“American Crime Story, the pople vs OJ Simpson” (2016, Ryan Murphy) ganó hace unas semanas el Globo de Oro a la mejor miniserie o telefilme. Además, Sarah Paulson alzó la estatuilla a mejor actriz en esta subcategoría. Fue una de las grandes protagonistas de la noche, aunque eclipsado por el triunfo del largometraje “La La Land” (2016, Damien Chazelle).

Se conozca o no el caso histórico del juicio contra el exjugador de Fútbol Americano OJ Simpson y viendo el título, uno espera encontrarse con una serie sobre un juicio, como es lógico. Y eso es precisamente lo que se encuentra. La serie, de 10 episodios, traza en orden cronológico los sucesos acaecidos en el Estado de California entre el 2 de noviembre de 1994, inicio del juicio, y el 3 de octubre de 1995, día de la sentencia (con una puesta en escena convencional aunque con alguna licencia estética interesante, como la escena de la llegada del equipo de abogados defensores al juicio, donde el montaje alterna el formato panorámico de nuestras televisiones con el 16:9 de los televisores de la época).

Como toda buena narración, y esta sin duda lo es, la miniserie de FX (filial de FOX), aborda una serie de temas a partir de un pretexto. Temas que eran importantes en la época en la que se celebró el juicio y que siguen siendo hoy protagonistas, al menos en la agenda política estadounidense.

El primero y más evidente es la cuestión racial; aspecto que, con mayor o menor intensidad, ha orbitado sobre la política estadounidense desde la década de los 50’s con la lucha por los Derechos Civiles hasta la actualidad, con los sucesos de abusos policiales y las consiguientes denuncias de la comunidad afroamericana que ven cómo, generación tras generación, aun con un presidente negro en la Casa Blanca, se les sigue prejuzgando por su color de piel (juicio que se agrava si el negro o la negra son de clase baja), perpetuando de manera sistemática desventajas estructurales.

La serie trata este tema desde una perspectiva valiente ya que retrata toda la ambigüedad con la que este aspecto fue conducido durante el juicio. Desde la más que evidente tendencia racista de la policía de Los Ángeles, ejemplificada por el agente Mark Fuhrman (Steven Pasquale) – en el plano contraplano del final del quinto episodio donde se ve que colecciona (con admiración) insignias nazis de la IIª Guerra Mundial – hasta el poliédrico cinismo con el que los abogados defensores utilizan la cuestión racial para estructurar la defensa del acusado, en particular Johnnie Cochran (Courtney B. Vance).

El segundo, como no podría ser de otra forma, es la justicia que adquiere una relevancia capital en la narración de esta serie, aunque más que el juicio en sí lo importante es el proceso de narración de la espectacularización del mismo. El propio Debord estaría contento con el circo en el que se convirtió el proceso. Un espectáculo televisivo donde se banalizó hasta la saciedad el tema de la raza y a la propia justicia.

De manera secundaria, muy entre líneas, hay un tema que resalta y que consolida la compleja estructura narrativa de la serie: el género. La Fiscal, encargada de la acusación contra OJ, Marcia Clark (Sarah Paulson) tiene la intrahistoria más interesante de la miniserie.

En especial el capítulo sexto (para los serie adictos, el 1×07 o el S01E06), titulado “Marcia, Marcia, Marcia”, donde la fiscal vive una serie de situaciones que trataremos de desgranar a continuación.

Con el objetivo de ceñirnos a los momentos puntuales de mayor interés, haremos un resumen de los momentos clave que más nos interesan. Empezando, cómo no, por el principio, donde vemos en la primera escena del episodio, a Marcia en el juicio del divorcio donde está en juego la custodia de sus hijos. Nerviosa e irascible por la situación (y el contexto al que se enfrenta), es amenazada por la jueza de su caso de desacato. En la siguiente escena Marcia cruza la acera y entra en la sala del juicio de OJ donde irrumpe bajo la mirada de todos los asistentes: llega tarde y el juez se lo hace saber, lanzándola un comentario lleno de ironía. Al llegar a casa y mientras fuma un cigarrillo, Marcia escucha el hilo de la televisión cómo la prensa la increpa por su forma de vestir: se ha convertido en noticia. Tras un breve fundido a negro para los créditos, vuelta a los problemas con su marido por la custodia de los niños donde le acusa de no estar al tanto de ellos por “tu juicio del siglo”. Al día siguiente, una radio lanza una encuesta al público en el que se pregunta si Marcia es una “petarda o una tía buena” (en verdad la traducción ha suavizado el término ya que la pregunta es sobre si es “bitch or a babe” (zorra o monada), haciendo el juego de palabras en inglés). Ese mismo día y, tras una treta de la defensa, Marcia se niega a que la sesión se alargue más de lo debido ya que ha de cuidar a sus hijos. Tras salir de la sala, su jefe Gil Garcetti, Fiscal del Condado de Los Ángeles, la recomienda un “formidable asesor en medios” mientras toda la oficina mira. Y todo esto para que, al final, Marcia se quede trabajando en la oficina hasta tarde. De hecho, al día siguiente, su marido aparecerá en la prensa diciendo que Marcia había mentido en el juicio ya que él tuvo que hacerse cargo de los hijos. La próxima vez que veamos a Marcia será en la peluquería, en busca de un cambio de aspecto físico que le haga sentirse mejor consigo misma pero, al llegar al juzgado al día siguiente, el efecto empoderador del nuevo look de Marcia (junto a una estética menos lúgubre y una sonrisa que atraviesa su rostro) le durará hasta que el juez, de nuevo, le haga un comentario jocoso sobre su aspecto. Marcia acaba la escena entre lágrimas. Ya para acabar, quizás el momento cumbre del capítulo llega cuando un empleado de supermercado con una caja de tampones en la mano, le dice a Marcia: “parece que a la defensa le toca una semana dura, eh?”.

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Este es, sin duda, el gesto narrativo-visual que nos interesa. Una fiscal. Es decir, un cargo público judicial respetable es víctima de una agresión verbal por parte de un trabajador en su propio puesto de trabajo, el cual profiere la agresión con naturalidad por repetición, como si fuera un chascarrillo (o similares) que repitiera una y otra vez al toparse con una mujer reconocible (o no). Y Marcia recibe la agresión en estado de shock, sin saber ni qué decir ni cómo reaccionar.

Durante la serie – de hecho es el leimotive del juicio y, por lo tanto, de la narración –  podemos ver cómo las plataformas en defensa de los derechos de los afroamericanos son capaces (no sin problemas) de visibilizar un problema que arrastran desde muchas décadas atrás. Y lo visibilizan porque tienen presencia en los medios de comunicación, una agenda política que trata de influir en la opinión pública y también en las instituciones, junto con una serie de caras visibles que articulan discursos que hacen trasladar las experiencias y hechos singulares a reivindicaciones políticas amplias, complejas y a la vez específicas. Sin embargo, las constantes agresiones y menosprecios a Marcia no tienen ningún tipo de recorrido. En verdad, ni se llegan a externalizar y todo queda entre el agresor, la víctima y el público que ve la serie. Marcia no dispone de mecanismos o herramientas para defenderse de la agresión que acaba de sufrir y la violencia que recibe en este capítulo (y en los demás), queda total y absolutamente normalizada ante una serie de actos dolorosos para quienes la sufren e invisibles para los demás.

Durante el análisis de algunas escena de este capítulo hemos visto cómo a la fiscal Marcia Clark se la juzga constantemente, no sólo por los abogados defensores, capaces de casi cualquier cosa con tal de ganar el juicio y la prensa sensacionalista – que busca el beneficio económico a través de la banalización – sino por sus propios compañeros de trabajo, incapaces de empatizar con ella. Y los juicios han ido siempre dirigidos a aspectos externos al motivo por el que Marcia es noticia. Son dirigidos contra su persona, contra su aspectos físico, su pelo, su manera de vestir, los problemas para compatibilizar una intensa vida laboral con su familia…

En definitiva, si algo podemos extraer de este capítulo y de la serie es que Marcia y las mujeres juegan con desventaja porque no hay peor estatus social que el de ser mujer. Cóctel que empeora si la mujer es negra y si, además, es pobre, aunque eso quedará en el fuera de plano de la serie y de esta pequeña crítica de una más que interesante serie.

Y esto, desgraciadamente, no es algo que se de en una época anterior a la que ficciona el juicio o en ella misma. Esto es algo que cada día sufren millones de mujeres en sus casas, en sus puestos de trabajo, en sus asambleas….en definitiva, en sus vidas. Nuestra generación tiene la obligación de cambiar estas dinámicas. Romper el silencio del machismo, venga de donde venga y construir espacios igualitaros menos masculinizados capaces de transformar una realidad social injusta.