su voto hacia Trump. La actitud reactiva del momento populista tiene que ver con la capacidad para delimitar la frontera nosotros/ellos bajo dos lógicas: abajo-arriba y abajo-abajo, a la vez que habría una secreta complicidad entre ambas. Ese nosotros se configura a partir de una falta que podría ser restituida, una identidad perdida a recuperar. Esta frontera entre los de abajo es construida mediante un ejercicio claramente inmunitario, puesto que el inmigrante es identificado como esa anomalía que habría quebrado desde dentro la identidad y dignidad de un pueblo. La identificación entre las insatisfacciones populares y un elemento perturbador a eliminar no es sino la reactivación de elementos fascistas que no han dejado de estar presentes en la cultura de los pueblos, un sí mismo que, aunque plebeyo, es refractario a cualquier experiencia que no suponga un repliegue de sí. Y la retórica reactiva del populismo no sólo apunta a las élites como las responsables de haber permitido -junto con una desconexión cada vez más obscena hacia las necesidades de la ciudadanía- esta descomposición, sino que a su vez promete la recomposición de esta totalidad perdida. Este anhelo de una totalidad perdida que venga a remediar mi propia insatisfacción, no es otra cosa que la versión contemporánea de un viejo problema político sobre el aislamiento del individuo moderno y la destrucción del tejido social.

La pulsión emancipadora del populismo, por el contrario, erosiona la frontera abajo-abajo y consigue desactivar esta identificación inmunitaria mediante otro tipo de lazo plebeyo: el amor. Sabemos de las grandes limitaciones que hoy tenemos para pensar ese concepto, puesto que si bien es una palabra que no deja de circular, también es cierto que ha perdido su carácter colectivo, replegándose al ámbito de lo privado e individual. Pero no hay que olvidar cuán importante se volvió este término ante la trágica experiencia moderna de la totalidad perdida. Si leemos retrospectivamente el uso dado a esta palabra por pensadores como Hegel, descubrimos que el amor era una manera de lidiar con lo que se opone, puesto que lo otro, lejos de ser asumido como algo a eliminar, era concebido mediante el juego de la conservación y cancelación de sí, esto es, saberse en lo otro de sí. ¿Acaso la pulsión emancipadora del populismo no reactiva ese viejo problema del amor y lo devuelve al ámbito de lo colectivo cuando se oye una voz femenina anunciar la frase La Patria es el Otro? La pregunta acerca de por qué este mensaje viene dado por una voz femenina es algo sobre lo que me gustaría decir algo a modo de cierre.

Si bien es vox populi la necesidad de una feminización de la política, considero que todavía debemos pensar con mayor precisión el alcance de esta exigencia, dado que estamos apostando a una carta peligrosa. Como en todo peligro, podemos caer en la tentación de creer que allí crece lo que nos salva. Y lo que vendría a salvarnos corre el riesgo de convertirse en una pulsión de cierre de los conflictos y el sentido. Puestas las cosas de esta manera, existe el peligro de convertir la feminización de la política en una ética de los cuidados que, además de invisibilizar lo político, se encontraría en las antípodas de la lógica conflictual del populismo -asociada con las formas clásicas de la masculinidad-. Quizá no sea mala idea recodar que el problema del cuidado de sí en Foucault –uno de los primeros en introducir esta dimensión de la subjetividad- se expresaba en un irrenunciable gesto político: la parresia. Esto es, un decir ético-político que abre brechas y antagoniza donde reina el silencio, una forma de la praxis indisociable al gesto ético de abrirse a lo político. Y esta forma del decir verdadero no debe limitarse a la actitud espontánea de una voz solitaria, ni tampoco al juego de lo doméstico llevado al ámbito de lo público, sino que debe ser pensado como el resultado de una larga batalla por construir una voz colectiva en las antípodas de las clausuras identitarias ¿No es acaso la feminización de la política una forma de parresia, entendida como esa vieja voz que se deja oír desde que Antígona abrió una brecha al repliegue identitario de la polis, denunciando la pulsión mortífera de reducir la política a un procedimiento formal en el juego de la mera representación? ¿Y no es sino en el corazón del populismo que esa voz colectiva ha encontrado su mejor expresión política y plebeya? Posiblemente la feminización de la política en clave populista sea una expresión novedosa del antagonismo, una manera de abrir la brecha y marcar la diferencia en el corazón del ethos reactivo, una forma del amor cuya singularidad irreductible viene a interrumpir el deseo de sometimiento a la oligarquización mundial.